En México, las clases medias que desean parecerse a las altas y, sobre todo, las clases altas sin cultura suelen padecer de la ya muy vieja mente colonizada: querer ser como el extranjero. Es verdad que una cultura que no se oxigena con aires del exterior se autocondena a la asfixia, pero una cosa es la relación de diálogo para enriquecerse y otra la de subordinación a los designios o modas impuestas por el otro. Lo anterior puede aplicarse a todos los terrenos, incluidos el económico y el político, acaso los más evidentes. En el terreno artístico y literario, es un fenómeno frecuente la polémica entre nacionalistas y universalistas. Alfonso Reyes le dio fin al proponer que para ser nacionales hay que ser primero generosamente universales, pues nunca las partes se entendieron sin el todo. Esto es verdad, pero no soluciona el problema de las mentes colonizadas, del llamado “subdesarrollo mental” o sicológico, de preferir un “todo” ilusorio sin cultivar las partes y sin tratar de conocer verdaderamente el “todo”.
A estas alturas, da risa que aún existan, por ejemplo, críticos que condenen aspectos literarios como la estilización del habla coloquial o la experimentación en la riqueza y heterogeneidad de los infinitos temas tradicionales o populares. Sin darle toda la razón, retomo algunas palabras de uno de los grandes prosistas de nuestra lengua: Ermilo Abreu Gómez, quien más de veinte años antes de la aparición de Pedro Páramo, ya proponía el habla como uno de los signos de identidad literaria. En una carta del 24 de agosto de 1932, dirigida precisamente a Reyes, Abreu Gómez establece una diferencia entre lo que él llama nacionalismo y lo que considera vanguardismo. Dice que el nacionalismo que preconiza no consiste en retornar a la anécdota ni al “jicarismo”. Afirma: “El nacionalismo de nuestro credo es nacionalismo de raíces y no de hojas”. Considera que el rumbo de una literatura “no puede estar determinado por la corriente ni el impulso de un viento cualquiera; debe estar trazado, en principio, por la raíz que se hinca en la carne del pueblo, y por el ansia de conjunción de las diversas castas perdidas en nuestro suelo”. Para él, además de este afán de síntesis o conjunción de algo heterogéneo, plural, complejo, el arte literario debe hacerse sobre las bases de la literatura hablada (lo que llama la “savia del hablar popular”), a fin de que se aleje de la artificialidad notoria de quienes sólo se dedican a imitar propuestas ajenas a las realidades del país. Lo anterior, independientemente de que se encuentre en el marco de una polémica que continuaría por años, subraya una zona que se ha reconciliado ya con el universalismo, y no necesariamente con el preciosismo de textos bien acicalados pero que nada dicen. Unos autores cultivarán la zona propuesta por Abreu y accederán a la universalidad de muchas formas; otros preferirán sumergirse en las posibilidades de una lengua ya muy cultivada y más neutra, a veces con temas ajenos, pero que enriquecen el arte nacional. Ambas posturas son parte de la heterogeneidad de nuestra cultura, pero lo esencial es que el lenguaje se adecue al tema tratado y nunca al revés.
