“Perdona si no te he reconocido, es que he cambiado mucho”
Oscar Wilde
Madrid.- Sin pensar en las impredecibles consecuencias que traerá, los líderes de los cuatro partidos propiciaron la cita a elecciones en junio por no llegar a ningún pacto que consiguiese la formación de gobierno. Los españoles están hartos de las seudo-reuniones, los falsos intentos, los titubeos y la inflexibilidad de todos ellos.
Los golpes de pecho de los políticos nada tienen que ver con el puritanismo absurdo que esgrimen en defensa de sus intereses ideológicos.
No se logró, tampoco, por el egoísmo que confunde principios con programas y responsabilidad con incongruencia. Esto demuestra la corta visión de futuro de cada uno.
Les invade la miopía y la insensibilidad. El país acude a las urnas y el votante podría cambiar sus preferencias o, simplemente, no acudir, como castigo.
Estos señores son víctimas de sus propias equivocaciones y anteponen la soberbia a la necesidad de acabar con el vacío de poder.
No es precisamente un fracaso pero sí una decepción que siembra la duda y la desconfianza entre los españoles. Desconocemos, como es obvio, lo que es democracia puesto que pocas veces la hemos ejercido pero la gente tiene un instinto de sobrevivencia que nos mantiene, cuando menos, en alerta.
Ninguno de los dirigentes merece la pena un sacrificio más pero hay que hacerlo. Mariano Rajoy acusa a Pedro Sánchez de cerrarse en banda y no hablar con él. Éste dice que Pablo Iglesias lo traicionó y que nunca fue partidario de acuerdos porque deseaba una “segunda vuelta”.
Podemos inició ya su campaña para los comicios del 26 de junio. Busca un acuerdo con Izquierda Unida para presentarse conjuntamente. Pero tendrá que aceptar las siglas de esta organización política si quiere que marchen juntos.
Alberto Garzón, de IU, se defiende como puede. Está dispuesto, desde hace mucho, a esa coalición pero sostiene como condición ineludible, que aparezcan las siglas de su partido como es natural. Y es aquí donde se atora la posible cohabitación entre ambos.
Rajoy, que vive en la inopia, pero que no suelta el poder, defiende, hasta la saciedad, su permanencia y sólo aceptó aliarse con otras formaciones si encabezaba la lista como presidente del gobierno.
Cada quien expresa los motivos por los que no se llegó a un pacto pero mantienen una actitud orgullosa que de nada sirve ni disipa la inquietud que impera, ya, dentro y fuera de la nación.
De alguna manera se entiende porque siempre estuvimos bajo el control de un sistema dictatorial o totalitario, protector y algunas veces homicida.
El Jefe del Estado volvió a reunirse, lunes y martes pasados, con los 14 representantes de otros tantos partidos políticos, en la Zarzuela y manifestó que no encomendaría a ninguno para que intentase la investidura.
El cuarteto a que nos referimos mantiene una ambición desmedida, aunque lo niega, apoyándose en la defensa de lo que llaman “la orden de los votantes”.
De esta forma se mantuvieron posiciones irreductibles y antagónicas durante los últimos cuatro meses y medio. Este lunes 2 se disolverán las Cortes y el Parlamento elaborará el programa para los nuevos comicios.
Mientras tanto, la política nos mantiene como rehenes y a los votantes a la espera de mejores resultados. Si bien no hay culpables porque, de una u otra manera, todos tienen sus excusas, quienes pagan la intolerancia somos los que habitamos este país tan complejo y emotivo.
En los próximos 45 días cualquier cosa puede ocurrir. Rajoy cree que saldrá beneficiado porque tiene el apoyo de los poderes fácticos de la Unión Europea (la troika y sus anexos) y que será quien consiga mantenerse en Moncloa.
Pero debe entender que su tiempo ya pasó. Es preciso que abandone y reconozca sus errores; que su partido se vaya a la oposición para regenerarse con calma. Porque ser conchudos tiene un límite y él hace rato que lo traspasó.
No creo que todavía cuente con el respaldo de los que mandan en el continente porque ya es cartucho quemado. Su hegemonía anterior está desdibujada y los grupos económicos poderosos están dispuestos a aceptar un presidente distinto. Pero eso sí, que cumpla con sus obligaciones dentro del sistema actual.
Mariano está muy visto y mengua su presencia y su continuidad, está en entredicho. Sánchez ha sido el más valiente o el más audaz, pero también fue un ingenuo sin darse cuenta que su mayor error fue pactar, de inmediato, con Ciudadanos, que le cerró las puertas de los grupos de izquierda mayoritarios en el Congreso.
Dentro del PSOE, el joven madrileño puede encajar un golpe definitivo y doloroso. Anuncia que convocará a primarias para elegir candidato para junio y asegura que se presentará porque tiene el apoyo de una gran mayoría de sus correligionarios.
¿Pero estarán de acuerdo Felipe González, Alfredo Pérez Rubalcaba, Joaquín Leguina y muchos otros barones socialistas..? Nadie sabe, Pedro ya tuvo algún roce con el ex presidente y con varios otros socialistas que tienen peso específico dentro del partido.
Iglesias es quizá el más congruente pero el menos flexible. Exige aliarse con Izquierda Unida pero todavía no acepta que en las papeletas vayan las siglas de este partido. La confluencia de ambos unidos puede aumentar sus votos pero también disminuirlos si no hay evidencias de una franca colaboración entre él y Alberto Garzón.
Otro que obtendrá mayores apoyos, aunque no muchos, es Albert Rivera de Ciudadanos, que manejó con mucha habilidad su actuación durante las juntas que sostuvo con otras fuerzas políticas y es el único que ha estado siempre a favor de que el PP, sin Mariano, deba participar en la gobernabilidad de España.
El caso es que nos hemos quedado a la luna de Valencia. Los españoles somos personas impacientes y es peligroso hacernos esperar porque la emoción se antepone a la reflexión.
Hay un último elemento que puede ser fatal sobre todo para la Izquierda: la abstención. No en balde Rajoy es partidario de ir a nuevas elecciones y ya sabe por qué.
Si nos guardamos un tanto el orgullo y el enojo, que es nuestro peor enemigo, no hay por qué alarmarse. La ausencia de jefe del Ejecutivo no debe traer problemas mayores y el país está suficientemente estructurado para resistir cualquier presión de los grupos que mandan.
Sólo hay que cuidarse de nuestro ADN, voluble y que se mueve como una veleta. Va por ahí donde el viento sopla más fuerte, en la mayoría de las ocasiones. Muchas veces hemos destruido a gente valiosa y aún deseamos que se imponga el orden aunque sea a garrotazos. No todos pero sí los más acomodaticios. La monarquía se mantiene por mérito propio y porque los españoles necesitamos una especie de dios a quien adorar.
Aún creemos que nacimos para callar hasta que nos demos cuenta de que es más benéfico vivir sin recibir latigazos. Hay que rechazar el masoquismo que sólo trae imposiciones y alguna que otra tortura.
