En los altos y algunas de las laderas del cerro de la colonia la Calera, en la ciudad de Puebla, aún queda un tramo de bosque que la Diosa Madre (la naturaleza) hizo mágico.
Está rodeado por uno de los paisajes más fabulosos, poderosos y dramáticos de México: La Malintzin (Nuestra Señora), El Pico de Orizaba (El Citlaltépetl, El Monte de la Estrella), su rival en amor: Don Goyo humeante, despierto (El Popocatépetl), y su Mujer Dormida (La Volcana, Ixtazíhuatl) en su espejo: el Lago de Valsequillo (Oberón viendo a Titania encantada): ni el mismo Dr. Atl, José María Velasco, lo podían soñar, imaginar, ni Carlos Pellicer.
Debido al crecimiento irracional de la mancha urbana, pero sobre todo a las infinitas ambiciones de las constructoras, banqueros y sus socios mexicanos, y a la gran corrupción de nuestros gobiernos, este bosque maravilloso (bosquecillo sagrado, según Robert Graves o Walter F. Otto) está por desaparecer. Con él desaparecería una flora y una fauna sorprendentes, única en México y el mundo (ya secaron el último jagüey que albergaba su vida acuática de temporal, cirros amarillos de pequeños lirios y nimbos de nenúfares rosas ya se fueron, los mejores cuadros de Monet): encinos (veleros, ramazones de venas, corales blancos arraigando en la sangre ardiente y congelada del mítico mármol Santo Tomás), sabinos, abetos, espinos, pinos de acero, coníferas, ocotes, enebros, alcanfores y otros árboles, cactus y magueyes. Seres de un follaje y colores extraordinarios, increíbles —nubes terrestres— en tonos pasteles de una paleta finísima donde el magenta, el violeta, el oro, el verde, el café, el azul y el rosa se combinan para dar la sensación de que el cielo, o el reino de las hadas, bajó a la tierra: en el verano este tipo de textura del follaje, que absorbe a la luz, como una esponja invisible del aire, vuelve todo el paisaje de oro, son algunos minutos donde todos los templos dorados del mundo palidecen ante esta tarde sagrada, junto a este bosque de oro, con este mar dorado que flota frente a nosotros, llenándonos de místicas esperanzas, de asombro extraordinario.
Este soto, este milagro, y su frondosa vegetación de hierro creció durante siglos enraizando, como un portento de la fuerza de la vida, del triunfo sobre la muerte, entre el suelo de mármol del lugar y el sueño del ser (la comarca da comienzo a una de las principales zonas de fósiles de Mesoamérica, incluso sus piedras son maravillosas, provenientes de un lejano mar y de grutas hechizadas: no las veríamos ya más), bosque bajo pero muy alto, que ascendió sobre el páramo de la piedra fría. Canto a un Dios mineral, antífona frente a la Tierra Baldía. Nunca descubriríamos ya las flores más bellas, extrañas y delicadas que como ninfas, de pronto, se aparecen en sus claros. El encantamiento (anisado) de su olorosa Flor de Abril, la inocencia rosa de la Quiebraplatos (Zephiranthes fosteri), la realeza roja de la Flor de Mayo (Sprekelia formosissima), la misteriosa blancura de un lirio amapola, la furiosa alegría de las lantanas silvestres, la rarísima voz de las “orquídeas” del desierto selvático o el mágico-magenta de la floración pradial de septiembre (otra nube terrestre). Plantas sagradas (entéogenos) como la flor de la Pastora, el Tomatillo del diablo, Hongos Maravillosos (Teonanácatl), el druida de los muérdagos que se cortan con la hoz dorada de la luna, daturas, etcétera. El bosque crece sobre el gigantesco Teposúchitl (escudo ecológico de la ciudad, que en náhuatl significa Cerro de las flores). Se irían para siempre insectos que seguramente quedaron varados de una época prehistórica: avispas rojinegras o azul doradas nacaradas, que de tan gigantes apenas si pueden volar, a metro y medio de altura, como pequeñas brujas. Grandes hormigas rojinaranjas, ositos de peluche, las más hermosas del mundo, brillantes luciérnagas de extraño traje negro. Una gran variedad de mantis religiosas, caracoles terrestres titánicos, chapulines como oleajes oceánicos andantes, rampantes. Chinches de otro planeta. Eslabones entre moscos (prehistóricos) y libélulas, nubes libelungas. Grillos fabulosos y otros insectos increíbles como mariposas y coleópteros nunca vistos. No veríamos jamás reptiles que son el eslabón perdido entre las lagartijas y las serpientes, casi iguanas de tornasolados azules y naranjas, lagartos fantásticos, lagartijas-serpientes o culebras con extremidades (escorpiones), los cantos hechizantes de ranas y cigarras, tortugas, sapos camaleones con cuello de brontosauro, sierpes de agua o terrestres de gran hermosura. Nos abandonarían las abundantes ardillas, liebres saturnales (gigantes) y conejos, las astutas comadrejas, los confiados mapaches y los extraños zorros plateados que se camuflan fantasmagóricos bajo el inmenso desierto abierto de la luna hadánica más luminosa.
