SANTANDER.-Durante dos siglos Europa fue el sitio más salvaje del mundo; ahora, la Unión Europea (UE) trata de mantenerla pacífica. Sin embargo, el drama de miles y miles de refugiados provenientes de guerras “civiles” —cuyos bandos cuentan con armamento de todos calibres y modernidad— que en cinco años han causado en Siria más de 470 mil muertos y seis millones 300 mil desplazados, ha contribuido como nadie a la “globalización de la indiferencia”, frase dicha en el centro de refugio de transterrados en la isla italiana de Lampedusa, atribuida al jesuita y latinoamericano Papa Francisco. No obstante las palabras de Jorge Bergoglio Sivori, las instituciones de gobierno europeas siguen “anestesiadas ante el dolor de los demás”.

De paso, lo mismo podría decirse del resto de la Humanidad, incluyendo todo el continente americano, que solo reacciona cuando le conviene. En México, por ejemplo, de las miles y miles de manifestaciones que diariamente se llevan a cabo en el “desaparecido” DF y en otras ciudades no recuerdo una sola en pro de los refugiados sirios, iraquíes y afganos que han perdido todo y tratan de llegar a Europa donde piensan rehacer su vida. En tierras guadalupanas solo importan los discutidos “mártires” de Ayotzinapa: “vivos (y muy vivos) se los llevaron…” Para qué más.

De tal suerte, sin hacer uso de sus inexistentes legiones armadas, el Papa Francisco, tres años después de ir a Lampedusa  –nombre que hizo famoso Giuseppe Tomasi di Lampedusa, autor de Il gattopardo, la novela en la que escribió la repetida frase que dice:”que todo cambie para que todo siga igual”, casi casi como lo que ahora sucede con los refugiados del Oriente Medio–, vuelve a apelar a la conciencia europea (cristiana) visitando la isla griega de Lesbos, otro símbolo del drama de los que huyen de la guerra, para constatar que lo que dijo en la ínsula italiana tristemente sigue vigente. La servidumbre humana no cambia.

La visita a Lesbos —acompañado por el primer ministro de Grecia, Alexis Tsipras, el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomeo, y el arzobispo ortodoxo de Grecia, Jeronimos I—, fue “un viaje marcado por la tristeza; vamos al encuentro de la mayor catástrofe humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial”, dijo el pontífice argentino a los periodistas que suelen acompañarlo en el avión de Alitalia.

En el campo de detención –a punto estuve de escribir “campo de concentración”–, de Moria dijo a los infortunados y hacinados refugiados: “No están solos. ¡No pierdan las esperanzas!”. Poco después en el puerto de Mytilene, donde arrojó al mar una corona de flores en memoria de los que se han ahogado en busca de un futuro hizo “un vehemente llamamiento a la responsabilidad y la solidaridad ” internacional. Muchos lo han aplaudido y casi ninguno le ha hecho caso.

El “Che” Papa, en compañía de  Bartolomeo y Jeronimos, personalizó la tragedia del destierro:”No debemos olvidar que los emigrantes, antes que números son personas, son rostros, nombres, historias. Por desgracia, algunos, entre ellos muchos niños, no han conseguido ni siquiera llegar: han perdido la vida en el mar, víctimas de un viaje inhumano y sometidos a las vejaciones de verdugos infames”.

Al decir estas palabras, sin duda el hijo de inmigrante, vástago de la descendiente de italianos, Regina María Sivori y de Mario Giuseppe Francesco Bergoglio, cuyos antepasados nacieron en Portocomaro Stazione, de la localidad de Brico Marmoritto, provincia de Aspi, región del Piamonte, Italia, que emigró a Argentina a mediados del siglo XIX, allá por 1850, recordó los sufrimientos que conlleva la migración: llegar a tierra extraña, que habla un idioma distinto, con costumbres diferentes, con poco o sin dinero, solo con la seguridad del sufrimiento y nada del futuro.

Quizás por eso el Papa Francisco entiende a los refugiados, no sólo por ser el pontífice principal de los católicos.

Elisabetta Piqué, biógrafa de Bergoglio y conocida vaticanista, recuerda que hace dos años, en Lampedusa, dijo:”Jesús fue un refugiado que tuvo que huir para salvar la vida” y destaca la coherencia del mensaje papal. Por lo mismo, Piqué destaca:”Es la voz de los que no tienen voz en un momento en que en el mundo está ocurriendo un drama en la indiferencia absoluta”.

En la misa del último Domingo de Ramos, Francisco comparó el rechazo de algunos países de Europa a acoger refugiados con la decisión de Poncio Pilatos de no perdonar la vida de Jesús. A Jesús “le fue denegada la justicia”, lamentó. “Jesús también sufrió en sus propias carnes la indiferencia, porque nadie quiso hacerse responsable de su destino”, continuó. “Y estoy pensando en muchos, muchos en los márgenes, muchos refugiados…para los que muchos otros…no quieren asumir la responsabilidad en su destino” remachó en clara alusión a la actitud de Bruselas.

