Engendrada como árbol: múltiples ramas donde se bifurcan y trifurcan calles y callejones, subidas y bajadas vertiginosas, donde los caminos de carne se ocultan sin permitir que nadie ni siquiera sospeche que todos conducen al mismo punto, Ella —¿quién diablos será?— persiste en su afán por asimilarse a los caprichos de la sorpresa. La olorosa parroquia interior es mímesis del tono envolvente de su voz. Y basta recorrer con la mirada las muchas vías que intentan —sin lograrlo— camuflajear los rostros ambiguos de ángeles y cerdos sobre el altar para percatarse de su ubicuidad barroca. Mientras tanto, desde el fondo contempla los montes que la circundan, y pareciera subyugar senderos para tornarlos en histriones retorcidos que ejecutan piruetas y marabares sobre las faldas de mil pliegues.
