México no pagará un centavo
En la campaña electoral norteamericana, entre los candidatos de las primarias de los republicanos, hemos escuchado las sandeces de un extremista, repudiable millonario —no ensuciaré estas páginas con su nombre—, quien pretende resucitar el tema de la construcción del muro fronterizo a lo largo de nuestra frontera norte.
Lo que implica esto para la relación bilateral resulta más complejo y reedita un conflicto que parecía superado. Los kilómetros de muros construidos a partir de 1991 y su equipamiento con sofisticados equipos y dispositivos tecnológicos, como detectores infrarrojos, sensores de tierra, cámaras, radares, drones y torres de control han costado miles de millones de dólares; el perseverar en continuarla, además de recordarnos el nacional socialismo hitleriano, resulta verdaderamente demencial pretender que México pague su construcción. Adicionalmente de que en la práctica ha resultado inoperante, puesto que ha sido taladrado por decenas de túneles y, a pesar del muro, ha continuado el flujo de migrantes y estupefacientes hacia el norte y de armas y dólares hacia el sur.
La historia e inutilidad de la construcción de este tipo de muros seguramente es ignorada por esta persona que parece demente. La Muralla China, de 6 mil 300 kilómetros, construida hace miles de años por el emperador Qin para defender el imperio de los bárbaros, de poco sirvió para contener a las hordas de Gengis Khan. El muro de 800 millas romanas construido en Inglaterra por el emperador Adriano en el siglo II para defender los emplazamientos británico-romanos de los bárbaros, tampoco sirvió de mucho, sólo generó una rivalidad que aún perdura entre los habitantes de las islas británicas.
Otros muchos ejemplos de muros o murallas pudiéramos citar, y cómo su erección únicamente al final la historia termina por demostrar su inutilidad, como las murallas de Roma, frente a las cuales se estrelló el genio militar de Aníbal, aunque terminó por ceder ante las tribus bárbaras germánicas; o más recientes como la Línea Maginot, construida por Francia para defenderse de Alemania y que de nada le sirvió en la Segunda Guerra Mundial. Los más execrables han sido los muros construidos en los guetos para encerrar a los judíos y los de los campos de concentración nazis.
El Muro de Berlín terminó derrumbándose luego de tres décadas con todo y su “franja de la muerte”, construido en los albores de los años sesenta que dividió a las familias berlinesas, ocasionó la muerte de miles de alemanes y es una muestra fehaciente del resentimiento, encono y polarización social que provocan.
Hoy día en el mundo, no acaba de entenderse la lección y existen otros muros de ignominia, como el que divide a las dos Coreas; el que avergüenza a miles o millones de israelitas, construido por su gobierno para confinar a los palestinos en la Cisjordania. O los que separan a India de Pakistán; a Irak de Kuwait; el existente en el norte de África para encerrar a los saharauis de Marruecos, o la muralla para separar a los pobres de las favelas de Río de Janeiro.
La xenofobia por las diferencias étnicas, en el mundo actual, no ha hecho más que radicalizar las posiciones religiosas e ideológicas, creando grupos extremistas fundamentalistas, particularmente en Oriente Medio, provocando una muy numerosa oleada de migración hacia Europa, trayendo como consecuencia diversos hechos, entre los cuales destacan los recientes actos terroristas en París.
En este mundo globalizado, un planteamiento de esta naturaleza es totalmente inviable. En el hipotético escenario de que este candidato republicano se instalara en la Casa Blanca, puede estar seguro de que México no pagaría ni un centavo partido por la mitad como lo ha sugerido ese candidato, y el costo para ambas naciones sería inmenso. Los propios grupos de poder estadounidenses lo harían entrar en razón. Pero a veces los pueblos pierden la razón, la Alemania de 1933 es una muestra.
