La poesía es, entre muchas cosas más, ese sitio recóndito donde la sombra, nuestra sombra, despliega su expresión. Por supuesto, se trata de un sitio de los distintos “yo” que nos habitan. Es así que esa voz —una de esas tantas voces— brota con su presencia de fuego, y es en la que el poeta fija su atención, ya por lo que escucha/siente en su dictado, ya por lo que se afianza a su herida más honda: el dolor. Dolor que se dibuja de diversos modos y, paradójicamente, amor que se traza con su sutil tinta.

Carlos Ramírez Vuelvas (Colima, México, 1981), autor de media docena de poemarios y un par de libros de ensayos, ha sido galardonado tanto en su estado natal como a nivel nacional y en España por su labor creativa y de ensayo, además de incluir parte de su poesía en varias antologías.

En su poemario más reciente, Ha llegado el verano a casa (Valparaíso de poesía, México, 2015; 99 pp.) Ramírez Vuelvas —otra vez el “yo”— permite que se asome el “miedo”, lo que quizá sea más complicado para expresarlo: “Con la muerte enterrada al cuerpo/ me acostumbro al miedo”, y lo encuentra en su ser: “El miedo:// un montón de sombra/ que cabalga en yegua desbocada en mi cabeza/ avanza altivo en las aceras”. De él (la soledad, el miedo, el dolor…) a lo que lo acompaña (la calle, el día, el árbol, el tiempo…): “Cautiva al dolor y lo transforma/ en el follaje oscuro de sus hojas/ el arduo andar del día y su condena”. Sin duda, el miedo duele, y vivir con ello provoca la mención como una especie de ataque catártico en medio del silencio, entre ese “yo” temeroso y el papel: “Sitiado/ por el dolor humano/ a galope en luz interna// escribo un rabel sonoro”.

Ha llegado el verano a casa se divide en cinco secciones. Sin embargo, el libro tiene una importante conjunción: versos enlazados que poema a poema forman una cadena de dolor, de soledad, de penuria, de sangre…, entonces eso forma los eslabones/poemas en el miedo, el erotismo, desde el sentir del cuerpo, la entrega al tiempo…, y gran parte de ello lo consume el fuego, metáfora de la separación. Así, el poeta, como si de clavos se tratara, deja sus huellas por la travesía en el alcohol, sus pasiones por la música, el jazz principalmente, los lugares que visitó y le dejan su aroma en la memoria, en los recuerdos y en el amor vivido. El presente, en su perpetua agonía, también se le da como un reto/necesidad de retratar lo que parte, mas llevarlo a las páginas es la fe de la existencia.

El dolor (sombras, sueños, noche…) y el amor (erotismo, pasión, “musa”…) son la base de donde germinan las señales del poemario que hoy nos ocupa. Un libro aferrado al miedo y al dolor, principalmente, pero independiente a este despliegue de oscuridades, por igual se saborea la luz, los sentidos y la sangre, la nueva, la que pertenece a la descendencia.