En 2006 apareció Los minutos negros, de Martín Solares, que no dejó indiferentes ni a los críticos ni a los empedernidos lectores de novela negra, aunque fue en el extranjero donde se le hizo mayor justicia, según es posible constatar en reseñas de The New Yorker, The Guardian y Le Monde. Quienes en su momento se ocuparon de aquella primera novela del escritor y editor mexicano, nacido en Tampico en 1970, manifestaron una mezcla de escepticismo y asombro, como sería el caso de Antonio Ortuño, que llegó a creer que se trataba de una parodia. En enero de 2007, escribiría Ortuño en Letras Libres: “Los minutos negros, con todo y su aparato de humor dudoso, es una obra digna de la mejor estirpe de novela negra mexicana, la que arranca del magistral Complot mongol de Rafael Bernal, y alcanza las incursiones narrativas de Daniel Muñoz, guionista de aquella tira cómica en color sepia llamada El Pantera”.

Aunque para entonces existían algunos referentes mucho más cercanos con que equiparar la novela debut de Solares —Rafael Ramírez Heredia, su paisano; Élmer Mendoza, Juan José Rodríguez, por citar algunos—, lo cierto es que Los minutos negros se distinguió por ser una novela realista, más apegada al asunto del crimen organizado —que aún no tenía las repercusiones de la actualidad, aunque su autor supo intuirlas, perfilarlas incluso— que al del narcotráfico. Es, sobre todo, una novela honesta. Con honesta me refiero a que, como en la vida real, no podía aspirarse a nada remotamente parecido a un final feliz, aunque sí a una resolución de la que sólo el lector sería partícipe, pues, suele suceder, la que se presenta como verdad ante las masas es una manipulación tan artera de los hechos, que no se aproxima ni un milímetro a la verdad.

Casi diez años después, en su más reciente novela No manden flores (Literatura Random House, México, 2015), que, como cabe esperar de su autor, sabio en giros de tuerca, no será lo que muchos esperan. Para algunos —y me cuento— rebasará sus expectativas… aunque por momentos decaiga el ritmo narrativo, lo cual es casi obligatorio tratándose de una novela tan vertiginosa… corrijo: dos novelas. Podría ser, cierto, una sola historia abordada desde dos ángulos antagónicos… pero me inclino por la idea de que la segunda es antilibro de la primera, o viceversa.

En la primera aparece Carlos Treviño, o sería más correcto decir: lo obligan a reaparecer, lo que por sí mismo implica un guiño cruel con la realidad. Treviño podría ser el protagonista de Los minutos negros, Vicente Rangel, asimismo traicionado y denigrado policía cuyo único delito consistió en proceder correctamente y con “estricto apego a la ley”. Treviño, que ha pasado por circunstancia similar tras atrapar a un asesino serial que cortaba a sus víctimas, todas ellas adolescentes, con una sierra eléctrica, ha logrado lo que parecía casi imposible: rehacer su vida. Más insólito aún: lo hizo a unos cuantos kilómetros de la ciudad donde se le busca como a un perro rabioso, en Veracruz. Nuevo nombre, nueva vida, esposa colombiana, un hijo… y un hotelito frente a la playa del cual es orgulloso propietario. Por desgracia —o por fortuna— un suceso en su puerto de destino lo convierte en el único ser sobre la tierra capaz de localizar a la hija secuestrada de un magnate, dispuesto a pagarle lo que sea con tal de que le dé razón del paradero de la adolescente. El empresario, como la población en general, no cree en la eficacia de la policía cuyos elementos suelen venderse al mejor postor. Al principio Treviño se niega rotundamente a retornar a La Eternidad y exponer a su familia. Está al tanto de que la situación en su ciudad natal es de ingobernabilidad absoluta gracias a la inercia de un gobernador más preocupado por lo que se va a llevar que por el bienestar de los ciudadanos… y a Margarito González, su antiguo jefe, que no sólo ha cobrado notoriedad —de la mala— por sus complejos tratos con las cuatro bandas que asolan el municipio, sino porque no ha cesado en la búsqueda del que fuera su mejor policía, con intención de matarlo o ponerlo tras las rejas. Entre el empresario De León y el cónsul de Estados Unidos, Don Wilson, mejor conocido como El Pato, no descansan hasta lograr lo que parece imposible: que Treviño dé su mano a torcer y se introduzca de lleno en la búsqueda de la joven Cristina de León y los riesgos que ello implica… al tiempo que trata de pasar inadvertido para su ex jefe y sus antiguos compañeros, algo todavía más difícil que su misión primaria. Para asegurar el éxito de su misión, De León lo provee de sofisticada tecnología —que Treviño se da el lujo de desdeñar— dinero a manos llenas para pagar sobornos, armas ultra sofisticadas y a su chofer y hombre de confianza, el Bus, perfecta antítesis del ex policía que ha dejado de creer en la justicia impartida por el gobierno, pero no en la propia.

