Nadie se puso el saco
Más allá de los misterios y las liturgias, de los dogmas y las creencias, no hay duda del carisma y talento del papa Francisco, quien ha realizado un periplo en nuestra república, donde ha podido tocar múltiples temas de interés público.
Se encontró con los poderes del Estado y la clase política, con la jerarquía eclesiástica y con el bajo clero, con los jóvenes, los niños, los enfermos, los ancianos, los indígenas, los trabajadores, los presos, los migrantes y también con los empresarios. Su oratoria fue impecable, fustigó y denunció, alentó y apoyó, despertó esperanza y condenó el sistema económico y político; trató temas difíciles para la Iglesia, como los divorciados y los excluidos. Sin embargo, no se salió de los cánones fundamentales que soportan los paradigmas eclesiásticos.
Destacó figuras de la Iglesia de gran significación, como Samuel Ruiz o Vasco de Quiroga, aunque —habrá que decir— olvidó a Morelos e Hidalgo y también la teología de la liberación encabezada por Sergio Mendez Arceo en México.
A pesar de los múltiples y difíciles aspectos que tocó, no dio un paso más allá, en su reformismo, como pudiera haber sido la excomunión de los narcotraficantes y mafiosos, como lo hizo anteriormente en Calabria. Si bien es cierto, con un sólo párrafo, les quitó el carácter de príncipes a sus cardenales y obispos, no condenó la pederastia y la corrupción que en nuestra nación representó la perversa presencia del padre Marcial Maciel, no olvidando que ya también había concedido el perdón a los Legionarios de Cristo.
Lo más admirable es que en su retórica demostró una extraordinaria habilidad política y logró que cada quien oyera lo que quisiera oír y nadie se pusiera el saco de las condenas del pontífice.
Su mensaje, en medio de la crisis de valores que tenemos, despertó esperanza y cumplió con su misión pastoral.
No obstante, debemos recordar lo que significa la Iglesia católica en el contexto mundial y nacional; pues sin duda ha sido el partido político más importante de los últimos dos mil años, teniendo en sus manos el poder político, tanto en el esclavismo como en el feudalismo, y desde luego, en el sistema capitalista.
En México, mantuvo una actitud antinacional en la invasión norteamericana con los Polkos y en la aventura imperial con Maximiliano, de la que fue parte. Todo su poderío fue puesto al servicio de los que hoy, Francisco, condena por sus lujos y por el despojo que causan con las leyes del mercado.
La característica de Estado laico en México tiene una fuerte connotación histórica y patriótica, defendida por Juárez y la generación de la Reforma, frente a los abusos de una Iglesia siempre aliada de las causas conservadoras y antimexicanas. Este camaleónico partido, que es la Iglesia, siempre tiene la capacidad dialéctica de transformarse y de cambiar.
El proyecto reformador de Juan XXIII, parece ser retomado por Francisco, que adelanta los tiempos al denunciar los abusos de la globalización y del capitalismo salvaje. En su penúltima intervención en Ciudad Juarez, finalmente saca a relucir la doctrina social de la Iglesia católica, señala las deficiencias salariales, la brutal esclavitud de los trabajadores, y desde su humildad, como amigo de los pobres, hace un llamado en contra del abuso del capital y afirma “que los flujos de capitales no pueden estar por encima del destino de los seres humanos”.
En el México de hoy, parece haber una reconciliación con la Iglesia y se olvidan las páginas negras de la Guerra Cristera, de la política militante de los sinarquistas y de la extrema derecha patrocinadas por el clero.
Al parecer las reformas salinistas han abierto un nuevo camino en donde no nos parece extraño ver practicar su religión al presidente, a los gobernadores, a los legisladores y a los secretarios de Estado; más aún, todos los partidos, de una u otra forma, desean montarse en el papamóvil para no perder sus posiciones electorales.
Qué bueno que esta visita se realizó, pero no podemos olvidar el pasado, recordemos a Cicerón cuando afirmó que la historia es la maestra del hombre.
