Libre, y para mi sagrado, es el derecho de pensar… La educación es fundamental para la felicidad social; es el principio en el que descansan la libertad y el engrandecimiento de los pueblos.

Benito Juárez

La grandeza de una nación está en la riqueza moral de su pueblo. Ese pacto no escrito teje la esencia del contrato social y su proyecto histórico de bien común, cuyo núcleo se sostiene en valores de libertad, igualdad, fraternidad, legalidad y justicia. Nuestros mejores hombres, -los hay, han existido-, son, podemos decir -abrazados de la tradición clásica-, los verdaderos ciudadanos de La República que alguna vez soñó Platón, comprometidos por y para sí mismos, en su circunstancia. Ahí está su sentido inherente del “deber ser”, del “ser ahí”.

A los que llamamos grandes hombres hay algo que les guía en su camino: es inteligencia e intuición, una suerte de percepción; apasionante combinación de razón y emoción. El pensamiento y la acción de Juárez, consciente de su tiempo, es lo que transformó la historia de México. Guiado por una firme determinación y dedicación nos obliga a redimensionarlo en su riqueza como hombre: indígena, político, estadista, liberal y demócrata, entre otros aspectos de su carácter e identidad.

Echado a la fatalidad de la voluntad y la fortuna, el destino del zapoteco dio un giro cuando accedió a la educación y aprendió a hablar español. La oportunidad abrió camino en medio del racismo estamental de tres siglos de colonialismo novohispano. Fue aprendiz de encuadernador, acucioso estudiante de teología, latín y filosofía, profesor de física, regidor, diputado federal, gobernador. Y más allá de las historias de bronce y las apologías grandilocuentes de las efemérides, que alardean de una falsa condición impoluta y el dato de calendario oficial, con su esfuerzo y trabajo, Benito Juárez nos ha legado una vida y una obra cuya estatura moral viene de su dignidad, de ser un hombre de estudio, sostenido en dos columnas: la filosofía y el derecho.

Su tiempo no fue el de una época feliz. El amanecer independiente del México del siglo XIX padeció la falta del orden legal, a pesar de la Constitución de 1824. El ejercicio del poder de los jefes políticos, pagados por el privilegio de los cacicazgos regionales, mantuvo cohesionada a la joven nación, que frágil y diletante en su organización política enfrentó la ambición expansionista de Estados Unidos y la pérdida de más de la mitad de nuestro territorio en 1847. “Los Tratados de Córdoba”, trajeron como consecuencia la instalación del primer Imperio, la primera República y la posterior Dictadura. El Congreso de la Unión limitó el poder e invadió el ámbito de competencia del Poder Ejecutivo, declarando presidentes y destituyéndolos. Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero, Anastasio Bustamante, y Valentín Gómez Farías, gobernaron con facultades extraordinarias.

Hundido en la pobreza, falto de unidad, carecíamos de un proyecto de nación en su concepción moderna, opuesta al colonialismo. Este contexto histórico fue terreno fértil de pensamiento. El obstáculo formó a los compañeros. Juárez pertenece a una generación de hombres sobresalientes, “la generación liberal”, la más brillante de la vida cultural y política de México, todos se volvieron los arquitectos del destino de la patria. Compuesta por Juan Álvarez, Mariano Arista, Ponciano Arriaga, José María Arteaga, Ignacio Comonfort, Santos Degollado, Manuel Doblado, Valentín Gómez Farías, Manuel Gómez Pedraza, Jesús González Ortega, José María Iglesias, José María Lafragua, Sebastián Lerdo de Tejada, Porfirio Díaz, José María Mata, Miguel Negrete, Melchor Ocampo, Guillermo Prieto, Vicente Riva Palacio, Matías Romero, Manuel Zamacona, Ignacio Zaragoza, y Francisco Zarco.

Fueron hombres que concibieron, diseñaron y ejecutaron la nueva estructura del Estado moderno mexicano, su organización política: la división de poderes; los derechos políticos y las obligaciones del individuo convertido en ciudadano; los vehículos de sucesión, administración y transmisión del poder, cuyo universo legal de carácter reformista posteriormente se contuvo en la Constitución Política de 1857.

Este momento de “quiebre histórico” inauguró una nueva dinámica en el orden político, económico, social y cultural. Con el estado de excepción que había arrastrado al país a una violencia generalizada como consecuencia de la lucha por el poder político entre liberales y conservadores, centralistas y monárquicos, se generó un proyecto nacional que minó la injusticia social y socavó los antiguos privilegios.

El nuevo proyecto se fundamentó en un orden legal sostenido en la soberanía nacional y las libertades individuales: libertad de pensamiento, de credo y de expresión, de prensa, etcétera. Y aquí cabe hacernos dos preguntas: ¿Acaso hoy vivimos un estado de excepción? ¿Cuándo dejamos de ser nación?

El devenir de una nación conjuga, la excepcionalidad de la gloria en la obra que erige el pensamiento y la acción de sus líderes. El sino trágico que nos persigue en este suelo ensangrentado de manera grotesca y perversa, nos debe recordar que no hay sentido sin idea de destino. Un hombre es su propia obra, el espejo de sus vacilaciones, aciertos y errores. Sí, un gobernante es un hombre público, está bajo la mirada de los otros y en el escrutinio de su tiempo a partir de sus obras y acciones, en el juicio de la historia.

Junto a Hidalgo y Morelos con sus sueños de libertad e independencia; la justicia social de Zapata, y otros tantos hombres ejemplares ­porque este país también es un baluarte de ética y moral­ el liberalismo juarista, en su praxis política, constituyen la genealogía de nuestra mejor tradición política.

La lucha de Juárez pervive en los sueños de México, en la consciencia de su grandeza. Y este 21 de marzo, que conmemoramos su natalicio, recordemos en este tiempo presente que no podemos cejar, que la lucha por restaurar el orden legal de una sociedad agraviada por una terrible violencia, bajo las sombras de la corrupción y la impunidad, es esperanza en medio de una de las noches más largas de su historia. El futuro es el espacio donde se cultiva la promesa, en donde nace la posibilidad.

Juárez es su biografía, narrada y representada. Es la historia de la posibilidad. Ésa es la mejor forma de honrar a los héroes, encarnar una decidida actitud de cambio en todas nuestras batallas cotidianas, que nos encamine concientemente a la senda de lo que queremos como futuro.