El destino encumbra su fuerza en A webo, Padrino, libro más reciente de Mario González Suárez. A esta novela le antecedieron De la infancia y Faustina, que componen lo que su autor menciona: “una trilogía familiar”. A webo, Padrino (Editorial ERA, México, 2015) se describe desde la segunda persona, un narrador que irá contándole a su padrino la atmósfera violenta que lo atrapa y cómo va involucrándose cada vez más en una historia que va al fondo sin remedio y, también, sin una clara convicción por zafarse de todo ello.

—Hablemos del título y del nacimiento de A webo, Padrino.

—Es un texto donde es muy importante la pluralidad. Es un libro que se oye. Empezamos en un vocabulario, en un ritmo, en una atmósfera; a sacar un sonsonete, entonces en esta segunda persona en que el narrador le está contando sus aventuras a su Padrino, de ahí sale la frase característica “a webo, Padrino”, la misma que le da el tono al libro.

—También es una novela para redimirse, que es el caso del personaje principal, a través de tener un consejero o, como en un grupo de alcohólicos, que tienen su “padrino”…

—En este caso le está hablando a un cura, quien es su padrino, literalmente, puesto que lo bautizó. Y no sería el caso de un alcohólico o drogadicto, simplemente de un taxista que va contando su historia.

La finalidad de esta jerga es reproducir una oralidad, acercar al lector enteramente a la subjetividad del narrador. Por otro lado, la ortografía también pertenece a esta oralidad; la “w” es una letra casi no usada en la lengua española, sólo la utilizamos para “Wenceslao” y ya. La “w” es una letra sensacional.

—Por otro lado el lenguaje, sobre todo con algunas palabras en específico, llega a ser inentendible. ¿Qué opinas de ello?

—El libro tiene su propia clave. Puedes no entender la literalidad de la palabra en ese contexto pero precisamente es el contexto que te da el sentido de lo que ahí se menciona, en la mayoría de los casos. Hay palabras, por ejemplo, como “birrionda” que es una palabra que se utiliza en Sinaloa, y así les dicen a las vacas pero se usa más como “coqueta”. También las que pertenecen al argot de la delincuencia: federico se le dice a un policía federal, por ejemplo, pero tienen un lenguaje muy nutrido, muy vivaracho, lo cual no lo hace necesariamente literario sino que toda jerga, toda habla humana, para que se convierta en un texto literario, tiene que someterse a un proceso de transfiguración. En realidad nadie habla así, toda esa energía del lenguaje oral trata de capturar la escritura.

A webo, Padrino, podría verse como una novela que se suma al amplio mosaico del tema de la violencia, el que ha abarcado casi todo el narcotráfico.

—Mi tema no es narcotráfico, es más bien un tema más cercano al periodismo que a la literatura.

Antes de esta novela están De la infancia y Faustina. En la primera es la historia del padre, después la historia de la madre y finalmente la historia del hijo, que es A webo, Padrino. Como ves, es una trilogía del ámbito familiar, lo que es la familia mexicana. En cada una de esas novelas voy explorando un asunto más hondo de lo que se lee, es decir, la historia de narcos es lo que vemos pero en realidad el tema que se explora desde esa anécdota es el destino, el narrador está contando su destino y cómo llegó a ser quien siempre había sido, cómo se descubre en su destino y cómo no puede sustraerse a esa fuerza que lo arrastra a vivir en ese mundo, aunque originalmente a él no le gustaba ese mundo de la delincuencia, pues tenía una vida mucho más común: es un tipo que maneja un taxi y tiene una familia, su voluntad no acaba de valer y las circunstancias que lo arrastran son muy poderosas: tratar de escapar en un primer momento es lo maldito, entonces decide aguantar todo lo que pueda hasta que pasa una línea donde ya ni siquiera tiene caso salir de ahí. Si originalmente su objetivo era huir del Cuéllar —el personaje que lo va arrastrando en esa atmósfera de violencia—, a partir de la segunda parte su objetivo es matar al Cuéllar.

—¿Tuviste que investigar para realizar esta novela?

—Viví en Mazatlán, y ahora voy y vengo continuamente, entonces no tuve que investigar, sólo lo que oigo y veo. Oír cómo habla la gente, la jerga que utiliza, el tono, las inflexiones, todo eso va creando una atmósfera…, además, todo lo que se cuenta en el libro, todo ha salido en el periódico entre la nota chiquita o la principal, en periódicos o notas marginales siempre se está hablando de eso. Se ha llegado a un momento en una sociedad que antes decía “todos somos Marcos”, ahora dice “todos somos narcos”. Es un momento de la historia del país muy tenebroso, pero esto se va a acabar. El paso que dio la Corte para legalizar el consumo lúdico de la mariguana, como dicen, es un paso adelante en ese sentido. Toda esta guerra hipócrita ha causado mucho deterioro en el país, mucho sufrimiento y lo que conlleva: mucha muerte. Son deterioros que difícilmente se pueden subsanar, forman parte de la historia del país, así como hace un siglo la Revolución, así ahora la guerra del narcotráfico. Una guerra que detrás tiene intereses que nada tienen que ver con la salud, como está tipificado en los delitos contra la salud, porque un delito contra la salud son las galletas, los refrescos, el alcohol…, las armas, todo eso sí es delito.

—En tu libro se viven las emociones, se sienten los temores, quizá todo eso sea el mayor peso de tu narrativa.

—El trabajo del narrador no es el de mostrar la inteligencia sino su sensibilidad, y esto último le crea verosimilitud a su labor. Un narrador puede cometer muchos errores en su descripción, pues su inteligencia no define o no alcanza a definir la vida de las personas, es la emoción, el impulso, la sensibilidad. Todas mis novelas, mis textos, tienen un trabajo primordial sobre el narrador. Quien se dedica a contar debe tener una alegría, y que no importa qué tan terrible o qué tan doloroso sea lo que está contando, hay una alegría que se traduce en un energía emotiva, lo que le da peso y verdad a un narrador, por eso yo trabajo siempre desde la emoción, desde la subjetividad del narrador. Trato de retratar cómo viven, cómo padecen, cómo gozan los personajes, que son gente que está en todas partes.

—¿Qué tanto está agotado el tema de la violencia y el narcotráfico en tu pluma?

—Es la única novela que he escrito sobre el tema y no creo que vaya a escribir otra con ese perfil.

—¿Qué proyectos nuevos tienes?

—Estoy por publicar dos libros de fotos, lo que me da un aire y distancia con la literatura, lo que también es sano. También tengo una novela con la que batallo desde hace cinco años y otra que inició hace dos años. La primera es erótica y también es una elaboración sobre los materiales de qué están hechos los humanos, así, literalmente, sobre su físico, no de la condición humana. Es un tema actual en los países anglosajones: la inteligencia artificial, fantasías del capitalismo, que no son tan recientes. Está la idea cada vez más inminente de poder descargar la conciencia de una persona en un software, en una computadora. Ya no hará falta tener un cuerpo, el que siempre ha sido como un lastre para el occidental. Primero se debe imaginarlo y después se trabaja para materializarlo.