Nadie reclamó los restos de Ángela y hoy finalmente, tras trece meses de permanecer en el abandono, fue sepultada, no fue en la fosa común, su cuerpo se depositó en el panteón de San Isidro, en la ciudad de México.

Con el entierro de los restos de Ángela, se va al foso también uno de los casos de impunidad, complicidad e injusticia más lacerante que ha vivido México.

Cuando Ángela fue encontrada muerta, tenía año y medio, más menos. Eso quiere decir que durante 18 meses, al menos, vivió con alguien; que en esos casi 570 días, convivió con más personas; quizá con su mamá, con su papá, abuelos o tíos, incluso es posible que tuviera hermanos.

También es un hecho que tenía vecinos, que otras personas ajenas a su vida más de alguna vez la miraron en la calle, en su casa.

Cuando fue encontrada muerta y la imagen de su descripción difundida por todo el país, nadie dijo nada. Todos han permanecido desde entonces, en el más abominable y condenable de los silencios.

La pequeña Ángela fue sepultada en el marco de la conmemoración del Día de la Prevención Contra el Maltrato Infantil.

Hay sin duda muchos casos en México que reflejan la triste realidad de esos miles de niños que enfrentan una situación así; las autoridades calculan que siete de cada diez menores sufren de algún tipo de violencia.

Pero el caso de Ángela es sin duda uno de los que más debieran doler a la sociedad que se precie de serlo: antes de morir, la pequeña, de quien se ignora su nombre real y que fue bautizada así por los trabajadores del Forense, sufrió abuso sexual y murió de una manera violenta: la mataron a golpes.

El cuerpo de la nena fue encontrado el 23 de marzo del 2015, en el interior de una maleta deportiva de color azul, abandonada en la calle Berlín, en la colonia Juárez.

Desde entonces estuvo en la Morgue, solita, embalsamada. Nadie la reclamó nunca.

Los empleados del lugar y el director decidieron darle a la nena un entierro digno porque no querían que su pequeño cuerpecito fuera a la fosa común. Este lunes autoridades del gobierno capitalino y por supuesto su familia adoptiva acompañó a Ángela a su última morada, una digna, no la fosa común, no el olvido.