El efecto Brasil
Han aflorado a la luz pública una serie de eventualidades provocadas por acusaciones de corrupción y crisis económica en Brasil, basta decir que uno de los personajes más emblemáticos de ese país, Luis Inázio Lula da Silva, de gran reconocimiento internacional, ahora se ve envuelto en ellas al enfrentar cargos en los tribunales.
La turbulencia se da en momentos donde la presidenta Dilma Rousseff tiene un bajo nivel de aprobación, quizá su fortaleza se cimentaba al contar con el apoyo de Lula, no obstante, le brindó protección al nombrarlo jefe de Gabinete, posición que le permite contar con inmunidad procesal, sin embargo un juez emitió como medida cautelar una orden de suspensión del nombramiento al considerar un posible crimen de responsabilidad.
El revuelo en la nación carioca está a la orden del día, las manifestaciones y los reclamos, las descalificaciones y acusaciones están a la orden del día, adicionalmente de otros problemas que se padecen en ese país, el clima que se percibe es de inestabilidad política.
Reza un dicho popular: “Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”.
No nos sorprende que se hable de corrupción en México tanto o más que en Brasil, pues son acciones que existen, incluso el presidente Peña en un discurso a los empresarios dijo: “La corrupción no es un elemento privativo del ámbito público, también lo es del privado, y a veces van de la mano”.
El hecho de que se reconozca ese flagelo, dio pauta para una reforma constitucional, que a la vez obliga a formar una comisión anticorrupción y las correspondientes leyes secundarias, que por cierto van muy atrasadas, en tanto que la corrupción en el gobierno en todos sus niveles sigue como una práctica común, es parte integrante de las labores cotidianas, se encuentra bien organizada y por lo tanto no les corre prisa para combatirla, ese aspecto que sólo sea discurso.
Y mientras tanto, el deterioro de la clase gobernante va en aumento, la crisis económica deja sentir sus efectos, el ánimo ciudadano acumula coraje y desesperación.
Por lo visto algunos factores entre Brasil y México tienen aspectos en común, nada de qué presumir, pues si seguimos anclados e inmersos en las nocivas prácticas que nos hacen distinguibles, no es difícil pronosticar un proceso de inestabilidad.
Hoy más que nunca se requiere de un aparato auténticamente democrático, transparente, de reglas claras, de funcionarios probos, sensibles, honestos y capaces, es menester adelantarse a los acontecimientos, aprendiendo de las experiencias vecinales y de la historia, construyendo los necesarios equilibrios y realizando con parámetros del humanismo las acciones encaminadas a la satisfacción de las necesidades sociales.
