Mensaje (no) cifrado a políticos mexicanos
Sin duda esta semana los medios de comunicación nacionales, sobre todo los electrónicos, seguirán exprimiendo hasta la última gota periodística la visita a México del papa Francisco.
Y el esfuerzo vale la pena.
Un líder moral, sobre todo tan especial como el papa Francisco, y más por su condición de ser de origen latinoamericano, es un personaje cuyos perfiles no se agotan en una visita pastoral a un país tan convulsionado como México y, por lo tanto, es noticia y, sobre todo, objeto de análisis profundo cada uno de los mensajes que pronunció en la visita realizada a nuestro país.
Los medios estamos obligados a reflexionar con verdad, profesionalismo y realidad en los actos, las señales y las palabras que dejó Francisco en México.
Los expertos efectivamente, sobre todo en el plano de los medios internacionales, han externado que el Papa dejó varios mensajes cifrados a los mexicanos.
El Papa ha vivido recientemente el riesgo de que los intereses inconfesables de los dueños del dinero en el mundo socaven la información privilegiada del Vaticano. Lo hicieron de una manera cuasi peliculesca hace poco más de un año.
Francisco respondió cuidando especialmente de dejar abiertas puertas para que el asunto no solamente fuera condenado en lo moral, sino que dentro del derecho canónico eclesiástico estuviera también la posibilidad de reabrir la investigación del caso.
¿Por qué?
La respuesta estaría en las dudas de Francisco acerca del comportamiento de algunos de sus cercanos colaboradores. En ese tenor se observaron varias actitudes de dudas que parecían estar en la mente del pontífice durante su visita a México.
Los curas pederastas no fueron tema de sus discursos. Menos recibieron ellos, o sus protectores, amonestación alguna.
¿Se reservó Francisco cualquier amonestación sobre el caso que tiene enervada a la sociedad internacional, de manera muy especial a la mexicana desde el affaire condenable de los Legionarios de Cristo y su cabecilla Marcial Maciel por temor a una escisión más fuerte de la que ya padece la Iglesia católica mexicana?
El proverbial cinismo de los políticos mexicanos, exhibido con todo esplendor en su repentino fervor cristiano demostrado en sus encuentros con el pontífice romano, seguramente no fue la actitud que puso de mejor humor al llamado vicario de Cristo.
Atendió a la clase política que se le acercó protocolariamente, pero nunca la eximió de sus graves pecados. El papa Francisco pronunció exhortos que parecieron advertencias.
Evitar la violencia fue una sugerencia insistente en su mensaje; a los jóvenes les advirtió no ser sicarios, seguramente porque estarían incurriendo en un modo crispante en una falta al decálogo cristiano que en una de sus sentencias dice que “no matarás”.
Y si Francisco advirtió del peligro de pecar por la vía del asesinato, también lo estaba haciendo con el “no robarás”.
La corrupción imperante en amplios círculos de la vida pública y privada de México es una forma de robo que lesiona de una manera más condenable por convertirse en latrocinio.
Es decir, latrocinios de políticos y connivencias de éstos con empresarios, como los constructores que quitan a los pobres los recursos que deben aplicarse a la salud, a la educación, a su calidad de vida alimentaria, a sobrevivir en las viviendas miserables a los que la corrupción los condena a pasar su existencia, a la eliminación de la pobreza extrema. Y el robo es otro pecado cuya condena es imperdonable ante la ley que rige la profesión de fe de un líder moral como el papa Francisco.
Las referencias protocolarias del pontífice al gobierno mexicano en ningún momento fueron laudatorias. Su compromiso y su preocupación fueron con y para sus fieles.
Al despedirse del país visitando un penal, apenas unas horas después de que en Nuevo León y en Michoacán los hechos de violencia en las cárceles mexicanas exhibieran lo inhumano de la existencia en esas ergástulas, el Papa dejó un nuevo mensaje, silencioso pero notorio por supuesto, al México de injusticia y corrupción que vivimos.
Corrupción, jóvenes que tienen como alternativa de vida el convertirse en sicarios, cárceles violentas en las que sólo viven como reyes o se escapan de ellas los grandes capos de la droga.
Ésa fue la impronta que comprobó Francisco del México que seguramente había mandado investigar y del que sabía mucho de lo que ocurría, y también tenía conocimiento de muchos de los que son culpables de su miseria.
Culpables que actúan como delincuentes en la brega del narcotráfico o al amparo del poder político.
