Sobre la trayectoria del artista Vladimir Cora (Acaponeta, Nayarit, (1951) parece que se ha expresado todo lo esencial sobre su obra. ¿Acaso es posible añadir algo a lo ya dicho sobre Cora? Por mi parte, me temo que no. Y, sin embargo, en una pequeña pero rara e intensa exposición, que organizó la Universidad de Puebla, Cora se expresó de una manera que personalmente no había observado —o no había sabido observar— hasta que estuve frente al conjunto de su trabajo en esta exposición. Un mundo de arte.

Una vida sin reposo y entre sombras. Buena paráfrasis que sirve ajustadamente para describir el itinerario creativo de Cora. Pero en el artista nayarita toda obra última reordena audaces fantasmagorías con renovada fuerza poética. Hace unos cuatro años pudimos ver en el Festival Internacional Cervantino una excelente selección de su obra, pero lo curioso es constatar la tenue presencia que el tiempo va depositando en su trabajo, siempre nuevo y siempre el mismo. Son señas de identidad formal ancladas en un inmóvil escenario de crueldad que se recomponen en cuadros, dibujos y esculturas, cada cual más complejo y arriesgado, que difícilmente pueden dejar indiferente a nadie, como pueden ser sus series de Bodegones, Mujeres del trópico e Interiores

Una de las series más significativas de tal muestra es Señoritas de Tecuala, que el artista inicia en 1981, y que sigue trabajando sobre ese mismo tema en la actualidad. El tratamiento de los materiales, las referencias a la partes “innobles” del cuerpo, los garabatos, las tachaduras, los arañazos, lo amorfo, las rascaduras, los gestos y trazos expresionistas, etcétera…, que son indisociables del universo de Cora, provocan un sentimiento de libertad infinito. Pero Cora hace hablar a la materia trágicamente, los garabatos y las incisiones en esta piel o muro son expresiones de “poesía pura”, las evocaciones son manifestaciones de alegría, de libertad de expresión a través de la pintura. En una reflexión transparente, sobre los sinsentidos de la actividad pictórica, con el pretexto de los espacios de color de Picasso, Cora ha mostrado sus cartas y argumentando las razones frente al tópico historiográfico de los espacios figurativos y vacíos de su pintura: “Espacios vacíos”, se cuestiona. “Más bien al contrario, superficies llenas de espacios, líneas, trazos vibrantes en aparente, y sólo aparente quietud”. Para Cora los potentes espacios de Picasso en Las señoritas de Avignon, son espacios que instan al recogimiento, al silencio, donde el espectador puede entrar en comunicación directa con la obra aislada o sola. El espectador y, por supuesto, el artista comparten por una vez el espacio “respirable” que la obra genera, la liberadora expresión del silencio “—Le silence —dice el poeta y pintor catalán Albert Râfols-Casamada—, est la nuit de la perole”.

Encaminada hacia este punto, su obra ha ido despojándose de cualquier certeza y seguridad, esencial izando los parámetros a partir de los cuales se ha construido. De alguna manera, la pintura de Cora posee un valor especular e inapresable; esto es, se hace visible y, al mismo tiempo, se repliega sobre sí misma. ¿Qué queda entonces entre estos dos instantes, entre la presencia de lo pintado y su serena desaparición? Pues siempre ha tenido una presencia importante la figura, y más en una de sus obras más recientes, la figura femenina. Queda, o mejor sería decir permanece, la impronta de sus construcciones cromáticas sobre la superficie escultórica, el rastro emocional de las figuras y los gestos, las sombras de esas figuras. Queda también la ambigüedad de unas formas que son pensadas y sentidas a la vez, pues en ellas no sólo está recogida su estructura, su esencia, también se halla su aspecto más específico, su estricta inmanencia. Bien podría decir Cora: “Mi vida se ha gestado en la creación de mis propios sueños”.

Cora en su pintura sorprende por sintetizar en un mismo espacio la música, la poesía y el tiempo. Su discurso estético expresa una vitalidad imaginativa; las amplias superficies de color, líneas y trazos se transforman, como es sabido, en el espacio dramático para la representación formal, para la construcción del significado artístico definidor y definitivo de la obra. Arte figurativo, se afirma, o quizá demasiado transparente: rostros, bodegones, mujeres, el color diario se transforma en unas imaginaciones entre figurativas y surreales que hacen rabiosamente actual la pintura. Un hechicero sin tiempo que sobreactúa perversamente. Sin sentimentalismos. Sus personajes, en efecto, van reencarnando formas nuevas en cada muestra, que se convierten así en una especie de acontecimiento absoluto e inquietante. De los primeros Bodegones a Mujeres del trópico, secuencia de figuras, objetos y líneas llenas de color, consolidaron un lenguaje original que define el proceso de construcción de estructuras, escenarios dramáticos y poéticos más bien, en los que un conjunto de fetiches personajes emblematizan variaciones psicológicas sobre sí mismo. Se ha sugerido que la sintaxis artística de Cora hay que buscarlo en los orígenes de Rufino Tamayo, en la investigación conscientes de los tótems prehispánicos que acompaña el distanciamiento de la modernidad con el pasado. Pero hay algo más que personalmente he descubierto al revisar su trayectoria. “La pintura es, en primer lugar, una afirmación de lo visible que nos rodea y que está continuamente —dice John Berger— apareciendo y desapareciendo”. No se trata simplemente de un discurso exhibicionista y de autocomplacencia sobre el espacio y la composición de los cuadros, lo que busca o ha buscado Cora a lo largo de cuatro décadas de trayectoria; es algo profundamente ambiguo y rico en matices, porque entre el muro erosionado y las imágenes existen mensajes ocultos, mensajes que aluden a lo que podemos denominar vagamente un valor humanista positivo. Palabras en clave, o mejor signos enigmáticos, que tan sólo el espectador atento será capaz de descifrar porque, escritos de forma invertida, requieren de un espejo para advertirse. Lo que interesa destacar es esta oscilación entre el amor y lo trágico, la piedad y la muerte, los paisajes y los sueños; esto es, la diversidad de capas de sentido superpuestas de la obra de Cora, su dimensión poliédrica y profundamente humana. Quizá sea cierto. El pensamiento del artista se destila en su mirada. La mirada de Vladimir Cora aparte de ser muy figurativa, es totalmente poética.