El término médico es afluenza
A finales del año pasado, recobró popularidad el término afluenza, después de la detención de Ethan Couch, de 18 años, y de su madre, cerca de Puerto Vallarta, porque eran prófugos de la justicia estadounidense.
El 3 de diciembre de 2015, el joven violó su libertad condicional, porque no se reportó ante las autoridades que lo habían sentenciado a diez años de libertad bajo palabra, porque ─según la justicia─ sufre de afluenza, lo que provocó que al conducir en estado de ebriedad matara a cuatro personas y lesionara a nueve.
Una epidemia social
En su momento, en 2013, esta condena causó indignación entre la sociedad estadounidense, pues se reprobó que un juez aceptara que el joven padecía de afluenza, un supuesto padecimiento que no reconocen las principales autoridades médicas de Estados Unidos.
Ahora, cuando Ethan Couch violó su libertad bajo palabra, el término recobra interés, ya que las argumentaciones sobre la afluenza representan un grave peligro no solamente para la justicia estadounidense, sino también para la mexicana que podría recurrir al artilugio de la afluenza para dejar en libertad o no aprehender a personas que presuntamente cometen delitos.
Efectivamente, aunque el término afluenza fue empleado en 1954 por primera vez por el director de una fundación que patrocinó una investigación sobre la riqueza, este término fue popularizado a partir de 1997, con la transmisión del documental para televisión Affluenza, producido por John de Graaf, coautor del libro Affluenza: Why Overconsumption is Killing Us and How to Fight Back (Affluenza: Por qué el consumo excesivo está matándonos y cómo combatirlo).
El propio De Graaf planteó en un artículo publicado en la revista Time, en diciembre de 2014, que no inventó la palabra, a la cual define como “una condición dolorosa, contagiosa, socialmente transmitida de sobrecarga, deudas, ansiedad y residuos procedentes de la tenaz búsqueda de más”.
Según diferentes fuentes, la palabra afluenza es un neologismo compuesto por el vocablo italiano influenza (influencia, gripe) y el término inglés affluence (abundancia), de tal forma que en inglés permite relacionarla con una afección física.
De la inicial definición de De Graaf, el término afluenza se distorsionó para identificar a los hijos de padres permisivos que nunca les pusieron límites ni los prepararon para ingresar a la sociedad como individuos responsables y productivos. En otras palabras, son “los hijos de papi”, los juniors o los hijos de políticos mexicanos que se escudan en la influencia de sus padres para cometer toda serie de tropelías.
Lo que en el pobre es delito…
En esas condiciones, en el español de México podría entenderse la afluenza como influencia o influyentismo, enfermedad social con la que ─lamentablemente─ estamos muy familiarizados porque la padecemos. Lo novedoso del caso es que ahora se quiere considerar al influyentismo o afluenza como una enfermedad que podría proporcionar una patente de corso más para perpetuar la impunidad de ricos e influyentes.
La afluenza no está reconocida por la Asociación Psiquiátrica Estadounidense ni por el Manual de diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, que es la obra más consultada por psicólogos y psiquiatras. Por supuesto que la afluenza tampoco está considerada en los planes de estudios de escuelas y facultades de prestigio de psicología, medicina y psiquiatría.
Sin embargo, algunos especialistas como el psicólogo clínico Dick Miller, quien diagnosticó a Ethan Couch como paciente con afluenza, consideran que la falta de límites lleva al uso enfermizo de servicios y productos como sexo, alcohol y drogas con el objetivo de tratar de llenar el vacío existencial. Por tanto, los supuestos enfermos de afluenza no son responsables de las faltas y actos delictivos que cometen, ya que en todo caso la responsabilidad es de sus padres que los malcriaron.
En esas condiciones, los excesos y desmanes de los hijos de influyentes podrían quedar impunes o recibirían sentencias atenuadas por su pretendida enfermedad. Asimismo, habría que absolver a jóvenes procedentes de familias de escasos recursos económicos que cometen delitos, ya que sus padres no pudieron marcarles límites porque estaban más ocupados en obtener dinero para su manutención. En la práctica sabemos que no es así, que lo que en el pobre es delincuencia en el rico es afluenza.
Y eso es lo más grave, ya que en una sociedad en la que se utilizan términos o explicaciones científicas cuando conviene a la clase gobernante, la caracterización de un comportamiento antisocial como propio de una enfermedad psicopatológica, contribuiría a fortalecer la cadena de corrupción que impera en el país, esa sí una grave enfermedad social que se requiere combatir con hechos no con palabrería.
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f/René Anaya Periodista Científico
