La pregunta ética propia del régimen del “show” es enteramente nueva: ¿cómo puedo evadir, no imágenes destructivas, sino el flujo de “shows”, la fascinación de los ojos vacíos de la Gorgona?
Jean Robert
Dícese que durante la última visita de Juan Pablo II a México la organización corrió a cargo de los Legionarios de Cristo (ligados con inmensas fortunas) en arreglo con Televisa. Lo cierto es que en esas grandes asambleas se empleaban los recursos de “animación de espectáculos” propios de los shows televisivos: banderita a la derecha, ¡aplaudan!; banderita hacia arriba: ¡porra!; banderita hacia abajo: ¡canten!; ignoro si usan banderita a la izquierda… La antigua tradición de que la organización corriera por parte del pueblo católico, sus parroquias y obispados, se esfumó ante el poder de la Congregación Legionaria y sus arrumacos con la gran televisora.
Con la “condena” de Marcial Maciel, por pederastia y otros detalles de su vida personal, que en lo personal me hacen pensar en una estructura perversa polimorfa, la Legión tuvo que bajarle a sus bríos, para recuperar la confianza del Vaticano. Desgraciadamente, eso no hace que el show desaparezca. Estamos en la época del show, y en México esto se explota con gran maestría. Si tuviera que decirle cuál es en nuestro país uno de los nombres del demonio, le diría a Francisco que se llama Televisa, televisora que no sólo vive en la época del show, sino que a partir de ahí, y con el uso de sus herramientas “hace” show y sumerge a sus espectadores en él. Y no sólo Televisa, cualquier transmisión televisiva es ya una adulteración de la realidad, con mayor o menor grado de conciencia de ello y con mayor o menos connivencia con el poder fáctico. Imágenes que son, además, guiadas por comentaristas a los que igualmente se les pudo haber dictado línea.
Desde el inicio, el recibimiento del Papa, cansado del viaje y de su encuentro con el patriarca Cirilo en Cuba, estuvo rodeado de espectáculos en los que brilló la farándula de Televisa, amiga de la primera dama, aunque también formó parte del espectáculo la presencia folclórica de los niños vestidos con trajes típicos, muchos de ellos ni siquiera actualmente utilizados, como el de la china poblana.
Las palabras de Francisco en sus diversas alocuciones y homilías, palabras hondas, espirituales, que invitan a la autocrítica, pasan a segundo lugar por el uso de las imágenes que, antes o después, las acompañan y que las vuelven momentáneas. Ahora, nos queda la posibilidad de regresar a la lectura cuidadosa de los textos de Francisco para, fuera del contexto del show, desenterrar sus tesoros y volverlos parte de nuestra reflexión y de nuestra encarnación.
Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés, que se respete la Ley de Víctimas, que se investigue seriamente el caso de Ayotzinapa, que el pueblo trabajemos por un Nuevo Constituyente, que Aristegui y su equipo recuperen su espacio radiofónico.
pgutierrez_otero@hotmail.com
“Para Illich, el show es el transmisor o interface entre sistemas, mientras la imagen era una entidad suscitada por la imaginación. Al pasar de la edad de la imagen al régimen del show, la mirada pasa de ser una relación entre sujeto y objeto, o sujeto y sujeto, a ser una relación entre sistemas. (…) Por lo tanto, el show es el estado momentáneo de un sistema cibernético, mientras la imagen siempre implica una poiesis”.
Jean Robert.
