No esperemos con los brazos cruzados
Los acontecimientos de la campaña presidencial norteamericana no debe observarse, ni analizarse, sólo desde el punto de vista doméstico, pues la trascendente presencia del imperio americano afecta la economía y el desarrollo del mundo en el que vivimos, afectando a una buena parte de la humanidad.
La campaña de los republicanos Donald Trump y Ted Cruz, así como del demócrata Bernie Sanders, tienen por objetivo —por distintas razones— suprimir la influencia del eje Washington-Wall Street; los pronunciamientos de los candidatos sobre la OTAN, los países árabes y la participación de las instituciones financieras globales son de enorme importancia. Por eso, considerando que los factores reales del poder están estrechamente vinculados a la globalización, es muy difícil que este conjunto de empresas trasnacionales, que dominan el mundo de nuestro tiempo, permita la llegada de un desquiciado como Donald Trump (pese a ser también un multimillonario), de un fanático religioso como Ted Cruz, o de un socialista utópico como Bernie Sanders.
Todavía no se dice la última palabra, tal parece que estas fuerzas globales están esperando una convención republicana dividida, en la que ninguno de estos prospectos alcanza el numero mágico de 1237 delegados, a la Convención de Cleveland; esto explica la aparente absurda estrategia John Kasich, quien hasta hoy sólo cuenta con 145 delegados, aun cuando, extrañamente, las encuestas lo sitúan como el único republicano con posibilidades de vencer a la demócrata Hilary Clinton, quien indudablemente se percibe como la ganadora final de esta contienda política
Ahora bien, fue buena la estrategia mexicana de sustituir al embajador Basáñez, quien a pesar de tener buenas credenciales académicas no tenía experiencia diplomática; el nuevo embajador Carlos Manuel Sada Solana —que aún no ha sido aprobado por el Senado de la República, pero que seguramente lo será— tiene una larga experiencia en política consular y diplomática, ya que fue cónsul general en Nueva York, en Chicago, en Los Ángeles, y además trabajó en la embajada de Washington como un eficiente enlace con el Congreso norteamericano; ese cambio, agregado al del subsecretario de América del Norte, José Paulo Carreño King, tendrá que responder a una clara planeación diplomática que —sin ofender o molestar la soberanía de Estados Unidos— apoye y desarrolle una política que tenga dos objetivos: el principal, tratar de modificar la percepción que considera a los mexicanos y a los mexicanoestadounidenses como personas indeseables, sin comprender la aportación cultural, comercial y productiva que le han dado a ese país. No puede ser que la semilla del odio, sembrada abiertamente por Trump con su prestación de construir un muro y por Ted Cruz con la misma línea de pensamiento, abra una brecha insalvable en la relación —de por sí difícil— entre ambas naciones.
El otro objetivo debe ser alentar a los mexicanoestadounidenses, que tengan derecho a participar en el proceso electoral, a que voten en los términos que ellos decidan, que seguramente será en contra de quien los ha ofendido y desdeñado.
La estrategia del gobierno mexicano, ¿quién sabe hasta dónde pueda tener éxito? Tiene como obligación hacer trabajo político y diplomático, y no quedarse cruzado de brazos esperando resultados que pudieran ser desastrosos para nuestro futuro inmediato.
Imaginar a cualquiera de estos dos republicanos en la Casa Blanca sería una verdadera pesadilla tanto para el gobierno de México, como para la iniciativa privada, la banca y el comercio; echar abajo el puente de economía compartida causaría graves daños a los empresarios de ambas naciones que, al parecer, no han querido comprender el problema que les acecha en este incierto porvenir político.
