El poeta escribe desde que lidia con una hoja de papel en blanco; del resultado un día se enorgullece de ello, se siente maestro y guardián de los valores e ideales pero al día siguiente se abochorna y acierta que la literatura se parece mucho a un modo de afectación. Todo esto lo podemos leer en los estudios de investigación de Martha L. Canfield, poeta uruguaya-florentina catedrática, ensayista, promotora de las artes y fundadora del Centro Studi Jorge Eielson. Arduo trabajo de investigación, hoy, es un libro de referencia primordial para investigadores y por supuesto a nuevos lectores que deseen recitar la poesía de Ramón López Velarde. Nos demuestra que treinta y cinco años de su primera publicación en Italia sigue seduciéndonos, es decir, tiene una vigencia pura para un público ávido.

La provincia inmutable contrasta muy destacadamente con las imágenes líricas y sensuales con el deseo anticonvencional de López Velarde capaz de describir el sexo no sólo como la unión de hombre y mujer sino la unión del hombre con todo el mundo físico de sonidos y olores terrenales, de colores y matices en aquellas páginas de un fragmento del poema “Ser una casta pequeñez”: “Fueráme dado remontar el río/ de los niños, y en una reconquista/ feliz de mi ignorancia, ser de nuevo/ la frente limpia y bárbara del niño…/ Volver a ser arrebol y el húmedo/ pétalo, y la llorosa y pulcra infancia/ que deja el baño por secarse al sol…”.

El psicoanálisis ha dependido tanto de la tradición intelectual y literaria de la que surgió y de la cual es una parte esencial en la actualidad, esta tradición de cultura y libertad intelectual ha perdido un poco la autoridad que tuvo en un tiempo no tan lejano, puede verse una creciente divergencia entre los escritores interesados en la tradición misma y por lo tanto en los atisbos clásicos de Sigmund Freud. Las necesarias reacciones de represión, culpa y vergüenza para la escritura de Ramón López Velarde, no tienen que evadirlas en su poesía, sino es lo necesario que abrace estrechamente con su época, es su única oportunidad, su época está hecha para él y él está hecho para ella. Asimismo la investigadora Canfield en este libro no quiere perder nada de ese tiempo, por el contrario, su trabajo literario va más allá. El poeta jerezano tiene una situación focalizada de su época, cada poema suyo trasciende en “La derrota palabra”: “La vida ha dejado de vivirse y va a recitarse […]/ Yo anhelo expulsar de mí cualquier palabra,/ Cualquier sílaba que no nazca de la combustión de mis huesos”.

Palabra a un contexto vigente, un psicoanalista debe asimilar el carácter de la palabra, la pulsión muerte; ocaso de la palabra no del sujeto. Nos referimos no tanto a un fallecimiento biológico, sino subjetivo, es decir, poético-belleza de la palabra que sea también en su derrota. Visión aguda del bardo es como un arpón que anota en el blanco de una realidad muy vigente aún en estos días. Días en que la palabra suele sobreponerse y el creador que se convierte, no sólo en un verdugo.

Por otro lado en este libro que se imprime por segunda vez en seis lustros, y por vez primera en México, continúa siendo un hallazgo etéreo cuando tratamos de percibir en nuestra lectura una multitud de hipótesis de las cuales, la poética lopezvelardiana llega a los límites del descubrimiento y asombro literario como tal es el tema de desesperanza, lo rítmico, que no franquea, al contrario, apreciamos el efecto con un rasgo de una máxima sonoridad bien colocados con predeterminado isorrima aconsonantada (similar al verso pareado), característico del poeta jerezano. “No me condenes”: “Yo tuve en tierra adentro, una novia muy pobre:/ ojos inusitados de sulfato y cobre”.

La palabra no designa, constituye un vínculo único, modificado por la percepción emotiva. La palabra no designa simplemente al objeto sino que previamente se llega a un cisma interna. El poeta entreteje esta relación lúdica, sonora, resonancia equilibrada. Y por ende su preferencia por el oxímoron, “Dejad que la alabe”: “Alerta al violín/ del querubín/ y susceptible al/ manzano terrenal,/ será a la vez risueña/ y gemebunda,/ como el agua profunda./ […]/ Riéndose, solemne;/ y quebrándose, indemne./ Que me sea total/ y parcial,/ periférica y central;/ […]”.

Otro rasgo contundente es la profunda sensibilidad poética cuando detalla la ciudad que confronta el bullicio acompañada de la nueva vida urbana y que se va perdiendo la quietud de aquella vida provinciana. Su alma está consumida, es decir, su otro Yo está más lejano de sí mismo y como causa-efecto se vuelve más irónico, como podemos leer en “Todo”: “Sonámbula y picante,/ mi voz es la gemela/ de la canela”.

La palabra más idónea es aquella que se mata a sí misma, la que no podrá sobreponerse ni a los acontecimientos. ¿Cuánto tiempo ha de perdurar su voz que anuncia muerte de palabras? La obra poética de Ramón López Velarde se queda en el cenit de su voz creativa.

Para terminar, este libro que nos ocupa, fue también relevante por otro de nuestras grandes plumas mexicanas, me refiero a José Emilio Pacheco que escribió con entusiasmo su análisis en su columna de la revista Proceso en junio de 1983, su texto se llamó “La patria espeluznante”.