Las relecturas son una visita a un libro transformado. Inquietudes nuevas, atmósferas diferentes, hasta los personajes parecen haberse integrado a un libro nuevo, y no a uno que ya teníamos en la memoria. Es así que, revisitar a autores de los que guardaba su lectura, ahora, se vuelve como unas líneas paralelas narrativas que bien puede darse un nuevo sabor o, también, sentir que se trata de otra cosa o que su fuerza ha cambiado. Así también con la poesía, los versos parecen destacar instantes de valor, sitios con mayor y mejor delineado, escenas que nos brotan para tatuar un nuevo sentir.
Algunas de esas lecturas o consultas a esos libros que se pueden saborear en vacaciones, provocan la esencia distinta, como Kafka —el atrevido que parece involucrarse en la realidad— que al releerlo, en La Metamorfosis, es ver a un Gregorio Samsa con mayor intensidad en su sufrimiento, en su terrible angustia; su hermana, la que en una primera lectura se dejaba ver de talla mediana, con cierto atractivo y de cabello largo, ahora —independientemente al trazo de su personalidad— se guarda en la memoria con un cuerpo delgado, de gesto duro y con cabello corto. Los escenarios y polvo nuevo parece que han llegado a Pedro Páramo, de Rulfo. Shelley, con su Frankenstein —y un poco contaminados por la película que protagoniza Robert De Niro— ha sido como recuperar el peso enorme que sólo está en los libros, el Frankenstein se aleja de poses fílmicas y nos encontramos con un monstruo que conmueve sin piedad. Süskind en El perfume, parece soltar un asesino que se siente con total cautela en su andar. García Márquez siempre será de total admiración y de confirmar su valor literario. Octavio Paz redescubre la luz, su trabajo poético es saborear el deslumbramiento, es, dice Paz en unos versos: “Con un ardor helado/ contempla lo que escribo”.
Algunas lecturas más que pude revisitar me deja el sabor amargo de la realidad del tiempo, de la lectura perdida que rebasa a cualquiera.
