Una constante
La clase política, en términos generales, es prófuga de la cultura porque no se acostumbra leer, se desconoce la historia y se apela a la amnesia que nos distingue como nación, en algún momento se perdieron las formas al igual que el decoro, Vicente Fox se llevó las palmas en este rubro, iletrado como es con una dosis de voluntarismo que disminuyó su propia investidura.
Esa misma clase política repartida en partidos y facciones avariciosas simula, en muchos casos, conocer nuestra historia aunque sólo en discursos que en muchos casos no saben pronunciar; el 10 de abril se recuerda el sacrificio de Emiliano Zapata, seguramente el símbolo más prístino de la Revolución Mexicana, el caudillo del sur fue una rara avis que no tiene casi nada en común con los líderes políticos del presente.
Zapata no aceptó moches ni dádivas de ninguna índole, los intentos de soborno que le propuso Francisco I. Madero fueron infructuosos, la congruencia fue práctica común en el hombre nacido en Anenecuilco.
Ahora algunos dirigentes políticos hablan de Zapata, grupos partidistas casi lo secuestran como si hubiese sido uno de sus cuadros, el oportunismo que galopa veloz los retrata. Durante el salinismo, se reformó nuestra Carta Magna para registrar una retrogradación al modificar el artículo 27, el campo vive uno de sus momentos más críticos, la desigualdad es caldo de cultivo de estallidos sociales, la historia es ignorada.
Zapata fue un revolucionario, buscaba otras condiciones para que los campesinos dejaran de ser unos parias sobrevivientes a la miseria, la tierra para quien la trabaja, intransigente.
La Revolución registró contrastes, algunos de sus eficaces operarios pactaron, combatieron para llegar al poder. Cuestionaron al antiguo régimen de Porfirio Díaz quien se había entronizado en el poder durante tres décadas hasta envejecer, al paso de los años tras el triunfo del grupo de Agua Prieta que encabezara Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y Adolfo de la Huerta, se pretendió hacer una regresión para que el líder de esa facción se reeligiera, tal propósito no se conseguiría porque dice la historia oficial que un reaccionario y fanático religioso mató a balazos al general Obregón.
Zapata no buscaba el poder, en todo caso no le atrapó, fue el jinete de la revolución del sur, una trayectoria que inició en Anenecuilco para concluir en Chinameca, sitio en el que fue acribillado como resultado de una traición.
La clase política de la actualidad no puede empatizar con Zapata, es otro tiempo, cierto, México es un país en el que parece afincarse la normalidad democrática aunque prevalece la desigualdad, la pobreza multiplicada, la deuda con el campo y la desmemoria nos corroe.
El 10 de abril de 1919 fue asesinado Zapata, desde las altas esferas políticas se mandató el crimen que ejecutara Jesús Guajardo, la conspiración del hecho fue motivada por Venustiano Carranza, todo sucedió en Chinameca. Los crímenes desde el poder han sido una constante antes como ahora.
