Ni duda cabe que el presidente de Estados Unidos de América (EUA), Barack Hussein Obama, que vive sus últimos nueve meses de gobierno, no tiene el menor deseo de pasar a la historia como un “lame duck” (“pato cojo”, expresión inglesa de origen británico desde el siglo XVIII que se utiliza para definir a un político debilitado que está casi al término de su cargo) no solamente debilitado sino desprestigiado y que está decidido a tratar de cumplir varias de sus principales promesas desde su primera campaña para ganar la presidencia de la Unión Americana.

Una de estas es la reconciliación con Cuba, lo que incluye la desaparición de la cárcel militar en la base militar de Guantánamo, aún en contra de la mayoría republicana en el Congreso. El próximo lunes 21 de marzo iniciará una gira de dos días en Cuba, país que no ha visitado ningún titular del ejecutivo estadounidense desde 1928 –hace 88 años–, cuando pisó suelo cubano el republicano Calvin Coolidge, una década después de terminada la I Guerra Mundial, y diez años antes de que se iniciara la II Guerra Mundial.  Faltaban apenas seis años para que comenzara la Guerra Civil Española, algo así como el prolegómeno de la contienda mundial en la que tuvo lugar el Holocausto (Shoah en hebreo), la más horripilante matanza de seres humanos indefensos, a manos de los nazis, que recuerde la humanidad.

El primer mandatario afroamericano en los dominios del Tío Sam, Barack Obama, hará historia con este viaje a La Habana, gira que se alargará por dos días más a la Argentina, la patria de Francisco, el primer Papa  iberoamericano en los anales de la Iglesia Católica apostólica romana, Jorge Bergoglio Sivori, el líder religioso que le dio la mano a Obama y a Raúl Castro Ruz, más allá de lo que se sabe públicamente, para que pudieran reanudar sus relaciones diplomáticas suspendidas desde hace cinco décadas. Aunque casi todos los mandatarios estadounidenses –desde John Fitzgerald Kennedy a Barack Obama– trataron, de una forma u otra, normalizar las relaciones diplomáticas con el régimen habanero, solo Obama pudo llegar tan lejos con los Castro, sobre todo con Raúl, el presidente cubano en funciones. Obama, ciertamente, no es un “lame duck” a la usanza.

Pese a la reacción en contra del viaje a Cuba del residente de la Casa Blanca por parte de la oposición cubana y de muchos estadounidenses republicanos, y uno que otro demócrata, el esposo de Michelle dará un gran paso en la normalización de relaciones entre el último imperio y la Perla de las Antillas. Asimismo, el gesto de Obama forma parte de todo un larguísimo proceso diplomático reservado que empezó desde 1961, hace once lustros, nada menos.

Al anunciar su gira, a través de Twitter, Obama dijo: “Viajaré para promover nuestros esfuerzos y avances y mejorar la vida de los cubanos”, con ello dio otro impulso a la normalización de las relaciones bilaterales que él mismo dio a conocer en diciembre de 2014. Críticos del entendimiento entre La Habana y Washington aseguran que mientras Obama ha concedido demasiado Raúl Castro no ha hecho lo propio. El mandatario de la Unión en los últimos meses no dejó de insistir que en su acercamiento a Cuba no excluye a nadie y entre sus prioridades está la libertad de expresión. El guión de la visita a La Habana incluye una reunión con los disidentes –habrá que ver cuáles de ellos podrán hablar con el gringo mulato y cuánto tiempo–, pero no con el mítico comandante Fidel, que en diciembre de 2014 al conocer el anuncio de la reanudación de relaciones dijo que “no confiaba en los Estados Unidos de América”. Para muchos visitantes a la isla la foto con Fidel –cada vez más ridículo ataviado con atuendo “deportivo”–, es muy importante, sobre todo si proceden del menguado círculo bolivariano, pero para otros, como el “Che” Papa Francisco y posiblemente para Barack Obama, el comandante ya no es el eje de Cuba, aunque nadie discute su importancia histórica.

Pese a numerosas medidas que se han ido implantando desde hace 15 meses, Raúl continúa insistiendo en el levantamiento del embargo económico y Barack en el respeto a los derechos humanos, la libertad de prensa, elecciones libres, libertad de circulación, etcétera, etcétera. En este tiempo, Cuba (es decir el castrismo) no ha dado muchas muestras de cambio y apertura real.  La comunidad internacional vería con beneplácito que el hermano de Fidel abriera su gobierno a la democracia pero los analistas no ven fácil que esto ocurra aún después del viaje de Obama.

