Lucrar con las necesidades y miedos de la gente simple no sólo ha sido tarea de predicadores a lo largo de milenios. También los filósofos, sicólogos, políticos, economistas, críticos y teóricos de cualquier calibre lo han hecho cuando nos “venden” sus cánones y preceptos; cuando ideologizan o sistematizan las realidades para hacernos creer, mediante discursos y palabras a veces bonitas, a veces ininteligibles o complejas, que lo que sustentan es lo conveniente para la “salvación” o “superación” de la comunidad o incluso de la humanidad entera. Teóricamente, hasta el neoliberalismo es maravilloso. Muchas teorías, posturas y religiones, siempre fuera de contexto, sin visión autocrítica, sin tener en cuenta que las realidades cambian y son heterogéneas, a menudo se centran en posturas narcisistas e inamovibles, y resultan detractoras del cambio o aborrecedoras de la revisión. Visionarios, estadistas y predicadores, sin importar lo que “vendan” (puede ser una teoría económica, política o alguna estadística) caen en el llamado “fundamentalismo”, como si lo que ellos predicaran fuera realmente el “fundamento” ¿de qué, si todo es híbrido? Palabra ya despectiva y sospechosa, el fundamentalismo aunado al poder carismático produce fanáticos, gente incapaz de detenerse a razonar. Jean-Claude Carrièrre, uno de los principales guionistas de Luis Buñuel, lo expresa de este modo: “Me digo siempre que el fundamentalismo, el integrismo, el fanatismo religioso serían graves, muy graves, si Dios existiera, si Dios, de repente, desciñera la espada y bajara a defender a sus devotos posesos”.

El optimismo anterior (y el de Nietzsche también) ha sido constantemente desmentido por los sucesos cotidianos en el ámbito internacional. Incluso la tecnología, los avances científicos y filosóficos ya no bastan para ubicarnos en el mundo. Hay un renacimiento del “animismo”: teléfonos inteligentes, edificios inteligentes, computadoras que nos corrigen cuando escribimos, coches inteligentes… Y el ser humano común cada vez más bobo, cada vez más imbécil y fanático. Llega a sentir hasta las amenazas tecnológicas y se refugia en la irracionalidad para no perderse en el limbo. Sostiene Umberto Eco: “Una vez más, buscamos en las mitologías el refugio de las amenazas de la tecnología”, y también, con toda razón, critica la vieja postura marxista que afirma: “La religión es el opio de los pueblos”. Umberto Eco tiene razón cuando afirma que “La religión es la cocaína del pueblo. La religión excita al pueblo”. En un nivel irracional se entiende. El gran problema llega cuando la racionalidad compulsiva se convierte en religión de la economía y de la política, y cuando el fundamento de esta religión es la competitividad y la ambición desmesurada, sin tope moral alguno. Ya lo dijo Rabindranath Tagore: “La codicia no tiene límite, es expansiva. Su único objetivo es producir y consumir”. Ahora parece que la mayoría del género humano, consumido por el miedo y la inseguridad, vive para eso: producir y consumir religiosamente.