En 2002, hace 14 años, el luchador obrero y sindicalista brasileño que por pobreza no asistió casi a la escuela, y muchas veces conoció el hambre, Luiz Inacio Lula da Silva utilizaba este lema de campaña “Lulinha, paz y amor”, para convencer a los votantes que lo eligieran como presidente de la República Federativa do Brasil, el Estado más extenso de toda Sudamérica, y el más poblado, después de tres intentos por lograrlo. Entonces nació el mito. Durante ocho años gobernó el exuberante país logrando uno de los mayores crecimientos de su historia, lo que permitió que más de treinta millones de brasileños superaran la pobreza. En sus mejores momentos llegó a contar con el 82 por ciento de popularidad. Pero, en cuestiones amorosas y políticas nada es para siempre. El aura de leyenda y de impunidad que rodeaba al expresidente que convirtió su mote en nombre, el viernes 4 de marzo saltó por los aires cuando fue conducido por la fuerza a declarar por acusaciones de soborno y lavado de dinero a la comisaría de la Policía Federal del aeropuerto de Congonhas, en Sao Paulo. El juez de Curitiba, Sergio Moro, fue el magistrado que dio la orden, en su calidad de jefe investigador de lo que se ha llamado Operación “Lava Jato” (“Operación lavado de autos”, que la Policía Federal considera la mayor investigación de corrupción en la historia de Brasil, y que se inició desde julio de 2013).

El duro comunicado dice: “El ex presidente Lula, además de líder del partido, era el responsable final de decidir quiénes serían los directores de Petrobras y fue uno de los principales beneficiarios de los delitos”…(y señala) “evidencias de que los crímenes le enriquecieron y financiaron campañas electorales de su agrupación política (el Partido de los Trabajadores: PT)”.

Cuarenta y ocho horas antes de que la Policía Federal pusiera las manos sobre el ex mandatario, la revista Istoé filtró las presuntas declaraciones del senador Delcídio Amaral, también del PT, a la policía implicaban directamente no sólo al ex presidente, sino también a la actual presidenta, Dilma Rousseff, quien por razón de su mandato solo podría ser juzgada por el Supremo Tribunal Federal, el mismo que el pasado jueves 3 de marzo votó a favor de la acusación contra el presidente de la Cámara de Diputados, el astuto político considerado el principal rival de la presidenta Rousseff, Eduardo Cunha, uno de los 58 cargos políticos citados hace exactamente un año en la lista escrita por el fiscal general de la República, Rodrigo Janot en relación con la corrupción en Petrobras, que en su momento fue la mayor empresa petrolera de América Latina. La petrolera funcionó, entre 2005 y 2014, época del gobierno de Lula y después de Dilma, en los que la actual mandataria fue ministra de Energía y posteriormente, de la Casa Civil –mano derecha del presidente–, cargos que compaginaba con su condición de presidenta del Consejo de Administración de Petrobras.

La trama supera cualquier guión de telenovela. Decenas y decenas de políticos y funcionarios –como los ex ministros Gleisi Hoffman o Edison Lobao–, son sospechosos de haber repartido con otras decenas de empresarios de distintas constructoras y empresas de ingeniería y altos cargos de Petrobras, un festín de dinero público donde todo mundo (es un decir) ganará con las concesiones ilegales de contratos de obras públicas concedidas por la petrolera. Varios personajes del PT ya están tras las rejas, como el ex tesorero Joao Vaccari Neto y otros consejeros electorales de Lula y Dilma, responsables de las campañas electorales, como Joao Santana, por cobros irregulares. Cunha fue el primer político protegido por fuero que será juzgado por la Corte Suprema en el marco del llamado “Petrolao”, que desvió ilegalmente más de dos mil millones de dólares de Petrobras.

Una vez que circularon las supuestas denuncias del senador oficialista Amaral, el abogado general del Estado, José Cardozo dijo que estos señalamientos  contra Dilma y Lula en el sentido de que ambos estaban al tanto de los turbios movimientos en Petrobras eran “un conjunto de mentiras”.

Mientras son peras o manzanas, la aprehensión de Lula en su residencia paulista en San Bernardo do Campo, el viernes 4, a las seis de la mañana, en un operativo de la Policía Federal inmediatamente produjo una conmoción nacional e internacional. La decisión de detenerlo, por primera vez, incluyendo a Marisa, su mujer, y a sus hijos: Marcos Claudio, Fábio Luis y Sandro Luis, así como a su nuera, Marlene Araújo, causó repercusiones populares. En Sao Paulo se registraron enfrentamientos entre partidarios y detractores del ex presidente que salió en libertad después de tres horas de interrogatorio, en las que el ex mandatario negó rotundamente las imputaciones que incluyen la corrupción en Petrobras, la propiedad de una vivienda de lujo en Guaruja y sus reformas con muebles caros, de una finca en Atibai y una serie de pagos realizados por empresas ya investigadas bajo “supuestas donaciones y transferencias” al Instituto Lula. Al salir a la calle, Luiz Inacio decidió defenderse atacando y prácticamente anunció en el auditorio del PT que se postulaba como candidato (prematuro) para las elecciones de 2018. Frente a sus simpatizantes, lloró en varias ocasiones y se declaró humillado, así como recordó que había sido el mejor presidente que había tenido Brasil.