Desaparecerían para siempre aves que se salvaron del último naufragio del paraíso: grandes pájaros azul cielo, pequeños pájaros —pedazos de cristal, trozos de vitral de la catedral celeste— que saben el secreto virginal del azul de Chartes, del azul profundo del Pacífico, naranja y amarillo, naranja y café, amarillo y gris, variantes vistosísimas de cardenales, avecillas amarillas de trinos solares altísimos, cantos de asombrosa colorimetría, calandrias, abanicos de colibríes, gorriones, pájaros carpinteros, garzas, chipes, capulineros, estorninos, mulatos, cuitlacoches, primaveras, zorzales, reyezuelos, matracas, saltaparedes, charas, cuervos, búhos, vireos, mosqueros, chorlitos, rascadores, zacatoneros, tigrillos, picogruesos, dominicos, cernícalos, gavilanes, halcones enormes, águilas, aguilillas, anidando en nubes tormentosas de eucalipto… un ornitólogo sabrá que esta comarca es ocasión para inmortalizarse. Otros de estos brillantes entes nunca nos dirán su nombre, nunca sabremos sus motes, nuestra lengua se empobrecerá. Las personas cultas y sensibles, la sociedad en general, de Puebla, de México y del mundo deben socorrer este lugar, esta fantasía vital.
La des-construcción (no cesa, en lo que resta de la cantidad hechizada) de una gran parte de este prodigio, ocasionó se perdieran para siempre la mayor cantidad de su flora y fauna únicas. Parece que ahora sí dimos comienzo al fin del mundo: catástrofes, inundaciones, incendios, sequías y temblores, que llueven sobre mojado, no nos paran. Es increíble tan absurda e infinita irracionalidad.
Este bosque sagrado es el escudo de la ciudad, su pulmón, su esponja, su reservorio de agua, el Tepo (la espalda, el protector, de flores) desde donde se decide el destino benigno (armónico, distributivo) de las “culebras de agua”, las tormentas de rayos, y granizos, y los poderosos tornados, desviados de la urbe. Sin esta defensa natural, las colonias bajo ella se inundarán, al incrementarse la sequía se agudizará la crisis social, la delincuencia: incluso los edificios del centro histórico acelerarían su derrumbe.
nota bene: De la BUAP está el extraordinario trabajo, con estupendas fotografías sobre el bosque (asombrando a propios y extraños), de Marco Antonio Pineda, Roxana Mendoza y Javier Jiménez: Aves del bosque de encino de la ciudad de Puebla: “En el estado de Puebla los bosques de encino se distribuyen principalmente hacia las inmediaciones de la sierra nevada, la Malinche, el Pico y en pequeñas zonas del valle de Puebla, los relictos cercanos a la ciudad posiblemente desaparecerán debido a las actividades antropogénicas, por ello es importante conocer la ornitofauna de la zona, a fin de proponer medidas de mitigación que eviten la erradicación y extinción de éstas. Este trabajo incluye más de 70 especies, se presentan una lista de nombres científicos y comunes de las aves de los bosques de encino cercanos a la ciudad de Puebla, incluye especies residentes, migratorias endémicas, exóticas e introducidas”.
