Entre la vasta producción de novelas indigenistas mexicanas, Nayar (1941), de Miguel Ángel Menéndez, merece un lugar especial por su tema (los huicholes, coras y tepehuanes de la sierra de Nayar), sus recursos literarios (lenguaje lírico, polifonía, narrador testigo) y su estructura general, que al mismo tiempo corresponde a un viaje iniciático con la transformación que conlleva, y a una serie de microrrelatos, escenas e imágenes con una multiplicidad de funciones sociales. El ritmo pausado, el tono lírico, el estilo conciso, intenso y muy fluido, con trazos certeros; las imágenes, a menudo nítidas, y los personajes polivalentes que generan curiosidad y desconcierto desde el principio, convierten a esta obra en una de las más importantes del indigenismo, a pesar de que en la actualidad casi no se le tome en cuenta. No es necesario averiguar por qué: hay otras grandes obras en las mismas condiciones, sin importar que hayan sido galardonadas con algún premio (Nayar lo fue con el Nacional de Literatura en 1940).
Lo importante son sus valores literarios. Resultan esenciales los efectos sinestésicos: el autor atacó los sentidos del lector: “… el oído, el olfato, la vista, y hasta el gusto se hacen táctiles”. El aguaje, por ejemplo, “es un pequeño charco de estrellas”. Ramón Córdoba, el personaje principal, espiado por el narrador testigo en primera persona, “sueña con los ojos abiertos, chorreando sombra con sus ojos y luz con su sonrisa”. Al igual que La vorágine, de Rivera, esta novela representa poéticamente la selva: “Cuando un hombre penetra la selva, la selva se disgusta y lo señala. Se llena de crujidos misteriosos y se opone en lo que puede a la penetración”. Pero Nayar no se detiene en este tema. Se trata de una historia cuyo móvil es la venganza y el rencor, que además expone problemas como la tierra, la codicia del rico, la explotación del campesino, las supersticiones, la desconfianza indígena hacia los blancos o mestizos, la amistad, la depauperación, la manipulación de la Iglesia (con sus “santos ricos y pueblos miserables”), el machismo y la cosificación de la mujer, así como temas secundarios que van desde cuestiones históricas (por ejemplo, el Tigre de Álica o la agresividad de los cristeros) hasta la ingestión del peyote y los conflictos del presente (mediados de los años treinta), que en muchos sentidos siguen siendo actuales.
Es también una obra de pruebas e iniciaciones. Cuando el narrador y Ramón, quien había matado al juez y a su hijo, se internan en la selva, el primero sostiene: “Allí haríamos lo mismo que nacer de nuevo”. Es un viaje emprendido para escapar, donde se pone a prueba la amistad y la confianza, y hay descenso a las tinieblas. Tal vez uno de los mensajes de esta novela quede cifrado en esta frase: “Sólo desciende a las tinieblas el que puede iluminarlas, o el que necesita morir”.
