Derechos humanos y sociedad democrática
Hace unos días, el comité editorial de The New York Times produjo una de las críticas más severas a la administración de Peña Nieto, acusándola, entre otras cosas, de haber realizado un chapucero y a todas luces torpe esfuerzo de investigación de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa.
Asimismo la instó a que reconozca su fracaso y que permita que los miembros del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes se entrevisten con los militares adscritos al batallón de Iguala. Este enérgico reproche mediático concluyó con una clara admonición en el sentido de que eso es lo mínimo que debe hacerse por las víctimas de una de las mayores y más atroces violaciones a los derechos humanos en la historia reciente.
Los señalamientos del poderoso medio de comunicación no sólo han puesto en entredicho la imagen del Ejecutivo federal, también han evidenciado que a más de 16 meses de haber ocurrido la trágica noche de Iguala, el gobierno ha sido totalmente incapaz de hacer efectivos los derechos humanos a la verdad, a la justicia, a las reparaciones integrales y a la garantía de la no repetición de los ataques.
Además de una crasa ineficacia ministerial y de una grave violación a los mandatos de la Convención Americana sobre Derechos Humanos, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y otros tratados internacionales de los que el Estado mexicano es alta parte contratante, lo anterior significa un claro distanciamiento de los preceptos de la Carta Democrática Interamericana que disponen que la promoción y protección de los derechos humanos es condición fundamental para la existencia de una sociedad democrática.
Más aún, la incuria, la manifiesta desidia gubernamental refleja una tremenda patología ética y emocional. Las autoridades tienen el corazón endurecido, son insensibles, carecen de empatía, están ubicadas dentro de una perspectiva existencial ajena por completo a la otredad, al humanismo centrado en el otro, postulado por el gran pensador Emmanuel Levinas, según el cual el sentido de la vida radica en ponerse en los zapatos del otro, ocuparse del otro, responder por el otro, compartir su hambre y sed de justicia, beber sus lágrimas, palpar su tragedia, sentir su dolor, asumirlo como propio y tener el valor de proceder en consecuencia.
Para ablandar esa dureza patológica hace falta leer, asimilar, alojar en lo más recóndito del alma y traducir en hechos concretos el hondo mensaje contenido en el poema Piedra del Sol de Octavio Paz:
Para que pueda ser he de ser otro,
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia,
no soy, no hay yo, siempre somos nosotros,
la vida es otra, siempre allá, más lejos,
fuera de ti, fuera de mí, siempre horizonte,
vida que nos desvive y enajena,
que nos inventa un rostro y lo desgasta,
hambre de ser, oh muerte, pan de todos.
