Muchos tienen la sensación de que siempre son los mismos autores quienes se llevan los grandes premios literarios. Cierta razón no les falta, especialmente en lo tocante a los autores españoles. Es raro —y, ¿por qué no decirlo?: ¡bonito!— que salgan a relucir nuevos nombres en los concursos, como ha pasado con Xavier Velasco o Jorge Alberto Gudiño, entre otros… pero el caso de la autora ganadora del I Premio Mauricio Achar, Literatura Random House 2015 es algo muy pocas veces —o nunca— visto. Aura Xilonen no sólo era una autora inédita, sin ningún vínculo con el medio literario, ni siquiera participante de talleres literarios o egresada de Letras o de alguna escuela de escritores. Actualmente estudia cinematografía en la Benemérita Universidad de Puebla; escribe y dirige sus guiones y ha montado su propia producción audiovisual… pero allí no termina el asunto.
Aura Xilonen es una jovencita que recién ha dejado atrás la adolescencia: al momento de obtener el premio que le otorgó un jurado compuesto por Cristina Rivera Garza, Julián Herbert y Emiliano Monge —¡juradazo!, diría alguien— Aura contaba sólo diecinueve años. La primera pregunta que viene a la mente, tras leer la obra ganadora, Campeón gabacho, que es una novela compleja en cuanto al empleo del lenguaje y a su trama de inesperados giros y derroteros, es… ¿a qué edad empezó Aura un proceso de escritura que debió exigirle una gran disciplina y, sobre todo, tiempo?: “Cuando comencé la escritura de mi Gabacho, a los 16 años (porque el cine necesita mucha inversión y la imaginación en la literatura es gratis), ya tenía ocho o diez años escribiendo todos los días (al principio, entre los 7 y los 9 años, me obligaban a escribir mil palabras diarias para contar todo lo que me sucedía). Así que se me formó un hábito como el de las gimnastas o las tenistas: a los 17 años, cuando son campeonas, llevan más de 15 años entrenando. La escritura (o el arte, en todo caso) es la suma de todos los entrenamientos y cada repetición debe ser mejor que la anterior”.
Aura, que como hemos visto, ha crecido desarrollándose como una campeona —por lo que la palabra, lejos de serle ajena, forma parte de su personalidad y de su vida— ha vivido gran parte de su vida fuera del país que la vio nacer en 1995. Esta formación tan peculiar de la que nos habla tuvo lugar en Alemania: “La Alemania que me tocó vivir fue muchas Alemanias. Tuve amigos árabes, africanos, asiáticos y algunos europeos. Nos comunicábamos y jugábamos con caras y gestos. Esto me lleva a suponer que la denominada mexicanidad no puede ser una unidad, porque el mundo (casa, calle, colonia, municipio, estado, nación) es distinto en todas partes, así que México es muchos Méxicos”.
Y esta aclaración nos lleva al quid del asunto: el lenguaje. Ese español que comercialmente pretendieron hacer pasar por spaninglish —desatinado y reductor recurso publicitario, considero— pero es mil veces más interesante que eso: “El español se ha globalizado tanto que todos escribimos de la misma manera, como si hubiéramos sido cortados con la misma pluma, y todo debido al exceso en redes sociales. Al escribir mi Gabacho consideré de primera importancia la transformación del lenguaje con una historia de esperanza, que es lo que tanto le falta a México y sus múltiples unidades mexicanas, entre ellas, mi querida y amada pueblanidad. Porque nacer en el Distrito Federal fue un error geográfico de sólo dos días”.
Respecto al empleo del lenguaje —que ya desde la entrevista advertimos la habilidad de Aura para generar neologismos y otros juegos de palabras que resultan tremendamente divertidos en el caló de Campeón gabacho— continúa: “Cuando era pequeña mi tío me dijo: ‘El lenguaje está ahí para usarse y no desecharse’. Así que me puso una tarea que consideraba de primera importancia para mi educación (aunque yo la vi como una misión imposible por el tamaño de la empresa): ‘Nosotros somos lenguaje, y nuestras ideas son tan cortas o tan largas dependiendo de cómo aprendamos a contarlas’, así que me puso a leer todo el diccionario. Cada semana una letra del alfabeto porque según él, ni siquiera los escritores profesionales lo han leído, por eso su vocabulario es tan raquítico, tan corto de miras. Y así como a mi Liborio, también a mí también me dolieron los ojos cuando empecé a leer cada letra, no sabía bien para qué, pero con el tiempo aprendí que algo de lo que uno lee se va quedando ahí, apelmazado en medio de la materia gris y, maravillosamente, tarde o temprano se llega a utilizar (no todo, porque algunas cosas se olvidan por la misma naturaleza olvidadiza de la memoria). Por eso creo que cuando el vocabulario se maximiza, se minimiza el miedo a utilizar las palabras para contar historias”.
