Añejo conflicto mexicano

A raíz del tsunami pontificio se ha puesto de moda discutir sobre el Estado laico en México. Para algunos, la visita del Papa a Palacio Nacional marcó el final de ese Estado laico; otros, más optimistas aseguran que la tal visita no fue tan definitiva. Sea como sea, creo que es conveniente revisar un poco este asunto de la laicidad.

Un poco de historia no hace daño; durante siglos los distintos reinos vivían bajo dos poderes unidos aunque no siempre armoniosamente: el trono y el altar. El rey, la nobleza y el pueblo pertenecían a la misma fe y cualquier desviación era castigada violentamente. La religión del rey era la del pueblo, pero al llegar la reforma protestante surgieron de repente reyes y señores reformados que gobernaban a fieles de las nuevas Iglesias. El caso más espectacular es quizá el de Enrique VIII, cuya Inglaterra deja de ser católica romana para convertirse en anglicana.

Una serie de guerras sangrientas terminan con la hegemonía católica en Europa y la coexistencia pacífica de papistas y protestantes. Uso la palabra papista peyorativa en lengua protestante mientras los católicos hablarían a su vez de los herejes, pero al final tuvieron que aceptar la existencia de unos y de otros.

Un movimiento liberal apareció en las llamadas Luces del siglo XVIII con el rechazo de la fe y el creciente predominio de la razón filosófica. Voltaire y compañía y dos sucesos fundamentales, uno de ellos la Independencia de Estados Unidos, una república basada en la tolerancia de todas las religiones, y la Revolución Francesa, que acaba con el trono y sujeta el altar, y por un curioso momento quita a Dios para adorar en su lugar a la Diosa Razón.

Estas ideas norteamericanas y francesas ven nacer el México independiente que, aunque en un principio con Morelos o con Iturbide proclaman un Estado católico romano, y me temo que nada tolerante. Pero las ideas liberales anidadas en las logias masónicas y en cierto espíritu del tiempo van precediendo un nuevo ideal: el Estado liberal que tiene su más alto representante en Benito Juárez y un ideario que se plasma en las Leyes de Reforma.

Como en la Europa de la guerra de los 30 años, la violencia estalla entre liberales y conservadores mexicanos: la guerra de los tres años, la Intervención Francesa, la feroz represión conservadora y finalmente la República Restaurada y la implantación del Estado laico. Cuando el gran pragmático Porfirio Díaz instala su monarquía indiana y afrancesada, el Estado laico y la Iglesia se llevan con toda cordialidad. Díaz permite el crecimiento de la Iglesia, sobre todo peligroso, en el campo de la educación de las elites, pero luego la Revolución, la Bola reabrirán el conflicto Iglesia-Estado que culmina en una guerrita regional, nunca nacional, que es la Cristiada, en donde ni la Iglesia puede levantar a todo el pueblo de México ni el gobierno tiene la fuerza para acabar con su enemiga, por lo que, a la mexicana, se arreglan en lo oscurito, y en lo oscurito y en lo abiertito se siguen entendiendo.