(Primera de dos partes)

El poeta se propone una travesía, los límites son el misterio. Este es el panorama y la esencia principales que delinean el trabajo de Daniel Téllez (Ciudad de México, 1972), que hoy propone en su A tiro de piedra. Poemario de varios principios y voluntades, donde la piedra golpea para motivar una serie de olas circulares, para levantar la mención que edifica sus pasiones. En algunos versos de “El ala del tigre”, Rubén Bonifaz Nuño dicta: “Entre las quiebras de la piedra,/ su rabia prepara y su ponzoña/ la bestia en sombras, la que muere/ de su misma carne, y la que estanca/ su gloria a traición, como en el fuego,/ para alimento de su viuda”. Así en Téllez, piedra abierta, su misma carne, alimento de su poesía.

Aunque en la gran mayoría de A tiro de piedra aparece la primera persona, ésta es como un fondo de agua, quien levanta su mención, señala, quien sólo es testigo y descifrador de los enigmas del interior, sobre todo. Interiores que dejan verse ante la caricia de la memoria, eco que atraviesa el tiempo; así las diversas lecturas o autores (es maravilloso el apartado, con el que cierra el libro, donde se da una especie de charla, encuentro, admiración con otro poeta, aquí donde Raúl Renán aparece en una imagen literal y en una presencia luminosa: “Mi pulso aguija un primitivo pero iluminado registro de la tesitura experta del poeta que zarandea y halaga y aparta las palabras para el entresijo de su savia. Esta conversación explota singularmente con la erudición elegante de Raúl Renán, cuyo arranque poético sempiterno de la conversación elliotiana al ensayo borgiano, asume la poesía como una magia menor inconsumible”), y ambos aspectos se posicionan, es entonces que el poeta, armado con su enorme porción de lo que le ha tocado por vida, desata épocas, lecturas, autores, instantes y todo ello se monta sobre una pantalla de letras que guardan significado, uno de los significados de la pasión de Daniel Téllez.