Independientemente de esa entrañable (y perdurable) novela titulada El nombre de la rosa, que mucho le debe a la narrativa policiaca y a los profundos conocimientos de Umberto Eco sobre la tradición clásica y medieval, son indiscutibles las aportaciones a la semiótica de este lingüista y pensador: desde el análisis de los fenómenos de masas en Apocalípticos e integrados hasta el desarrollo del concepto “obra abierta” para caracterizar a la obra de arte multívoca, escurridiza, polisémica, ajena al universo ordenado y cerrado de la Edad Media, pasando por sus siempre fructíferas reflexiones en torno a la hermenéutica y al lector en tanto intérprete, para no hablar de su compromiso con la academia, notorio, por ejemplo, en su obra Cómo se hace una tesis. Todo lo anterior constituye un corpus complejo y heterogéneo, cifrado en la preocupación del autor italiano por la tradición occidental, sus paradojas y avatares. Y sin embargo, uno de los conceptos empleado por Umberto Eco que más me marcó lo leí en una entrevista y es el de “relativismo cultural”. El concepto no es de Eco, pero gracias a él lo adquirí. Desde entonces, me he convencido de que, para forjar una mente abierta y tolerante, debe comprenderse y asimilarse que en el mundo debe existir dicho relativismo, y eso es lo que a los niños debe enseñárseles para que se alejen de cualquier fundamentalismo, totalitarismo, fanatismo o absolutismo intransigentes.

Hay muchos otros pensamientos del bibliófilo, ensayista y narrador, nacido en Piamonte en 1932, que continuarán haciendo eco en cualquier inteligencia. En este modesto y breve homenaje, recuerdo algunos. Al referirse al libro en general, dice Eco: “o sigue siendo el soporte para la lectura o se inventará algo que se parecerá a lo que el libro nunca ha dejado de ser, incluso antes de la invención de la imprenta”, y también: “no se puede hacer una cuchara que sea mejor que la cuchara”. Al referirse a la crítica y al cúmulo de significaciones que ésta puede depositar en una obra, advierte, por ejemplo, que Da Vinci pintó mejores obras que la Gioconda, pero que esta última ha recibido más interpretaciones que “se han depositado con el tiempo sobre el lienzo, transformándolo”, y cuando recuerda ciertas obras difíciles, herméticas, casi críticas, no duda en acotar: “A veces, basta pronunciar palabras insensatas para pasar a la posteridad”, que podría funcionar como aforismo. Por último, en una ocasión se refirió a la religión en estos términos: “Una vez más buscamos en las mitologías el refugio de las amenazas de la tecnología”, refutó a Marx cuando afirmó que la religión es el opio del pueblo. Para Eco, no es el opio, sino la cocaína: “La religión es la cocaína del pueblo. La religión excita al pueblo”. Lo vivimos todos los días en un mundo que tiende a apagar el relativismo cultural para imponer visiones hegemónicas, ideologías dominantes, intolerancias y fanatismos. La voz de Eco, en este sentido, seguirá siendo actual.