Naturalmente, Carlos Treviño no es el mismo idealista, casi ingenuo que parecía ser al momento de ungirse paladín justiciero. Es un individuo curtido, correoso, mordaz, casi suicida, que ha aprendido a desconfiar hasta de su sombra… pero con un punto débil en contra: tiene mucho que perder, y continuamente les hace jurar a sus contratantes que se ocuparán de su familia si algo le llega a suceder. Ese podría ser, acaso, su único —y fatal— error. A través del periplo de Treviño en pos de alguna pista que le permita localizar a Cristina, nos adentraremos en una competición de horror más que verosímil —aunque los nombres de las bandas sean distintos— en que cuatro organizaciones criminales, tan sofisticadas como bestiales, tienen en sus manos los destinos de los habitantes de la zona, incluyendo el del hombre más rico… y al propio Treviño.

En la segunda parte —o segundo libro— perdemos un poco de vista a Treviño y asistimos al modus vivendi de un jefe de policía corrupto, es decir, Margarito González, que aunque tuvo una gran presencia en Los minutos negros, adquiere en No manden flores un insospechado protagonismo. Como jefe de policía del puerto, tan poco digno de fiar hasta para De León, que todo lo compra, es casi un hecho que no es del todo ajeno al secuestro de Cristina. Que algo sabe. Al tiempo que nos acercamos a la verdad, de la mano de Margarito, recorremos también el trayecto que siguió para transformarse en corrupto y corruptor, pero al mismo tiempo advertimos, oh sorpresa, que bajo la desbordada bola de grasa y ambición palpita un corazón. Algo que parece haber dejado de latir dentro de los cuerpos teledirigidos de terroristas y sicarios, aunque en el caso de Margarito permanecen restos que si bien no bastan para hacerlo desandar la brecha de la maldad y la ineptitud —pese a la oportunidad que se le presenta— sí son suficientes para dedicarle páginas memorables, más como protagonista que como antagónico. Después de todo, Margarito, alguna vez, amó y fue amado; y esa mujer sinceramente creyó que era un buen policía… y alguna vez Margarito experimentó el anhelo de mejorar las cosas en el puerto… hasta que la ambición primero, y el miedo después, le ganaron la partida a sus buenas intenciones. Para entonces, Margarito ya era padre, y ese mismo hijo, de nombre Ricardo, con una personalidad muy parecida al del Carlos Treviño de Los minutos negros habrá de medirse con su padre no sólo en sentido freudiano, sino en muchos otros.

Sería un poco disparatado tratar de discernir si No manden flores es superior a Los minutos negros, o viceversa. Ambas son absolutamente sui generis en el campo de la novela negra escrita en México, por distintos motivos si se quiere, pero igual trascienden y, sobre todo, rebasan lo que yo denomino Nota Roja Literaria, tan de boga entre los autores más jóvenes, donde el misterio, la tensión y el suspense que definen a la novela negra per se diluye en un recuento de atrocidades y cadáveres. No manden flores es mucho, pero mucho más que una colección de cadáveres y atrocidades: es el retrato de una sociedad, de una serie de hombres y mujeres que prefieren sobrevivir que zozobrar.