En la mitad de los años cincuenta Rubén Bonifaz Nuño le escribiría a la ciudad, su ciudad, la que le tocaba vivir, amar, padecer, sufrir…, y lo hacía con el dolor que le transmitía esta Ciudad de México, con el sentir de hacerla suya, como el hijo que le llora a su madre para que ésta lo abrigue en su regazo. Pletórica de escenas, la ciudad aparece en sus versos de Los demonios y sus días, precisamente en su poema 13 (¡el peor número de la suerte para varios!): “En muy pocos años ha crecido/ mi ciudad. Se estira con violencia/ rumbo a todos lados; derriba, ocupa,/ se acomoda en todos los vacíos,/ levanta metálicos esqueletos/ que, cada vez más, ocultan el aire,/ y despierta calles y aparadores,/ se llena de largos automóviles sonoros/ y de limosneros de todas clases.// Es claro que tiene también escuelas/ que enseñan inglés obligatorio,/ y universidades en que los jóvenes/ se visten de títeres, y platican,/ mansamente agónicos y cansados,/ de enzones y tacles y fombleos.// Y lentos camiones donde los indios/ juntan el sudor y la miseria/ de todos los días, se apretujan,/ y llegan a barrios que se deshacen/ de viejos, y tiemblan y trabajan.// Y también hay bellos nadadores/ y ciclistas plácidos,/ iglesias, rincones para turistas,/ y torres de vidrio y sótanos líquidos/ y estufas y mugre y gasolina y asfalto,/ y un sol que calienta y acongoja/ más de tres millones de almas enfermas”.
¡Tres millones!, nada comparado con el número que hoy somos. Entonces, si para Bonifaz Nuño aquella ciudad ya se dolía con sus “almas enfermas”, hoy somos “almas zombis”.
La Ciudad de México debe cubrirse con los mantos del halago, sitio de sueños, musa de poetas, protagonista de escritores, espacio del interminable anecdotario, ciudad de gozo…, también lugar del padecimiento y del ahogo pero, sobre todo, del dolor, lastima ver/sentir lo que hoy sucede con las políticas de gobierno al dejarse mostrar indolente para atender problemáticas de la ciudad. Cierto es que la contaminación es un problema de salud y que debe atenderse pero también es cierto que obligarnos a no circular con nuestro coche sea la solución real. Por supuesto, no somos especialistas en el tema pero gran parte de la población no creemos que sea lo viable para solucionar este asunto, simplemente porque vemos lo contrario a un beneficio en las calles: muchos camiones, en las horas de mayor tránsito, no sólo por la cantidad de humo que arroja, sino porque provocan caos vial a ciertas horas; los microbuses y camiones que se detienen a subir pasajeros en segunda o tercera fila y que en muchos casos, así, hacen base —y dejemos hoy de lado los que apartan lugares en las calles y nos obligan a transitar a otras partes—; las construcciones (plazas y edificios, principalmente) que burlan, por decir lo menos, al gobierno para conseguir permisos y ocasionar caos vial; y, por si fuera poco, nos imponen un reglamento que aletarga la ciudad, al bajar la velocidad a un modo ridículo y que contraviene a la mejoría del ambiente…
Ay, Ciudad de México, hoy me dueles y te padezco pero aún con todo ello, eres sitio del halago.