El Papa Francisco “ha cambiado el discurso político mundial, con el llamamiento…a poner en el centro de la dignidad de la persona, invitando a ver el mundo desde la periferia”, prologa el ministro de Relaciones Exteriores italiano, Paolo Gentiloni, en el libro El mundo de Francisco – Bergoglio y la política internacional. Y Piqué concluye: “el viaje a Lesbos, como el de Lampedusa, es un puñetazo en el estómago a los gobiernos europeos. El discurso del Papa molesta al establishment de Europa”.

El asunto no es pequeño. Más de un millón de personas han llegado a territorio europeo desde el año pasado, entrando principalmente por Grecia, que indudablemente no cuenta con los recursos necesarios para recibirlos y atenderlos en sus necesidades básicas. Más de 3,700 refugiados murieron en 2015 intentando llegar al Viejo Continente. En lo que va de este año, ya han fallecido o desaparecido 732 personas, según la Organización Internacional para los Migraciones. Muchas murieron en las mismas aguas del Egeo a las que se asomó el sábado 16 de abril en el puerto de Mytilene, en la última parada de su rápido viaje. Allí mismo, Bergoglio arremetió nuevamente contra la Unión Europea: “Europa es la patria de los Derechos Humanos, y cualquiera que ponga pie en suelo europeo  debería poder experimentarlo”.

Qué duda cabe de que los gobiernos de los Veintiocho deben sentirse concernidos por esta cruda acusación. Porque la parálisis ante esta crisis no admite otro adjetivo que el de vergonzosa. Ha transcurrido más de un mes desde que la UE y Turquía firmaron el polémico acuerdo que avala la expulsión a la costa turca de todos los migrantes que lleguen de forma irregular (¿hay otra?) a territorio heleno o italiano. Medida criticada porque  supone la constatación del fracaso comunitario para gestionar este problema y por sus implicaciones, que a todas luces violan las normas internacionales de asilo y los derechos humanos.

Y el problema crece y crece. Los números no se reducen: Más de 18,000 personas han llegado a Italia en el primer trimestre del año, el doble que en el mismo periodo de 2015, y durante toda la semana anterior a la que corre no se han suspendido los rescates de las barcazas en que llegan los refugiados, la mayoría en pésimas condiciones. Se calcula en más de 800,000 personas en territorio de Libia esperando para hacer la travesía. En previsión de que los flujos hacia Italia crezcan, Austria se alista a sellar la frontera por el paso de Brenner. Tampoco será la solución. La presión continuará. Por eso Francisco dijo:”Hemos venido a atraer la atención del mundo”. Más claro ni el agua.

Por sorpresa y como resultado de negociaciones discretas entre el Vaticano, Grecia e Italia, en su viaje de regreso el Papa aumentó el número de pasajeros e invitó al avión tres familias sirias musulmanas: seis adultos y seis niños pequeños que de ahora en adelante serán huéspedes del Vaticano. Será la comunidad católica de San Egidio la que les ayudará inicialmente. Una pareja de ingenieros con un niño de dos años; un maestro y una costurera con sus tres hijos (dos de ellos adolescentes), y un joven matrimonio con dos niños de siete y ocho años respectivamente.

Una familia vivía en las goteras de Damasco donde los bombardeos son habituales, y otra vivía en Deir al Zor, ocupada por fuerzas del Estado Islámico. Su casa fue destruída por una bomba, igual que la de la tercera familia, que escapó de una aldea cercana a la capital siria.

El Papa Francisco explicó:”No he hecho ninguna elección entre cristianos y musulmanes. Estas tres familias tenían los papeles en regla y se les podía traer. Había dos familias cristianas, pero no los tenían. No ha sido un privilegio: todos son hijos de Dios”. La verdad es que con este gesto el Papa que llegó al Vaticano “desde el fin del mundo”, le da una merecida bofetada a la derecha xenófoba italiana que hace poco le decía:”si tanto le gustan los inmigrantes, que se los lleve al Vaticano”.

En la plática informal que acostumbra con los periodistas que le acompañan después de sus giras internacionales, el Papa, casi a punto de sollozar, comentó:”Esto ha sido demasiado fuerte para mí. Después de lo que hemos visto en el campo de refugiados, es para ponerse a llorar”, y les mostraba los dibujos infantiles que le habían regalado los pequeños “prisioneros”. “¿Qué quieren los niños? ¡Quieren paz! Este es un dibujo en que se ve a un niño que se ahoga. Esto es lo que llevan en el corazón. Hoy verdaderamente, es un día de llorar…Han dibujado incluso un sol que llora…Sí, incluso el sol llora, también a nosotros una lágrima nos hará bien”. Sin comentarios. VALE.