Don Maximino es dueño de un circo; su mayor atracción no es la mujer que va saltando en giros sobre un caballo, ni una jirafa que hace nudo su cuello ni los trapecistas que hacen el triple salto mortal, vaya, ni la mujer que vuela en un avioncito sin cables ni red de protección. No, la mayor seducción es un sapo casi del tamaño de un elefante o quizá un poco más.
Antes, cuando no tenía al sapo, su consentido era el elefante, pero al comprarle el sapo a la mafia coreana o china, pues en esos países degustan sapos, Germán, el elefante, pasó al peor lugar. Y así como en las cañerías de nuestra ciudad andan ratas del tamaño de un perro, en aquellos países orientales andan sapos gigantes; de ahí que usen coladeras tamaño big.
Ahora, mientras van haciendo el cambio hacia otro pueblo y lo mismo ha pasado ya en muchos cambios, el sapote va muy contento en su carreta y el elefante, triste y sudoroso, es el que jala la carreta.
Por cierto, este sapo no es verde, sino café; y la espalda, que le llega hasta el culo, está plagada de granos rojos que parecen barros. Una vez, don Maximino le quiso exprimir uno, pero el sapo le lanzó un líquido desde el hocico y le quemó parte del brazo a su patrón. Desde entonces, el sapo fue todavía el más consentido. Vale decir, que el sapo no hace ninguna gracia al aparecer ante el público, vaya, ni salta porque está gordísimo, ni croa porque está afónico.
Sin embargo, en cuanto aparece, jalado por el elefante, primero se hace una gran suspensión del respirar, como si la gente deseara correr, pero al darse cuenta de que es sapo huevón y que respira con gran dificultad, inflando y desinflando sus costados, la gente empieza a reírse y de pronto explota el gran aplauso; entonces, don Maximino y, sobre todo, Germán, saben que han triunfado en este pueblo también.
Al final, el chiste del sapo coreano o chino es sólo ser jalado por el elefante, de cuello a cuello, dar un par de vueltas al ruedo del circo mientras la gente aúlla; si pudiera dar autógrafos, los daría. Además, por lo general, anda muy enojado y ni los payasos le sacan una media sonrisa. Don Maximino tiene la hipótesis de que su disgusto proviene el que no se lo han comido. Cuando me canse de él y me llene más el bolsillo, haremos una gran comilona para que mi vieja, la mujer barbuda, ponga en práctica sus mejores artes culinarias.
