San Antonio Abad
La muerte no llega con la vejez,
sino con el olvido.
Anónimo
Entre la Epifanía y la Candelaria, o entre rosca de reyes y tamales, la población de nuestra capital contaba con una de las funciones religiosas más relevantes del año: “la bendición de los animales”, fiesta instituida en el siglo XVII por los padres antoninos a fin de celebrar, cada 17 de enero, a su patrono tutelar, San Antonio Abad, ceremonia que se efectuaba en el amplio atrio del templo de la Santa Cruz de Acatlán, vecino al viejo rastro de la antigua Ciudad de México, en lo que hoy es la colonia Tránsito en la delegación Cuauhtémoc.
En esta popular parroquia de los tablajeros, la festividad congregaba a todas las clases sociales del epicentro novohispano, así como a sus animales domésticos, los cuales eran primorosamente engalanados para recibir la bendición de alguno de los pocos frailes antoninos que habitaban el recio convento construido a la vera de la antigua calzada de Iztapalapa.
El acucioso investigador don Manuel Rivera Cambas refiere que las funciones eran “del gusto de los habitantes de la capital que en ella se entusiasmaban; hombres, señoras y niños con vestidos lujosos y animales ataviados suntuosamente con flores y cintas acudían a recibir, mediante una corta limosna, la bendición que un religioso les daba en el patio que precedía a la iglesia. Ninguna familia de la clase ínfima y media quedaba sin acudir a esas bendiciones. Era incalculable el número de irracionales vistosamente adornados que llevaban a bendecir, formando un conjunto bellísimo”.
Refiere el cronista que, durante la época colonial, cada año los religiosos engordaban un cerdo al que cuidaban con esmero, y que era presa codiciadísima que rifaban entre quienes adquirían los boletos de medio real; afirma que el ganador era “saludado con mil vítores y parabienes”.
Pese a la Independencia, las invasiones extranjeras, los efímeros imperios y aun a la Revolución del siglo XX, la tradicional función de San Antonio Abad se siguió celebrando el 17 de enero en el cada vez más reducido patio de este templo colonial olvidado del trajín y bullicio de una ciudad que, obligada a un Alzheimer inducido por una autoridad que se avergüenza de su pasado y de sus tradiciones, empezó a menguar su propia historia a fines de la pasada centuria.
Algunos de quienes nacimos a la mitad del siglo pasado, aún recordamos la algarabía que generaba arreglar al perro, al gato o al gorrión enjaulado para llevarlo a bendecir, por la fiesta de San Antonio, en cualquiera de los templos de la Ciudad, incluida la Catedral.
Gracias al celo y arraigo de las familias de los pueblos originarios del Distrito Federal, en la actualidad la tradición se sostiene como un lazo festivo entre amos y mascotas, dando sentido a la presencia de San Antonio Abad, no como estación de Metro, sino como patrono de los animales. Merced a esta terca memoria que distingue a esas ancestrales comunidades, este acto social se resiste a morir, pues, como sugiere ese antiguo refrán anónimo: “lo que mata no es la vejez sino el olvido”.