Durante media hora, el personaje volvió a ser el Lula de antes. Los “lulistas” reunidos en el auditorio del PT escucharon al líder que hasta hace no mucho tiempo estaba en la cúspide del poder. La militancia petista recobraba el orgullo y perdía la vergüenza de salir a la calle donde era señalada como la base de un gobierno culpable de la crisis, la corrupción y de las medidas que incluso afectaban a las clases populares. Ahora el PT planea nuevos actos de calle en lo que resta del mes donde se enfrentará con los grupos anti-PT en todo el país.

Lula fue claro en su mensaje: “Estaba tranquilo en mi rincón. Tenía la expectativa de que eligieran a alguien para disputar 2018. Pero quiero ofrecerme a ustedes. A partir de hoy, la única respuesta que puedo darle a la violencia que me infringieron es salir a la calle y decir: “Estoy vivo”. El abatido Luiz Inacio recobró bríos y recurrió a una expresión popular que surtió efecto: “Si querían matar a la jararaca (serpiente), no la golpearon en la cabeza. Le dieron en la cola y la serpiente está viva , como siempre ha estado”. La palabra portuguesa jararaca saltó inmediatamente a las redes sociales. Brasil ya está en campaña de frente al 2018. Asimismo, la postura de Lula polariza, aún más, a todo el país, al tiempo que la oposición acusó el temor. Las palabras del ex presidente fueron transmitidas directamente por la televisión y los noticiarios dieron a conocer las críticas de los juristas en contra de la Policía Federal y el juez que ordenó la presentación forzosa del famoso personaje. Las medidas en contra de Lula provocaron una reacción contraria a la que esperaba la oposición, pues esto ayudó a que el PT se reorganizara y que la presidenta Rousseff pueda superar la tremenda presión a que ha estado sometida desde que se reeligió el año pasado.

Todo esto sucede cuando el país está fuertemente dividido y polarizado en contra o a favor del gobierno de Dilma, que indudablemente no tiene el carisma de Lula. Los acontecimientos del día –y lo que tendrá que venir– pueden ser una prueba importante para analizar la fuerza de las instituciones democráticas y la capacidad de la sociedad para metabolizar el trauma. No hay que olvidar que Lula es el alma y el todo del PT que lleva 14 años en el poder. No obstante, los problemas económicos agravan la crisis política.

Brasil se adentra en la recesión aún más después que se dio a conocer, hace una semana, los datos del PIB de 2015. La información difundida por el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) precisa que la economía brasileña se contrajo un 3.8 por ciento en mitad de la crisis política que vive el país. El índice per cápita también refleja una caída del 4.6 por ciento, lo que no sucedía desde la crisis económica mundial de 2008. Otra señal inequívoca de que la recesión brasileña avanza es la caída de inversión de las empresas: un 4.7 por ciento menos en el último trimestre de 2015 y un 18.5 por ciento respecto al mismo periodo de 2014. Obvio, esto repercute en el gasto del día a día de los brasileños: la caída del consumo de las familias (6.8 por ciento respecto a 2014) obliga a comprar casi lo imprescindible. En fin, que al posible proceso de impeachment contra la presidenta Rousseff, y al escándalo de la Operación Lava Jato se agrega la desalentadora realidad económica.

La detención del ex presidente obligó a una reunión de emergencia del gabinete presidencial encabezada por Dilma Rousseff, quien denunció su “más absoluto inconformismo” con la operación policial contra de su mentor político que nunca se había negado a colaborar con las investigaciones del poder judicial, por lo que exigió “respeto a los derechos individuales” y “responsabilidad” a las instituciones. Al día siguiente de esta reunión, en la sede presidencial de Planalto, en Brasilia, Dilma se trasladó al domicilio de Lula, donde ambos salieron a la terraza de la casa para saludar a sus simpatizantes que aguardaban en la calle desde muchas horas antes.

El golpe mediático de la detención de Lula provocó reacciones inesperadas por la oposición. Sin duda, el país se polariza aún más si esto fuera posible. Brasil está en campaña en medio del escándalo de la corrupción. Hay dudas de que Rousseff pueda terminar su segundo mandato. Y las Olimpiadas, a la puerta. “Éramos pocos y parió la abuela”, dice el viejo refrán. VALE.