La ventaja del novelista es que puede llenar con la imaginación los huecos que deja la historia. Repito: los huecos que deja la historia. Lo que no se puede, ni se debe, es llenar con la pura imaginación un hecho histórico dado. O, peor, inventar, sacar de la nada algún supuesto hecho histórico. A un escritor que hizo esto último le pregunté en una ocasión en qué fuente se había inspirado para ilustrar un cierto pasaje sobre la vida de don Porfirio, que no había yo leído en ninguna parte. Me contestó que en ninguna fuente, que todo lo había inventado y que a su manera de ver esa era la ventaja del novelista. No lo creo. Y esto más bien me parece que es trampear al lector, quien va a suponer que fue cierto y que está leyendo, no una obra de pura ficción, sino una novela histórica.
Por el contrario, admiro sobremanera a quienes son capaces de investigar hasta lo más profundo el tema histórico sobre el cual van a escribir. Hay nomás que calcular cómo se quemó las pestañas Fernando del Paso para escribir Noticias del Imperio, en donde se describen sitios, objetos y escenas insólitos por su precisión y que, en efecto, pueden encontrarse en documentos y libros sobre la época. A partir de ahí, por supuesto que se puede imaginar lo que no se ha encontrado en esos documentos (hay que recordar los monólogos de Carlota), y el lector avezado lo sabe y, hasta yo diría, lo presiente. Otro ejemplo: Las Memorias de Pancho Villa de Martín Luis Guzmán se estudia en las escuelas para conocer quién fue Pancho Villa. Sólo que el libro tiene su subtítulo: “novela”. Pero es tal su documentación que, en verdad, es la mejor manera de conocer al personaje. ¿Qué dijo este en la realidad-real? No importa, está perdido en la noche de los tiempos. En cambio, lo que dice Martín Luis es ya más real que esa supuesta realidad-real.
Esto es lo que también logró, en forma admirable, Verónica González Laporte con su novela El hijo de la sombra, sobre la vida de un controvertido personaje: Juan Nepomuceno Almonte, hijo natural de José María Morelos y Pavón, y quien fue un personaje fundamental en la llegada a nuestro país de Maximiliano de Habsburgo como Emperador de México. La característica mayor del libro, además de la exactitud histórica y el estilo transparente —nunca vacila ni yerra a la hora de adjetivar—, es la sensorialidad lujosa, la manera cómo se las arregla para que la narración parezca entrarle al lector por todos los sentidos: la vista, el oído, el olfato, el gusto, el tacto, lo cual demuestra algo que los buenos lectores han sabido siempre; que la lectura (y, claro, la escritura) antes que otra cosa debe ser un gozo.
Con todas estas cualidades, González Laporte consigue lo más difícil con un personaje, decíamos, tan controvertido: humanizarlo, volverlo de carne y hueso y, lo que es mejor, comprenderlo. Esta es la clave psicológica de la novela: aunque no compartamos su punto de vista. Es precisamente ese adentrarse en las entrañas del personaje —comprobado, además, por la investigación histórica— lo que excita la sensibilidad del lector. Este, desafiado por la destreza de la autora, reacciona, entra emotivamente en la anécdota y se conmueve.
Más no podía hacer Juan Nepomuceno Almonte por salvar a Maximiliano y su monarquía, incluso ir a rogárselo a Napoleón III. ¿Por qué? ¿Es el mismo personaje que años antes escribió: “el antinacional proyecto de establecer en nuestro país una monarquía regida por un príncipe extranjero, que para sostenerse necesitaría traer consigo un ejército contra el cual combatirían de nuevo los mexicanos para volver al goce de la independencia y de la libertad que han adquirido al precio de tantos sacrificios”. ¿Es el mismo personaje que después se unió a los conservadores? Sí, es el mismo.
¿Qué sucedió entonces en su primera, profunda convicción antiimperialista? En esa pregunta reside uno de los hechizos de la novela de González Laporte. Porque la vida no está hecha solamente de razón, sino también —y sobre todo— de pasiones. El ángel que nos habita nunca consigue derrotar totalmente al demonio con que compartimos la condición humana. ¿Podemos entender al célebre José Vasconcelos cuando escribió que, con los indios, durante la Conquista, sobró cruz y faltó espada? Él, que luego se volvería un católico irredento que anteponía su religión por sobre todas las cosas. Y es que —habría que partir de ello— la convicción que tenemos al mediodía quizá ya no la tengamos a la medianoche, y hasta es posible que tengamos la contraria. Así de veleidoso es el corazón humano. Así de veleidoso —y hasta comprensible— es el personaje de El hijo de sombra, título que encierra en buena medida la clave de la novela. La gran pregunta es por qué nos interesan más, como lectores, esos hijos de la sombra que los de la luz. Habría que preguntarles a Freud, a Jung, a Adler. Aunque antes de que los psicólogos existieran, antes aún que los magos y los brujos, ya la literatura ayudaba a los hombres (quizá sin que ellos lo sospecharan) a coexistir con los pensamientos y apetitos más contradictorios y conflictivos. Como dicen que una vez dijo Balzac a un amigo: “borré a un personaje femenino de una novela porque, pobrecita, como su autor nunca logré que la desbordaran sus pasiones y se volviera interesante para el lector”. En este sentido, ¿juzgamos a Madame Bovary por sus infidelidades? Al contrario: la magia de Flaubert consiste en volvérnosla “profundamente humana”. Porque a un verdadero escritor —como es el caso de la autora que nos ocupa— nada de lo humano le debe ser ajeno. Y vaya que era difícil “humanizar” y sacar del panteón de los “malos” a un personaje como Juan Nepomuceno Alponte, quien carga con el aparentemente imperdonable estigma de haber sido antipatriota. La mayor virtud de El hijo de la sombra es que va más allá de cualquier posible etiqueta, tan fácil de colocar a los héroes y a los anti-héroes de la patria, volverlos estatuas de bronce o echarlos a la basura.
Pero, además, para que una buena novela lo sea de veras, debe añadir al mundo, a la vida, algo que antes no existía, que sólo a partir de ella y gracias a ella formará parte de la inconmensurable “realidad”. Ese elemento añadido es lo que constituye la originalidad de una ficción, lo que hoy sabemos y antes no sabíamos. Con El hijo de la sombra sabemos, por fin, dónde están los restos de José María Morelos y Pavón: se los llevó Almonte a París con él y su viuda los descubrió dentro de una urna, treinta y dos meses después de estar ahí almacenados. Esa anécdota ya es parte de nuestra historia, por más que haya surgido de una novela o, mejor dicho, gracias a que surgió de una novela profusamente documentada y admirablemente bien escrita. Ahí sí vale afirmar que la ventaja del novelista es que puede llenar con la imaginación los huecos que deja la historia. Como escribió Balzac, “la ficción es la historia privada de las naciones”.
