Los fanatismos envuelven una peligrosa y exacerbada fantasía:
Salman Rushdie

El rostro de Salman Rushdie, el escritor estrella invitado de la pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2015, devela en sus ojos las señas de su descendencia musulmana-cachemira, de linaje familiar afincado en Bombay: su mirada es perspicaz y, a la vez, cordialmente fría. Continuamente voltea a sus costados: trae untada en sus gestos una zozobra de calma pasajera, después de tantos años huyendo de la condena del ayatola Jomeini, quien ordenó la fatwa contra él por la publicación de Los Versos satánicos (1988).

Los ejemplares de sus obras ocupaban un lugar destacado en el atractivo pabellón del Reino Unido, país invitado de honor. Se podían encontrar ediciones en inglés, español, francés, italiano y portugués de Los hijos de la medianoche (1981) —la novela que lo lanzó a la fama—, la cual Gabriel García Márquez celebraba por las coincidencias estilísticas con Cien años de soledad. “Mi mayor seguidor, el escritor más consecuente con mi obra, no es un latinoamericano, sino un narrador indostánico, Salman Rushdie, a quien también le contaban cuentos de Las mil y una noches como a mí”, declaró a mediados de los ochenta el hijo de Aracataca.

El tercer día de la FIL caminó muy temprano en la mañana por el vestíbulo del hotel Hilton, ubicado frente a la Expo —sede del evento librero—: el cuerpo de seguridad que lo acompañaba se desplegó por el salón con discreto profesionalismo. No se veía apurado; pero, sí receloso. Nadie sabía el número de su habitación: cuando se trasladaba a su piso se interrumpía el servicio de los elevadores. Nunca lo vi en la cafetería ni en el restaurante. Un mesero tapatío cincuentón receloso de su trabajo me confesó —después de mi obstinación de corresponsal impertinente, y bajo la promesa de no revelar su nombre ni el área de trabajo—, que por la mañana del segundo día de su estancia ordenó café negro, pan tostado, queso panela, jugo de naranja con zanahoria, dos racimos de uvas y un tarro de miel.

Logré dialogar con el autor de Vergüenza durante unos momentos: “Sólo tienes diez minutos”, me dijo un miembro de su equipo de prensa y relaciones públicas. La traductora me presentó, le dijo que yo era cubano. Esbozó una diplomática sonrisa empalmada con un silencio de provocativo sigilo.

—¿Qué significa para usted esta visita a México, después de 20 años?

—Sentir nostalgia por la ausencia de mi amigo Carlos Fuentes y, a la vez, sentirme estimulado por el recibimiento que ha tenido aquí mi última novela, Dos años, ocho meses y veintiocho noches.

—¿Esa historia es un regreso suyo a las plazas del realismo mágico?

—Nunca he dejado de escribir así. Me interesa el subcontinente indio de mi infancia. Eso que usted llama “realismo mágico” son los escenarios que amontono en mi cabeza y que evoco constantemente en mi escritura.

—En su ponencia del domingo insistió en reivindicar la imaginación para anular los efectos de los fanatismos. ¿Por qué?

—Quién imagina reflexiona, se compromete con la libertad. El único animal que puede contar historias es el ser humano. La fabulación nos transporta a mundos desconocidos. La fantasía es un desafío, cuya secuela es la franqueza. Los fanáticos son burdos y exaltados. No dialogan, no toleran. El mundo contemporáneo necesita de una buena dosis de quimera. Debemos leer incansablemente ese libro que me hizo escritor, Las mil y una noches.

—¿Concuerdan en algún punto la violencia del terror y la imaginación?

—Es posible cierta convergencia, si confundimos la violencia del espectáculo con la virtud imaginativa del hombre. Los fanatismos arropan, envuelven, una peligrosa y exacerbada fantasía.

Se acabaron mis diez minutos. Un canal televisivo de Europa esperaba. Me despedí: sentí el sudor tibio, aceitoso, de su mano derecha. Otra vez esbozó la diplomática sonrisa del principio.

 

Escribo por una necesidad elemental de romper viejos preceptos literarios:

Enrique Vila-Matas

La editorial independiente mexicana Almadía incorporó a su catálogo el más reciente texto del ganador del Premio FIL de Literatura en Lengua Romances: Enrique Vila-Matas dio a conocer Marienbad Eléctrico. “Escritura nueva que requiere un lector nuevo”, según sus propias palabras.

Parco y de glosario sentencioso, el autor de Suicidios ejemplares dijo en el acto de presentación: “Escribo por una necesidad elemental de romper viejos preceptos literarios, incorporo elementos de la tradición, desde una ruptura desafiante. No quiero ser arrogante; pero el objetivo fundamental en todo lo que escribo es trazar nuevas escrituras: no me importa tanto cómo escribo, sino cómo me gustaría escribir”.

Un público atento, integrado por fervorosos admiradores del barcelonés, abarrotó el salón Agustín Yáñez de la Expo Guadalajara el martes 2 de diciembre pasado, y escuchaba los silencios del creador de este relato de extrañezas múltiples, en que el acto de la creación se convierte en teatro de dudas y retos en los vislumbres de la emancipación, en la correspondencia que la obra individual contrae con las obras de los otros.

Si en Historia abreviada de la literatura portátil, Vila-Matas conjuga un cosmos en que la conjura es un suceso de extravagancias joviales, aquí humor, conjetura, autoficción y metaliteratura (intertextualidad arrobada) conforman el entramado para la búsqueda de los elementos que producen el arrobamiento que sólo la creación es capaz de proporcionar.

La temática de Marienbad eléctrico se sustenta en la tesis de que la experiencia estética puede deparar al artista “momentos que renuevan la rutina”. Personaje protagonista: escritor interesado en el arte de la instalación en una relación afectuosa y de contradicciones con Dominique Gonzalez-Foerster. Dependencia en que ambos se inquieren y conviven en una sinuosa duda de reciprocidad. Sospechas y acechos mutuos. Comentarios de provocativas indagaciones. Silencio: cada uno se piensa creando y crea para pensarse a sí mismo.

“Me interesan los efectos de los vanguardismos que nos dotaron de herramientas para entender el mundo desde la imaginación incitante, desde la proclividad”, explica el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos. En este provocativo texto, cada argumento se trasmuta, se transforma, se retoma hasta alcanzar nuevos retumbos, otras significaciones.

Los secretos de Rimbaud se revelan en los compases de la Orquesta de Bebo Valdés que ejecuta, en un bar de Barcelona, “El manisero”, de Moisés Simons. Evocación del filme India Song, de Marguerite Duras. Todos pasaremos una temporada en el infierno. Iluminar al mundo porque sólo yo poseo la clave de esta parada salvaje. “Recuerden lo que ya dije cuando recibí el Premio FIL: ‘Me gustaría escribir alzándome sobre la pesada vida terrestre’”. Rimbaud, Walser, Duchamp, Bolaño y el piano de Bebo Valdés.

En la presentación de esta fabula extraña y disyuntiva, procaz y rumorosa, la FIL entró a los terrenos de un futuro especulativo en que la palabra que viene ya arribará humedecida por otros cánticos. Indiscutiblemente, uno de los grandes momentos de la pasada XXIX FIL: espléndido convite literario.