Como pasa con los grandes, está más vigente aún que cuando nos dejó, hace cien años, en 1916. El 5 de febrero entró en agonía y el 6 entregó el ánima, dice Francisco Huezo en Los últimos días de Rubén Darío (Managua, 1925). Es también este autor quien nos menciona que, al morir, fue puesto sobre su pecho el Cristo que le había regalado Amado Nervo.
¡Ah! La bibliografía que habla de él a cien años de su muerte es impresionante, cómo no había de serlo, de quien creyó que la Vida es misterio y que el mundo está en flor. El poeta que vio en la mujer la verdadera síntesis de eternidad. Que supo cantar lo que se tiene en una aceptación cabal de la realidad sin sombra de resignación barata, es decir, que supo frenar, no derrapar.
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!…
Cuando quiero llorar no lloro
Y a veces lloro sin querer
Y para cerrar estos versos que son en sí un testamento poético, se valió de un concepto por alguien puesto sobre esta humanidad cuyo velo rasgó y vio que “allí todo era aurora”. El alba de oro, sí señor, así resuelve la cuarteta anterior con su visión: “¡Mas es mía el Alba de Oro!”.
Dicen los iniciados que para pasar el mundo, el ser debe envolverse en una luz de oro, si alguien se supo ahí, fue Darío: “¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!/ Es como el ala de la mariposa/ nuestro brazo que deja el pensamiento escrito”. Nos enseñó “el triunfo del terrible misterio de las cosas”, que hay un alma en cada una de las gotas del mar, recomendó “estad atentos a los ruidos”, a los humanos, “a los que vivimos en el reino del ¡ay!, y en la perpetuidad del ¡oh”, lo esencial, lo sencillo: “Por eso ser sincero es ser potente, de desnuda que está, brilla la estrella”.
La lección que dio a los poetas de todos los tiempos es no se enreden en las tribulaciones del canon: la forma, con él, con quien sea, es meramente la comprobación de algo, de un modelo. Justo medio: “Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo,/ botón de pensamiento que busca ser la rosa:/ se anuncia con un beso que en mis labios se posa/ al abrazo imposible de la Venus de Milo”. ¿Cómo no habrían de admirarlo entonces las generaciones venideras? Confiesa Borges: “yo recuerdo haber conversado cuatro o cinco veces en mi vida con Leopoldo Lugones y él desviaba la conversación para hablar de ‘mi amigo y maestro Rubén Darío’, le gustaba reconocerse discípulo de Darío”, admite Borges en entrevista concedida a Harold Alvarado Tenorio (véase Lecturas dominicales, El tiempo, 18 de octubre de 1981), lo evoca así el poeta argentino nacionalizado norteamericano Luis Alberto Ambroggio, (Fondo Documental de Prometeo, 2007) cita colmada en voz del propio autor argentino: “aunque lo que yo escriba no se parezca a Darío, Darío era dueño de una música que yo no puedo alcanzar, que no trato de alcanzar, tampoco… yo no escribiría lo que he escrito sin Darío, porque cuando por un idioma pasa alguien como Rubén Darío, ya todo cambia”. Al reconocer así su influencia en las generaciones posteriores, se alude también a nombres como Valencia, Lugones, Freyre. Nervo y tantos más…
Cuando Rubén Darío dijo “Soy un hijo de América, soy un nieto de España”, fortaleció nuestra identidad desligándola de la anglosajona, y proclamando algo que, orgullosos, todavía podríamos espetar ante la cara de Donald Trump: ¡Vive la América Española!, y es la América nuestra, la América fragante de Cristóbal Colón.
Cómo olvidar lo ocurrido cuando Darío quiso venir a México, traído por la “magia” de una misión diplomática: ¿se agitó el odio en este país? Fue un hecho notorio que organizadores de sociedades, directores de manifestaciones públicas y demás intelectuales habían empezado a distribuir esquelas y distintivos. Y Darío (oh México que hueles a tragedia tierra mía) quedó mirando costas de Veracruz… Alcanzando el secreto de las profundidades del mar y de este país que el inmortal dejaba atrás.
