Acteal, 23 de diciembre de 1997

Quiero iniciar mi colaboración de esta semana, recordando en este 18 aniversario la esencia de quizá el poema más conocido de César Vallejo: Los heraldos negros: “Hay momentos en la vida de un hombre…”

Acteal, Chiapas, 23 de diciembre de 1997, fueron momentos que dejaron una marca indeleble en mi vida, marca que me estruja el corazón. Es una vivencia que no es recuerdo, sino que está presente en mi mente, en mi piel, en mi corazón, en mi ser.

Cómo olvidar aquel frío día de diciembre en que llegué con urgencia a Chiapas; cómo olvidar aquella tristeza infinita del alma, aquel frío húmedo, aquel olor, aquellos rostros descompuestos, sin expresión, y gestos de niños, mujeres y hombres. Imposible borrar esos sentimientos, flotando en el ambiente, de cólera contenida, tristeza, impotencia, el llanto silencioso hacia afuera y hacia adentro, hasta el corazón.

Recorrer la zona indígena en esos días en que Chiapas estaba en el corazón de la agenda nacional, me hace reafirmar ahora la certeza de ese entonces, de hoy y de siempre, que la prioridad absoluta en todas las acciones es el ser humano.

Acerca de Chiapas y de la lucha de los zapatistas (EZLN) se han escrito y publicado centenares de páginas, quizá miles de libros; han corrido ríos de tinta en la prensa nacional e internacional. Pero quiero destacar que todos los artículos, libros y ensayos escritos sobre los indígenas de Chiapas nos deben convocar a una reflexión profunda.

¿Por qué mi afirmación anterior? ¿Por qué nos lleva al mundo mágico de la historia prehispánica de la cultura maya? ¿Por qué de la mano de la deliciosa prosa del sabio Miguel León Portilla, nos sumergimos en el atemporal tiempo sin tiempo que se entrelaza, se anuda y desenreda del pasado presente y futuro del tiempo maya?

¿Por qué nos duele la herida de Acteal? Nos conmueve el relato de cinco siglos de opresión, 500 años de historia de injusticia, cinco siglos de dominio en avasallante opresión.

La deuda que tenemos con Acteal reafirma la necesidad de que las acciones contra la inseguridad no pueden, ni deben acotar la esfera de protección jurídica del hombre frente al Estado.

Pobreza, exclusión, hambre, enfermedad e incomunicación son factores que contribuyen a fomentar los fenómenos de intolerancia e inseguridad, incrementando los índices delincuenciales, y en la medida en que se producen, llevan al desaliento y a la represión. Las carencias apuntadas, al impedir una vida digna para que el hombre pueda desenvolverse a plenitud, obstaculizan e imposibilitan el pleno ejercicio de los derechos consagrados en las leyes que nos rigen, cualquiera que sea su jerarquía, y significan violaciones a los derechos humanos.

Reitero que en Chiapas, en todo México y en todas las políticas públicas, la prioridad absoluta debe ser el ser humano.