Pero aparte de la lectura del diccionario, de haber convivido con migrantes que hablan españoles distintos, le digo a Aura, al haber vivido en Alemania debes conocer mínimo tres idiomas distintos, lo que también repercute en el diseño de este lenguaje: “Tienes razón, no es spanglish. Leí que le han llamado Ingleñol, Neoespañol, Respanglish, Español Nonato. La versión más acertada para mí es que mi Liborio, como es un libro abierto, empieza por reinventar su propio lenguaje. No tanto el inglés, sino el castellano, que es su lengua materna. Para nombrar las cosas que va descubriendo empieza por girar su propia brújula hacia el horizonte más cercano para él. Y pongo un ejemplo: Cuando alguien lee un párrafo y hay una palabra que no comprende, el lector lee entre líneas y trata de darle un significado a esa palabra, no importa si está correcta o no. Así es como mi Liborio ve la vida y entreteje su propio discurso. A falta de palabras expande el horizonte del diccionario y reinventa las cosas que puede decir. Lo noté cuando era estudiante de secundaria. Mi generación no tenía miedo de suprimir letras, escribir con mayúsculas o minúsculas, escribir sin empacho cosas como ‘Ola ke ase’. Ya en la preparatoria comenzamos a hacernos bullying a todos aquellos que no escribiéramos correctamente. Éramos nuestros propios censores. Nos avergonzábamos de ser silvestres, salvajes. Entonces, ahí me di cuenta que todos empezamos a escribir de la misma manera correcta, neutra, inteligible: españoles, argentinos, ecuatorianos, mexicanos de todas latitudes (norteños o sureños, todos parecíamos iguales). Éramos de distintas partes pero nuestro lenguaje era tan neutro, tan sin chiste ni vida. De pronto nos volvimos indigentes de las palabras a pesar de que en esta época se ha escrito más que en cualquier otra época de la humanidad. Me propuse generar un código distinto para lograr ser de mi rancho, tener mi propia identidad y no avergonzarme jamás de mi raza, como la mayoría de los escritores que copian modelos extranjeros y tratan de mentirse a sí mismos al asumirlos como propios”.
Ha llegado la hora de hablar de aquel que tan afectuosamente Aura se refiere como “mi Liborio”, es decir, el protagonista de Campeón gabacho, un jovencito que literalmente se deja arrastrar por la corriente del Río Bravo; un indocumentado con suerte que, casi sin saber leer ni escribir, termina siendo dependiente de una librería donde aprende a amar los libros pero también a montar verdaderas hogueras verbales con aquellos que le parecen malos… hasta cuando lo golpean —que es mucho— corre con suerte, y se embarca en una serie de aventuras al que en pos del amor de otro personaje maravilloso, Airin (o “la chivata”)… y todo ello inevitablemente me traen a mente las novelas picarescas del siglo XVI, y muy particularmente El Lazarillo de Tormes… y no debo andar tan errada porque Liborio termina convertido en lector de El Quijote.
Y sin embargo, el Liborio de Aura está inspirado en alguien muy próximo a su corazón: “En mi abuelo. Un hombre sumamente brillante al que quise mucho. Además, en cosas que me contaba y también en cosas que he vivido. Cuando estuve en Alemania también fui una migrante ilegal durante algunos años debido a que mi hermano perdió los boletos de avión de regreso. Dos años viviendo en una covacha es tiempo suficiente para generar ese miedo a lo desconocido, a que alguien venga a tu puerta y no tengas donde esconderte. Teníamos que guardar silencio y no hablar con nadie porque podían descubrirnos. Afortunadamente esa historia ya pasó, pero el recuerdo queda y una, cuando explora esas partes dentro de su vida, puede intentar sacarlas a la luz en pláticas o, mucho mejor, en la escritura, porque ahí nadie te interrumpe cuando cuentas algo”.
Aura señala que pese a su gran talento con el lenguaje, prefiere aplicar su imaginación al cine, una pasión que supera a cualquier otra: “Comencé a escribir historias porque el cine es muy caro. Al escribir puedes utilizar todos los recursos que desees, sólo la propia imaginación es el límite. Ahora espero que pueda filmar mis propias obras porque de momento, la literatura sólo es el medio para alcanzar el fin”.
Naturalmente, tiene planes de traducir Campeón gabacho al lenguaje cinematográfico, “¡y me encantaría que fuera mi ópera prima como directora!”.
@tintavioleta
