Lamentable la declaración de Guillermo Haro Bélchez, procurador federal de Protección al Medio Ambiente, quien salió a decir que no hay ecocidio en la muerte del manglar Tejamar; el hombre es ciego y, lo peor, cree que todos lo somos o de plano las autoridades no encuentran la forma de justiciar su decisión y necedad.
Cuando el funcionario de marras acusa que a la fecha “no hay indicios de daños ni responsabilidad ambiental atribuible a Fonatur por la remoción de mangle en el Malecón, por 22 hectáreas del último desmonte”, yo me trasladé a un capítulo de la “dimensión desconocida” y recordé las imágenes de las especies muertas y los árboles ejecutados de raíz cuando iniciaron el “barrido” de la zona.
“No es preciso atribuir que existe o estamos ante la presencia de un ecocidio o devastación ambiental”, dijo. Está hablando de que el manglar de Cancún, de más de 50 hectáreas y las seis especies en peligro de extinción que ahí habitaban, simplemente, nunca existieron.
Haro Bélchez presentó ante los medios el informe de los resultados de la inspección realizada por Profepa al malecón; su resolución se contrapone al sustento del amparo que otorgó el juez segundo de distrito tras las denuncias penales presentadas por ecocidio contra todos los presuntos responsables. Pudo más el interés y bienestar de los inversionistas del proyecto que el otrora verde entorno.
México pierde al día 4.5 hectáreas de manglar; en sólo cuatro, murieron 50 hectáreas y a pesar de ello, las “autoridades” ambientalistas declararon que el desmonte por maquinaria pesada no fue ilegal y afectó al entorno.
Para justificar el dictamen, la Profepa se fue a los números: estableció que la zona de desmonte “apenas” representa el 2.1 por ciento de las 3 mil 533 hectáreas donadas por Fonatur al área Natural Protegida Manglares de Nichupté y Ecopark.
Señaló que dicha zona no es considerado sitio RAMSAR, es decir, protegida, y que desde el 2005 ya presentaba un proceso de fragmentación y reducción de hábitat, además de “un impacto asociado al crecimiento urbano” que le rodea. Es decir, se terminó de matar lo que ya agonizaba.
Haro Bélchez dejó entrever que todos quienes denunciaron la actividad urbanizadora, léase, las imágenes con las máquinas devorando el manglar y de las especies que quedaron tendidas, muertas, en el lugar, son mentirosos, porque “se trata de información falsa, ya que esas gráficas no corresponden al lugar”.
Y para demostrar su dicho, explicó que el cocodrilo de una de las fotos, llamado Lolong, murió en el 2013 en Filipinas, el segundo, era un cocodrilo encontrado muerto en Cozumel, al que previamente le arrancaron la cola y el tercero, un reptil arrollado en junio de 2015, también en Cozumel.
Y estableció que las especies encontradas, iguana rallada. Basilisco y cocodrilo de pantano, así como 22 especies de aves y un rastro de huellas de mapache, están siendo reubicados en santuarios alternos.
El procurador del Medio Ambiente juró que a pesar de la maquinaria pesada que entró sin aviso previo al manglar de Cancún, no afectó nada, “no se encontraron evidencias de muerte de ejemplares de fauna silvestre”. Increíble, pero cierto. Lo dijo la autoridad.
Entre la rueda de prensa del funcionario federal y las opiniones de la conductora de televisión sobre el dólar, me quedo más que claro sólo una cosa: los mexicanos, todos, somos unos exagerados.
