“Los amados por los dioses mueren jóvenes”, escribió Marguerite Yourcenar es su canónica y clásica novela Memorias de Adriano, al referirse a la muerte de Antinoo, el joven amante del maduro emperador Adriano. Y es que las grandes parejas de la literatura, el teatro y hasta el cine son aquellas que no se quedan juntas, basta pensar en Antígona y Hemon, Romeo y Julieta, Pedro Páramo y Susana San Juan y, más recientemente, Jack Dawson y Rose DeWitt Bukater en Titanic o Jack Twist y Ennis Delmar en Brokeback Mountain.

Y es que esa condición de imposibilidad del amor para realizarse plenamente, es en donde radica su belleza, ya que el mayor acto de amor es llegar al recuerdo.

Ese recuerdo inmortal al que aspira el emperador Adriano, elevando a su ya fallecido Antinoo, encarnación de su ideal humano, al rango de Dios, de Divinidad, de un ser divino.

Este arquetipo que retoma la narración de Volaré Contigo. La Odisea, (Editorial Ariadna, Colección Los Tímpanos de Teseo, México) el de un hombre maduro que ama hasta el paroxismo a un joven, lo podemos encontrar en la ya mencionada legendaria historia de Adriano y Antinoo, en el mito de Ganímedes raptado por Zeus o en las relaciones de célebres escritores como Arthur Rimbaud y Paul Verlaine y la de Oscar Wilde y lord Alfred Douglas, marqués de Queensberry y en el relato bíblico de David y Jonathan.

Aquí estamos frente a la lectura de la historia del amor de un escritor maduro, éticamente comprometido con la creación y el arte, por un ángel de alas tatuadas, un ángel de la noche, que como Antinoo, es un cuerpo deseado y deseable, cargado de un eros oscuro que provoca el éxtasis del amor, como el que Hipólito provoca en Fedra.

La Odisea de este escritor no es atravesar un mar lleno de obstáculos provocados por la ira de los dioses para llegar a su patria, a su hogar, al reencuentro de los seres que por amarlo lo han esperado por largo tiempo.

Tampoco es el descender al inframundo a buscar al ser amado, para perderlo para siempre.

Su odisea es el viaje a su recuerdo, a su alma, a sí mismo y nosotros viajamos con él, a su realidad emocional, una realidad alejada de la lógica del mundo exterior, esta cercanía a la introspección, al flujo de sus recuerdos y emociones nos hace recordar la literatura del Nouveau Roman o Nueva Novela y a escritores como Alain Robbe-Grillet o Marguerite Duras que escribieron los guiones de esas dos grandes películas que el cine convencional no ha podido asimilar en sus aportaciones estéticas y narrativas, que son Hiroshima mi amor y El año pasado en Marienbad, ambas dirigidas por Alain Resnais.

Este viaje es de explorar ese territorio inhóspito y salvaje, inconquistable, ese territorio donde se expresa y manifiesta el misterio inexplicable, inabarcable e inclasificable del amor; el cuerpo.

Vemos a través de su mirada, sentimos a través de su piel, imaginamos a través de su mente, a ese César, ese ángel de alas tatuadas, ese joven que no desea amar.

Es una narración en la que el tiempo es marcado por el pulso del corazón, un pulso dilatado y aletargado, en el que se está en el presente del recuerdo, el de un amor que tocó el nirvana, esa zona sagrada, que está más allá de todo apego, incluso del de la carne, pero que se alcanza paradójicamente a través de ella, porque como dice el sabio veda hindú: “Por la carne también se llega al cielo”.

Y se llega porque ese amor está enraizado en la más fértil tierra del jardín del deseo, la tierra de la poesía. Una poesía que no es forma, es fuerza, que no es estructura, es misterio, y que como todo misterio no se descubre, se revela.

Y a nosotros, testigos de este inconmensurable amor, se nos revela en forma de novela teatralizada, ensayística, monologada, porque ante todo, la literatura, para entender la realidad que narra, le confiere estructura, que es arte; y es que sin arte no hay nada.

Este Escritor que escribe su recuerdo, que pone en escena su amor no correspondido por ese ángel de alas tatuadas, que no quiere amar porque no le conviene y tampoco le interesa, nos lleva a penetrar también en el alma de ese ángel extático al ritmo de su sofocante sangre, que hierve en su cuerpo erotizado, erotizante, nos comparte su miedo a entregarse en el vacío de la total entrega.

Nos lleva a esculpir en nuestra imaginación a ese bello ser autocombustible que terminará ardiendo en el fuego sacro, como la zarza en la cual Dios se reveló a Moisés.

Esta revelación es similar a las que tuvo la monja portuguesa Mariana Alcoforado al ver pasar al gallardo teniente francés Noel Bouton de Chamilly: el despertar del goce, las emociones, el dolor, la frustración y finalmente el abandono del amante, y que escribió en sus cartas de amor. Un amor, que es un hechizo que sólo ocurre una vez en la vida. Una vida que se realiza en la absoluta libertad que se alcanza en la marginalidad.