Como hace seis años
La obsesión de los partidos políticos que se han opuesto al PRI históricamente ha sido arrebatarle el poder, más allá de un planteamiento programático; por eso, al igual que hace seis años se vuelven a presentar las posibilidades de “alianzas del agua con el aceite”, es decir, las posiciones más contrapuestas de la derecha y la izquierda, para tratar de establecer frentes electorales para intentar derrotar al PRI en sus bastiones locales.
Hace seis años, estas alianzas lograron triunfos sonados en Oaxaca, Puebla, Sinaloa, Guerrero, y estuvieron a punto de obtener la victoria en Durango. Los gobiernos surgidos de estas alianzas tuvieron diferentes rumbos y resultados: los del signo perredista más pronunciado como Oaxaca y Guerrero constituyeron sonados fracasos, mientras que Sinaloa prácticamente siguió siendo priista, y en Puebla el gobernador se ha decantado más a favor del PAN aunque sin perder contacto con el PRD, siendo el único que ha utilizado esta plataforma para posicionarse como aspirante a la presidencia de la república.
Hoy la situación política es diferente, la presidencia de la república está en manos del PRI, es decir, instituto robustecido y anclado en el sistema presidencial que ha sido su piedra angular; por otra parte, Morena partió en dos el antiguo PRD, y han aparecido en el escenario electoral las candidaturas independientes constitucionalmente aprobadas en los últimos años.
Otra vez, algunos de los partidos participantes buscan las alianzas con desesperación, pues piensan que sólo así podrán mantenerse con cierta fuerza electoral hacia 2018. El caso más relevante es el PRD de donde se filtró una grabación de su nuevo presidente, Agustín Basave, quien afirmó que si el Consejo Nacional no acepta las alianzas PAN-PRD en Puebla y Tlaxcala él está dispuesto a renunciar, lo cual refleja que la profunda crisis interna del PRD no ha sido superada. Dentro del PAN también existen voces que piensan que la alianza es un camino.
Sin embargo, con el surgimiento de las candidaturas independientes, las alianzas pueden perder sentido; por ejemplo, en Tlaxcala, el PRD se empeña, con justificada razón, en propiciar la candidatura de la senadora Lorena Cuéllar, pero dentro del PAN, la senadora Adriana Dávila no está dispuesta a ser “sacrificada” y pudiera contender en una candidatura independiente, lo que rompería la posibilidad electoral de dicha alianza. Por eso, existe una dicotomía entre las alianzas partidistas y las candidaturas independientes, pues éstas romperían la —ya de por sí— frágil disciplina partidista.
El triunfo del Bronco en Nuevo León ha propiciado una cadena de aspiraciones de candidatos independientes, con un matiz de empresarios que ya no se conforman con sus negocios e influencias, sino que quieren saborear a plenitud el poder político; ejemplo de esto es José Luis Barraza —Chacho Barraza— en Chihuahua, quien ya se apuntó para contender como independiente, lo mismo Gerardo Gutiérrez Candiani en Oaxaca, quien busca una candidatura auspiciada por algún partido, o bien, participar también como independiente; en Veracruz también se están generando candidaturas independientes, aunque con el propósito de intentar debilitar el PAN.
Otro elemento se encuentra en la contradicción entre las discusiones de las distintas fracciones parlamentarias en el Congreso, desde posiciones irreductibles entre partidos, que se dan hasta con la cubeta en la tribuna legislativa federal, afectando las alianzas locales, ya que dichas alianzas no corresponden a un ideario común, estando destinadas a fracasar electoralmente, o en el mejor de los casos a constituir gobiernos híbridos de poca eficiencia en sus políticas públicas.
