Angélica Santa Olaya se refiere a esta obra, 69 Haikús, como “mi hermoso bebé que habla dos idiomas: español y árabe”. Es, sí, un poemario en español y en árabe presentado en Emiratos Árabes Unidos en agosto, y en México, en julio pasado en la Capilla Alfonsina. ¡Y el bebé ya camina!

El haikú es un camino que se da dentro y no fuera de la poesía; quien lo siga ha de hacerlo con respeto tanto a los otros caminantes como a sí mismo; quien lo practica se parece al cazador o buscador de perlas, pero todos los caminos poéticos confluyen en uno: la poesía.

Aplaudo su manera de reunir lo que ella llama granitos de poesía nacidos en el desierto. Lo que transmite un haikú, según Basho, es la verdad inmutable en forma cambiante. Es simplemente lo que está sucediendo en este sitio, en este momento en que el haijin o poeta se detiene a mirar: “Regar los sueños/ Con la imaginación./ Eso es leer”. No importa que pudieran tomarlo como anuncio de la Librería Gandhi. Al contrario, qué bueno. Tal es el fenómeno de la comunicación colectiva.

Se ha cargado al haikú con demasiadas pretensiones: anular la rima, no usar adjetivos, prescindir de toda puntuación, y hasta rehuir la metáfora. Lo que se rehúye es la comparación: ningún poeta está por encima del traslado de las equivalencias; se acerca lo desconocido a través de un tercer plano, denominado latente. El poeta omite la palabra como, y creen que ya no hay metáfora, siendo que aproximarse a lo desconocido, por lo ya conocido, es el aporte epistémico de la poesía, y lo más valioso de la poesía es, precisamente, su aporte epistémico. Tomemos uno universalmente aceptado: “Las estaciones”: “Leve es la primavera:/ sólo un viento que va/ de árbol en árbol”.

El haikú llega a un estado de iluminación mayor que otras instancias poéticas. Se existe en la naturaleza, estamos en ella, aun con la ruptura de los ecosistemas, se la capta ligada a estaciones. Las Estaciones impregnan la vida como el ejemplo de Shiki: “Yo que me voy,/ Y tú que te quedas,/ Son dos otoños”.

El camino para llegar a la iluminación es la mente ordinaria: “La enredadera/ hoy casi me parece/ mi vida entera”. (Moritake). El compromiso es no caer en rituales de extravío, ser sincero. “Ser sincero es ser potente”, aconsejó Darío. Seguir la naturalidad que procede del corazón, dice Basho, se identifica con la naturaleza y permite “haickearla”, aun sin la codiciada métrica: “Tengo tu veneno, tu puesta de sol”, dice Darío al Ruiseñor. “Sólo aquél que ha alcanzado la perfecta sinceridad bajo el cielo, puede consumar las infinitas potencialidades de su naturaleza”. (Confucio). Y Angélica: “Hay una flor/ En la mano del niño/ Y su blanca luz”.

Otra exageración en torno al haikú, decir que no debe importarle la belleza. Como si no fuera bello decir, con Angélica: “El mar camina/ y en su lomo plateado/ se mira el día”.

No todo lo que haya de salvarse en poesía se adapta a la medida exacta del haikú, pero éste, fábrica de retos, juega con el vacío, ahí reside su encanto. Crea un ritmo interno que para Ana María Pérez Cañamares es un ritmo de caminante. Su sentido es de rincón, de relámpago. Trae su “palabra pivote”, con dos significaciones que sirve como especie de gozne sobre el cual dos puertas giran, con impresión de vaguedad sugestiva. No es explicativo, es mostrativo. No te da la respuesta. Lo que te regala, con Santa Olaya, es más bien una pregunta. “¿Me habré comido/ tus ojos mariposas?/ El alma vuela”.

Si es un riesgo caer en el relato, a punto de caer hay más poesía. Dice la autora: “Soy una ola/ que galopa en el mar/ de tus espumas”.

No debe haber un yo protagónico. El yo es en gran medida maya, engaño. Mas elegir el haikú tiene también limitantes: Es un trasplante de otra cultura, y esto por más que se disimule, tiene consecuencias. Cristina Rascón, al coordinar un grupo de escritores en Tijuana bajo esta forma literaria, reconoció escribir bajo la “choza prestada” del hai kai. ¿Hasta qué punto se posee la patente, o hasta qué punto se usurpa una denominación?

Absorber energía del universo, es algo horizontal y vertical a la vez. Transmitir un detalle de la naturaleza con efusión, (que es horizontal) se combina con una dimensión histórica, (vertical). Lo de arriba es como lo de abajo, dice el Hermes Trimegisto y también Angélica: “Ser vertical/ frágil como la lluvia/ caer, mojar”. Angélica Santa Olaya (1962, Ciudad de México), debe ser contada entre el grupo de mujeres valiosas que han adaptado su sensibilidad a este género. El haikú capta el “estado total del presente”; el momento de hacer el poema es propiamente el haikú. No todo encaja en el juego nihilista de los signos de los posmodernos, sino privilegiar la poesía como arma de la pregunta por la existencia.

El momento presente es el más hermoso. Vívelo en el amor y tu vida será como un gran cristal formado por millones de esos momentos, (Van Thuan, Camino de la esperanza, 1992).

Replicando a Kierkegaard: poesía es una forma integral del conocer donde lo estético, ético y religioso se entremezclan con lo lúdico, rompiendo toda jerarquía. Dice la poeta: “Me mira el pez/ y sin hablar pregunta:/ ¿y ésta quién es?”. Ha dicho Kierkegaard: “es cierto que la red es la red (como lo es también la Existencia), y que se ha tendido para pescar peces, pero los pececillos tienen paso libre”.

La conclusión iluminada, el vacío recuperado, adjetiva al poema: un matiz calificativo que abarca el par de proposiciones previas, un poco cual si fuese una cobija de significado: una colcha que tapa del “frío” las dos proposiciones previas.

Lezama Lima, expresó en su poema llamado “Hai-kai en gerundio”, que hay algo que no se pregunta ni cómo ni cuándo, sino sencillamente va creciendo y va temblando. Hombres y mujeres nos juntamos en este “puente hecho a base de juntar palabras”.

¿Por qué siendo tan breves los haikús dicen tanto? ¿Será porque el haikú sitúa en conciencia de diálogo, cuando normalmente vivimos en la inconciencia del diálogo?, entrar en diálogo, a través de una imagen-destello, que tiende a ser una sola, sea visual, auditiva, táctil, o mediante una contra imagen para hacer que el lector vibre, se altere, reciba la palmada epistémica. Es como entrar a un río que a todos espera: el río de los años. El borde de este río que es el río de crecer, es el río de Quevedo que se ríe de crecer, pero con el pero de Wildgans: “Pero el río, el río sagrado,/ ¡todo lo acepta/ en su curso plateado!”.

 

Angélica Santa Olaya, 69 Haikús. Edición bilingüe: español-árabe, traducción al árabe por Mushin Al-Ramli y Ahmad Yamani, (Colección De Poesía Alfalfa, dirigida por Abdul H. Sadoun), coedición con editorial Visión Libros, 2014.