CIENCIA

 

La vida fuera de la Tierra

 

 

René Anaya

Mijail Kornienko y Scott Kelly no son los seres humanos que más días consecutivos han permanecido en el espacio, pero sí son los primeros en quienes se estudiarán con más detenimiento los cambios que ocurren en el organismo cuando se vive fuera del planeta por varios meses.

El 27 de marzo de 2015, Kornienko y Kelly iniciaron su viaje hacia la Estación Espacial Internacional (EEI), donde permanecieron hasta el 2 de marzo pasado, cuando aterrizaron en las estepas de Kazajistán, después de completar 340 días en el espacio.

 

La insoportable levedad

Antes de estos dos cosmoastronautas (durante la carrera espacial los soviéticos eran cosmonautas y los estadounidenses, astronautas), otros viajeros han realizado hazañas que han marcado hitos en la conquista del espacio.

Dos rusos tienen las marcas de permanencia en el espacio. Valeri Poliakov es quien más días seguidos ha estado en órbita terrestre, el 23 marzo de 1995 regresó a la Tierra después de permanecer 438 días en el espacio. Por su parte, Gennady Padalka, el 13 de septiembre de 2015 se convirtió en el ser humano que más tiempo ha pasado en el espacio, pues acumuló 879 días en cinco misiones.

Sin embargo, lo novedoso e interesante del regreso a la Tierra de Kornienko y Kelly es que por primera vez se compararán los cambios que sufre un astronauta, en relación con su hermano gemelo, genéticamente idéntico, como es el caso de Scott y su hermano Mark, quien ha permanecido en la Tierra sujeto a exámenes médicos.

Desde hace algunos años se conocen muchos de los efectos de vivir en un ambiente sin gravedad, pero no se había podido llevar un control riguroso de estos cambios y menos aún con alguien idéntico. El estudio, llamado Diferenciación de efectos asociados a distintas exposiciones a factores espaciales en astronautas gemelos homocigóticos, seguramente contribuirá a conocer mejor las modificaciones que sufre el organismo en el espacio y a experimentar técnicas y terapias que permitan al ser humano adaptarse mejor a vuelos espaciales prolongados.

Por experiencias pasadas, se sabe que al inicio de los vuelos espaciales se presentan grandes adaptaciones. Como en el espacio no hay gravedad, los líquidos del cuerpo, que en la Tierra se acumulan en la parte inferior, se redistribuyen en el organismo, por lo que aumenta su presencia en la parte superior, lo que da un aspecto de cara de luna y cambios fisiológicos. La presión arterial y venosa se vuelve uniforme, el corazón trabaja más ya que debe impulsar mayor volumen de líquido al organismo; en pulmones y tórax aumentan los líquidos, que el organismo trata de eliminar por medio de abundante orina.

 

Un viaje sinsentido

Los sentidos también sufren cambios importantes: la nariz y cuerdas vocales se congestionan, lo que vuelve nasal y apagada la voz y se pierde el olfato, como en un resfriado. No se perciben bien los sabores. Mejora la visión, al parecer por el aumento de la presión intraocular. El sentido del equilibrio y orientación se pierde por un tiempo; los receptores del tacto no perciben igual que en la Tierra, por lo que no se pueden tomar objetos pequeños. Hay pérdida de sueño, se presenta debilidad, confusión mental y pérdida de la noción del tiempo.

Después de algunos días la mayoría de estas molestias cede y aparece un estado de euforia y placidez. Lo que se encuentra en todo el viaje es una disminución de glóbulos rojos, leucocitos y linfocitos, estos dos son responsables de las defensas inmunitarias, por lo que hay el riesgo latente de infecciones.

Otras alteraciones son la pérdida de fuerza muscular y de tejido óseo, ya que en ausencia de gravedad los músculos no ejercen ninguna fuerza, y los huesos resienten una pérdida importante de calcio, principalmente en la pelvis. Estos cambios se contrarrestan en parte con un programa de ejercicios diarios en bicicletas fijas y caminadoras de banda. Además, como no hay gravedad, los espacios intervertebrales crecen, por lo que al regresar a Tierra, los astrocosmonautas aumentan de dos a cinco centímetros de estatura, que a los pocos días pierden.

En las primeras 48 horas de haber regresado al planeta, Kelly se quejó de dolores óseos y musculares, como otros astronautas, pero sobre todo de “una sensación casi de ardor en la piel”, tal vez porque prácticamente no tuvo contacto con nada por mucho tiempo, pues en el espacio la ropa flota alrededor del cuerpo.

Además de esas percepciones y otros rasgos psicológicos, los científicos analizarán sus cambios fisiológicos y genéticos para prevenir o atenuar las alteraciones en los viajes espaciales prolongados, ya que esta misión representó “un paso más en el camino hacia Marte”, como reconoció Charles Borden, director de la NASA.

reneanaya2000@gmail.com

f/René Anaya Periodista Científico