Obtiene Sergio Pitol el Premio Internacional Alfonso Reyes correspondiente a 2015. Elección justa, perfecta. Sergio se merece todos los premios. Uno no se cansa de leer sus cuentos, sus primeros cuentos. Tan misteriosos, tan extraños que invitan a una segunda lectura, a una tercera, a muchas más. La verdad es que sus famosos relatos “Victorio Ferri cuenta un cuento”, “Nocturno de Bujara”, “Hacia Varsovia”, “Asimetría” o “Mephisto-Waltzer” son obras maestras, como lo es igualmente, ahora con mayúscula, su novela El desfile del amor. Todos, relatos que hipnotizan, que uno lee sin terminar de descifrarlos, desconcertantes por decir lo menos, siempre con algún pasaje delirante, con escenas y personajes ridículos, de carcajada rabelesiana, popular diría Bajtín, y, al mismo tiempo, con referencias literarias, pictóricas y musicales de alguien que se habla de tú con las artes, de un profundo y personalísimo conocedor, dicho todo en un lenguaje detenido en los cincuentas, fuera de moda, que prodiga palabras como zafarrancho, chillón o tufo. Al principio, sus cuentos ocurren en el territorio imaginario de San Rafael, que él mismo filia al Yoknapatawpha de Faulkner, y califica de enfermizo, asfixiante y decadente. De él, una vez escuché esta frase inolvidable de Carlos Monsiváis: “Sergio ya escribía así antes leer a Bajtín”. Y esta respuesta cuando una vez quise saber cómo soportaba las cenas diplomáticas, copias al carbón (¿al cartabón?) unas de las demás: “Me entretengo observando las manías, los gestos y escucho las trivialidades. Al llegar a casa, las escribo, las guardo y las combino en algún futuro personaje”. (No son sus palabras, pero ésa es la idea). Cito uno de los pasajes delirantes, que es además, un ritornello en los relatos de Pitol:

Durante la segunda función la voz de la pobre (Lorenza) era tan chirriante y las protestas del público tan desenfrenadas, tan obscenas, que tuvieron que suspenderla (la ópera) a mitad del tercer acto. Los propios músicos le gritaban improperio y medio.

Dato curioso; no confundir, el Premio Internacional Alfonso Reyes, el otorgado a Sergio Pitol, con el Premio Alfonso Reyes instituido por el Colegio de México. Todos son valiosos, pero unos son unos y otros, otros. Por eso, en el 2015 fue distinguido Miguel León Portilla por el Colmex y había recibido el Internacional en el año 2000.

Javier Marín, escultor

Nada menos que San Ildefonso, recinto de lujo, albergó la obra del michoacano. Sí, es el de las alas que se ha convertido en un lugar de peregrinaje en la Ciudad de México para tomarse la foto. Sabina Bergman, en la revista Caras, intenta aproximarse a la obra del artista y lo define como “Barroco derruido”. Como es sabido, las obras de Javier Marín son gigantescas y, como todo el arte de última hora, parecen inacabadas. El autor le asegura a Bergman que se niega a ser escritor, por eso sus esculturas no son realistas y mucho menos simbólicas. El artista, considera Javier Marín, muestra su obra, el espectador la interpreta. El arte, añado, es polisémico, abierto a todos los significados. Además, de visiblemente gigantescas, muchos, por su carácter inacabado, acercan las esculturas de Marín a lo monstruoso; de ahí les queda a la medida el oxímoron, piense usted en Bacon, de “monstruosamente hermosas”. .Por eso, el título de la exposición fue perfecto: Corpus: la belleza de lo imperfecto. La exposición, que reunía 30 años de trabajo, fue visitada por 55 mil espectadores. En lo personal, realicé una encuesta entre mis amigas (y amigos) y Javier Marín podría ganar el concurso del escultor más guapo. (En serio, Javier, sin que yo lo dijera, varias personas te florearon al comentar tu exposición). Por cierto, también algunas personas me comentaron “El Vigilante”, la escultura de Jorge Marín, hermano de Javier, que “todavía más gigantesca”, aseguraron, está en Ecatepec.

Estela Leñero incursiona en el surrealismo

Remedios para Leonora se titula la más reciente obra de Estela Leñero. La dramaturga no pretendió una biografía de Remedios Varo y Leonora Carrington, sino se arriesgó a adentrarse en el mundo surrealista que era el de estas dos pintoras. Leñero se basó en los sueños e incluso en la alquimia, pero asegura la dramaturga en declaraciones a La Jornada, se centró en la amistad entre ellas para “no extraviarse en los recovecos de la fantasía”. Intentó, sostiene Leñero, además del mundo onírico, clave del surrealismo, la escritura automática. Sin embargo, al parecer, el tema central es la voluntad artística de estas dos creadoras y además, su valor para “vivir al máximo”, tocar los límites. No puede olvidarse que Elena Poniatowska tiene su novela Leonora, basada en conversaciones con la Carrington, mientras Leñero se aventura en las obras y en los sueños, inclusive los de ella misma. Me parece muy significativo que la obra imagine la posibilidad de comunicarse con las personas muertas, pues al morir, Leonora busca a Remedios Varo, muerta más de cuarenta años antes. Estela leñero aseguró, que después de esta obra, retornará al teatro social. (Ni modo, no puedo dejar de decir que en las más características figuras de la Varo, veo a Juliana Gonzalez, ahora dedicada a la bioética).