“No le tengan miedo a la transparencia. (… ) No se dejen corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa; no pongan su confianza en los ‘carros y caballos’ de los faraones actuales. (…) No pierdan tiempo y energías en las cosas secundarias, en las habladurías e intrigas, en los vanos proyectos de carrera, en los vacíos planes de hegemonía, en los infecundos clubs de intereses o de consorterías. No se dejen arrastrar por las murmuraciones y las maledicencias”.

Alocución del Papa Francisco a los obispos mexicanos.

 

El 6 de marzo, el editorial del semanario Desde la fe, órgano informativo de la Arquidiócesis de la Ciudad de México, se tituló “Un episcopado a la altura”. Por la importancia de su contenido se presupone que debió ser autorizado por la autoridad superior en el episcopado, aunque no incluye firma (http://www.siame.mx/apps/info/p/?a=14579&z=32).

El escrito es una especie de respuesta y justificación frente al “regaño” que el Papa Francisco dio a los obispos mexicanos durante su reciente visita al país. Ya se ha escrito mucho sobre ello. Sin embargo, es importante señalar el bajísimo nivel espiritual que revela el texto.

De cierta manera, afortunada o desafortunadamente, Francisco decidió dar a su viaje y a sus discursos un tono pastoral y espiritual, como un llamado a una conversión personal y social. A muchos, sus palabras nos parecieron demasiado abiertas de modo tal que sólo se pondría el saco quién con humildad y honestidad aceptara que le quedaba, y esto no sólo en el terreno eclesial, sino también en el político y empresarial. “Un episcopado a la altura” muestra que no estuvo a la misma altura que el Papa.

Por una parte, el editorial manifiesta satisfacción por logros de los obispos católicos mexicanos en terrenos que no se relacionan con las invitaciones clave del Papa: han enfrentado al secularismo (tema más afín a Benedicto XVI que a Francisco) hasta con tintes de santidad episcopal, han detenido la expansión de comunidades protestantes de tipo carismático y pentecostal y están cercanos a la realidad del pueblo “sometido por la cultura de la muerte y el descarte” (no indicaron cómo están cercanos). Según la parábola del publicano y el fariseo, de profunda enseñanza espiritual, Dios justifica a quien se reconoce pecador, no a quien se alaba a sí mismo por cumplir la Ley: “A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola” (Lc 18, 9-14).

Tras ensalzar la unión de los obispos entre sí y con el pueblo, el escrito señala la mala voluntad de los comunicadores, “la mano de la discordia”, porque tergiversaron las palabras espontáneas del Papa en su alocución, y resaltaron en particular esto: “Si tienen que pelearse, peléense, si tienen que decirse cosas, que se las digan, pero como hombres, en la cara”. Curiosa y reveladoramente, la apología sobre los obispos remata con una marometa, y se coloca así como blanco idóneo del punto criticado por Francisco al señalar, sin enfrentar directa y virilmente al sospechoso, que alguien lo mal aconsejó. “¿Quién mal aconsejó al Papa?”, se pregunta. Alguien cercano a él, sugirió justo antes.

El autor del editorial, o a quien representa, ni se puso el saco ni entendió la invitación a la actitud humilde que deben tener los obispos, actitud que Francisco iluminó al visitar la tumba de don Samuel, un obispo realmente que caminaba con el pueblo. ¿Esa es la altura espiritual de la Arquidiócesis de México? ¿Ese es su nivel de virilidad?

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