Discurso de odio gana seguidores en EU
Racista, patán, misógino, soez, canallesco, facho, sí, pero Donald Trump puede ser presidente de Estados Unidos y hacernos la vida imposible, pues amenaza a los indocumentados con realizar deportaciones en gran escala, negarles acceso a la salud y otros servicios e impedir las remesas de dólares hacia Latinoamérica —especialmente a México.
Por supuesto, el tipejo del peinado ridículo ya anunció que cerrará las puertas de su país a los migrantes que llegan por el sur, para lo cual hará levantar un muro a lo largo de toda la frontera con México con cargo a los mexicanos, a los que nos haría un favor al separarnos de lo peor de la sociedad gringa a la que representa, esa “Amérikkka” kukluxclanesca en la que se incuba el odio racial, el egoísmo y la discriminación por el color, el origen geográfico o la lengua.
Pese a lo anterior, no todo es igual en Estados Unidos, una sociedad altamente compleja donde conviven las más diversas expresiones políticas y las más dispares manifestaciones ideológicas. Esperemos que frente a la fiebre nazi que ha prendido en los sectores más estúpidos y prejuiciosos, pronto se levante una gran protesta de lo mejor del pueblo estadounidense. Esperemos.
Tres mexicanos que trabajan en Estados Unidos conocen bien el perfil de sujetos como Donald Trump. En una reciente entrevista, Gael García Bernal destacó lo absurdo del discurso de odio del Copetes, pues México es el país con el que Estados Unidos tiene su mayor intercambio comercial, una cuantiosa relación financiera y un aliado cada vez más dócil y manejable: “Siempre es más fácil echarle la culpa a los demás de tus problemas”, le dijo el actor a la periodista Yuriria Sierra.
Por su parte, Salma Hayek declaró a un periodista de Estados Unidos que “todo el mundo tiene derecho a su propia locura, lo que se necesita es hacer entrar en razón a la gente que no advierte su locura”, y lamentó que gran parte de la sociedad estadounidense no haya notado esa locura con su cauda de xenofobia, racismo y otras miserias.
El guitarrista Carlos Santana fue más lejos, pues exhortó al precandidato republicano a no decir “babosadas y estupideces”, como ésa de que los inmigrantes mexicanos son narcotraficantes y violadores. Hay que desechar cualquier ideología que levante muros, dijo el músico jalisciense.
Pero lo cierto es que el discurso de odio está ganando seguidores en Estados Unidos. En las escuelas de diversas ciudades gringas se han suscitado agresiones contra estudiantes de origen latinoamericano y afroestadounidense lo mismo que contra muchachos de religión musulmana. Incluso en San Diego, donde existe una numerosa comunidad de origen mexicano, bandas fascistas pintarrajearon las banquetas afuera del Centro de Estudiantes Latinos con letreros como “Deporten a todos” y “México pagará”.
Hay una justificada alarma entre los mexicanos que viven en Estados Unidos y los que viajan a ese país con frecuencia. Saben que pueden ser objeto de una agresión porque la verborrea exclusionista de Trump está prendiendo en sectores proclives al racismo, algo que está en los genes de una gran porción de aquel país.
Incluso en el gobierno mexicano, tan dado a ceder ante cualquier demanda yanqui, hay una muy explicable preocupación, como lo demuestra el abrupto cambio de embajador, relevo que se precipitó después de que Miguel Basáñez pusiera en duda que Trump fuera a resultar triunfador en las elecciones de este año, lo que de concretarse complicaría extraordinariamente las relaciones. Por eso la Cancillería optó por mandar a un diplomático experimentado, pues hay que prepararse para lo peor.
Lo incomprensible es que pese al avance de Trump en las encuestas y su amplia delantera en la carrera por la candidatura republicana, todavía hay quienes no le dan importancia ni posibilidades de triunfo. Olvidan que en la Alemania de 1933, un racista y excluyente propagador del odio ganó las elecciones. Se llamaba Adolfo Hitler.