El principal escollo del diferendo cubano-estadounidense continúa siendo el embargo económico pese a los propósitos de Barack Obama de acabar con esta medida que, después de más de medio siglo no ha dado los resultados esperados: acabar con el régimen pero sí de empobrecer a los cubanos. En plena época de “caucus” y primarias para elegir a los respectivos candidatos presidenciales de republicanos y demócratas, el Congreso (dominado por los primeros) no parece inclinado en terminar con el embargo. Obama lo sabe y, por lo mismo, su viaje tiene el propósito de aclarar, por si hiciera falta, cuál es su verdadero propósito.

El legado del primer presidente mestizo estadounidense a sus conciudadanos, de acuerdo con el propio Obama, no debería ser utilizado por los ortodoxos republicanos en contra del próximo inquilino de la Casa Blanca, sea hombre o mujer. Pese a todo, Barack Hussein continúa dispuesto a que su paso en la historia no se borre, especialmente como artífice del cambio radical de la política de EUA hacia Cuba. Después de todo, nadie negará que cerró el último capítulo de la Guerra Fría al abrir las puertas de la embajada estadounidense en La Habana el año pasado, y acceder a que Cuba hiciera lo propio en Washington.

Aunque no falta quien asegura que el diferendo cubano-estadounidense se ha sobredimensionado, el hecho es que ya forma parte de la historia diplomática de Occidente y Oriente desde la segunda mitad del siglo XX y de la primera del XXI.

A fines de 2014, se publicó en EUA el “mejor libro del año” según la revista Foreign Affairs, titulado Back Channel To Cuba. The Hidden History of Negotiations Between Washington and Havana, escrito por dos especialistas, William M. LeoGrande, catedrático en la School of Public Affairs de la American University en Washington, y Petersburgo Kornbluh, jefe de análisis del Archivo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, una ONG domiciliada en la capital de la Unión Americana.

Este libro, poco conocido fuera de los círculos de especialistas y diplomáticos, saca a la luz fechas, lugares y personajes involucrados en las negociaciones tras bambalinas entre los gobiernos de Cuba y EUA, de los que solo unos cuantos funcionarios de alto nivel tenía conocimiento. La desclasificación de archivos permite conocer ahora esa intrincada historia, acompañada de reproducción de varios documentos secretos. Los autores dedicaron más de una década de trabajo para escribir el libro, con el propósito de que “el pasado tiene lecciones para los futuros negociadores” En noviembre de 2015, el Fondo de Cultura Económica publicó la traducción al castellano con el título Diplomacia Encubierta con Cuba. Historia de las negociaciones secretas entre Washington y La Habana. 628 páginas. Por cierto, aparte que los autores analizan con cuidado la importante intervención del Papa Francisco en estas negociaciones, el primer epígrafe que se cita en el volumen son las palabras del pontífice al hablar sobre la restauración de las relaciones entre los EUA y Cuba: “Dios siempre quiere construir puentes; somos nosotros quienes construimos muros. Y los muros se derrumban siempre”. Con lo que se aclara que el jefe de la Iglesia Católica, apostólica romana no improvisó su declaración al regresar de México a Roma a mediados de febrero pasado al referirse al “no cristiano” Donald Trump, el xenófobo aspirante a la candidatura presidencial republicana de EUA. Los libros siempre ilustran.

Para complementar su gira por Cuba, Obama anunció también que después de visitar La Habana, seguirá hacia Buenos Aires, como un fuerte respaldo al nuevo presidente del país de las pampas, Mauricio Macri, el sucesor de la conflictiva presidenta Cristina Fernández viuda de Kirchner, cuya derrota representó el final simbólico de los años dorados de la izquierda bolivariana latinoamericana. El triunfo de Macri en el país más austral del continente americano supone el regreso de Argentina a la ortodoxia económica, con obvio beneplácito tanto de EUA como de Europa. Hace pocos días el presidente socialista de Francia, François Hollande visitó a Macri con el que negoció asuntos pendientes entre la capital bonaerense y París.

El último mandatario estadounidense en visitar el país austral fue George W. Bush, hace 11 años (2005) en una tormentosa Cumbre de las Américas en la hermosa Mar del Plata que significó la desaparición del proyecto de libre comercio ALCA y el inicio de la alianza entre el venezolano Hugo Chávez –creador y auspiciador del proyecto bolivariano en Sudamérica, Centroamérica y el Caribe–, el brasileño Luiz Inacio Lula da Silva (ahora en problemas judiciales y políticos junto a su protegida Dilma Rousseff) y el también difunto Néstor Kirchner, con el apoyo de un Evo Morales que acaba de perder el referéndum que le permitiría reelegirse indefinidamente, pero que en aquel momento aún estaba en la oposición.

A once años de distancia, Obama estará los días 23 y 24 de marzo en Buenos Aires, para consagrar la buena acogida internacional del presidente Macri, que no ha desaprovechado el tiempo desde que asumió el poder. Primero fue a Davos, Suiza, y luego recibió al italiano Matteo Renzi y después al francés Hollande.

Definitivo, Obama no quiere pasar a la historia como un “lame duck”. VALE.