La Agrupación de Periodistas Teatrales (APT) reconoció la obra del dramaturgo mexicano Gonzalo Valdés Medellín ¡Que la Nación me lo demande!, con el Premio al Monólogo en Defensa de los Derechos Humanos, 2015. Han pasado casi 15 años desde que Valdés Medellín escribió este monólogo, pero su ánimo desesperado y desalentado por un país libre de injusticias se mantiene vigente en el México de hoy; estas injusticias siguen cobrando vidas de jóvenes utópicos en pie de lucha por un mejor país, o de jóvenes que sólo salen a las calles a trabajar, a divertirse, a vivir, a conocer el mundo.

Escrito en 2001, el apocalíptico mundo que dibujaba Gonzalo en un futuro (para esa época) 2005, no está muy lejos de lo que un hombre puede vivir hoy en la búsqueda de su libertad. No lo está desde hace muchos años, el autor lo sabe; al inicio de la obra, el personaje menciona unas fechas, dibujándose a sí mismo como un arquetipo del luchador social mexicano: 1968, 1971, no son simples cifras, son fechas de alto nivel simbólico, fechas grabadas en el inconsciente colectivo del mexicano quien reconoce en ellas la pérdida de una lucha de muchos años.

El hombre de la obra es un personaje arquetípico, lucha hoy pero siente haber luchado también en ese pasado, como si todos los luchadores sociales estuvieran conectados a través del tiempo por razones similares; una atávica rabia que los hace luchar día a día contra el mal gobierno.

Además del valor histórico y crítico de este texto hablemos de su valor teatral, porque finalmente fue escrito para la escena. Si desconociéramos las condiciones políticas y sociales del autor, aún así el monólogo conectaría con el público. Porque los estragos de la tiranía los sentimos todos en algún momento vivamos o no en ella, porque la cancelación de nuestra libertad es uno de nuestros mayores temores como seres humanos y de cierta forma la hemos vivido y hemos luchado por ella para recuperarla en ambientes hostiles, en ambientes que se resisten a nosotros. Nos conectamos con la vida de este héroe trágico, este personaje quien ante la pérdida del hijo decide enfrentarse al sistema por el que lo perdió, sabiendo que si hubiera luchado antes contra él —antes de perder al hijo, antes de perder su libertad—, nada de eso hubiera pasado. El gran error de este héroe es no haber luchado antes por esa libertad aun cuando veía sus injustas condiciones de vida. De haber prevenido, tal vez hubiera logrado un mejor futuro.

El valor universal del personaje de esta obra radica en ello, su humanidad le demuestra que debemos perder para poder aprender, y quizás ése es el llamado del autor al público: levántate antes de que te pase lo mismo, levántate y lucha antes de que tú estés en esa alcantarilla luchando contra la opresión, levántate ahora que puedes levantarte, levántate antes de que tú pierdas un hijo. Y desgraciadamente sólo pocos se levantan, pues como dice el autor “somos el gargajo de nuestras constantes pendejadas”.

De visión fatídica, este monólogo despierta ese lado humano, habla de esa tristeza histórica. El título ¡Que la Nación me lo demande! (que justamente pertenece a la zaga de sus monólogos Apocalípticos, al que también pertenece La Odisea del Ángel) termina siendo irónico, puesto que cuando un ciudadano está a punto de demandar, de exigir, es acallado, es enjuiciado, aniquilado. Es una frase de adorno en cada uno de nuestros nuevos presidentes para demostrar un supuesto gobierno democrático.

Un texto lleno de hermosura en la palabra y de tragedia en los hechos. Un relato que al mexicano parecerá histórico y que al extranjero conectará con hechos mundiales, con tiranías vividas en otros y en nuestros tiempos. Un texto que a pesar de ilustrar la realidad nacional, se vuelve universal.

Cargada de esa humanidad, la obra que aquí leemos, o que veremos en escena —pues es la finalidad de todo texto teatral—, llama a su público a evitar tal desastre y sin embargo, como buen teatro, no nos da respuestas, simplemente muestra realidades, sugiere opiniones, anuncia posibilidades de un mundo imaginado que, sin embargo, es muy posible. Si la palabra apocalíptico define la inminencia de un terrorífico futuro distante, volvámonos un poco fatídicos y digamos que esa inminencia vive ahora. Esas tiranías han vivido entre nosotros, esas tiranías viven hoy cuando a diario nos enteramos de la muerte de periodistas que defienden la verdad mientras que los alineados al sistema disfrutan de riquezas y fama; cuando jóvenes luchando por un mejor sistema de educación son asesinados o desaparecidos; cuando mujeres trabajadoras mueren en todo el país y terminan apareciendo justo en alcantarillas, mediante asesinatos masivos que claramente provoca la misoginia.

El apocalipsis de la obra de Gonzalo Valdés Medellín es hoy. No hay de otra. Ese hombre a punto de acabar con el mal gobierno está, en este momento, monologando bajo la alcantarilla (tal vez tú, lector, estás ahí abajo también), a minutos de morir, como otros tantos que quedaron en el intento de lograr un mejor país para sus hijos.

Ginés Cruz es actor egresado del Centro Universitario de Teatro. Ha destacado como director y dramaturgo.