La justicia parece extraviada

 

Hace dos semanas Michoacán fue cimbrado de nueva cuenta por la irrupción dañina del crimen organizado, las carreteras en la zona de la Tierra Caliente y del Bajío fueron bloqueadas con vehículos en llamas para desatar la zozobra que se pensaba liquidada. Otra vez el pánico, las ráfagas y los vacíos que se llenaron de la peor manera, gobernabilidad que hace agua, seguridad inalcanzable.

Para nadie es un secreto que desde la administración encabezada por el perredista Lázaro Cárdenas Batel los índices de inseguridad se dispararon en Michoacán para empeorar en las gestiones de Leonel Godoy y las posteriores; aún se recuerda el ataque terrorista registrado el 15 de septiembre de 2008 en pleno Centro Histórico de la antigua Valladolid, se “calentaba” la plaza disputada por grupos de la delincuencia ante la inmovilidad gubernamental que contraatacó con discursos.

Actualmente gobierna Silvano Aureoles Conejo, el PRD volvió a la gubernatura tras la recortada gestión del priista Fausto Vallejo, la efímera de Jesús Reyna y la última que encabezó Salvador Jara, todos ellos repartidos en tres años con siete meses.

Los reproches contra el excomisionado Alfredo Castillo Cervantes no concluyen, el exprocurador mexiquense ahora improvisado al frente del deporte institucional fue el gobernador de facto; vino a la entidad como encomendero virreinal para ordenar Michoacán, en teoría, sólo que dejó las cosas peores, máxime que ordenó la detención del icónico exvocero de grupos de autodefensas José Manuel Mireles Valverde, aún preso en un penal de Sonora.

La actualidad michoacana fue alcanzada por los residuos empoderados que dejó la incursión de Castillo Cervantes; el diputado Pascual Sigala, coordinador de la fracción perredista en el Congreso del Estado señaló que los problemas de inseguridad se debe a lo que dejaron de hacer anteriores gobiernos, pero olvida el legislador que la sociedad demanda respuestas contundentes, culpar al pasado no resuelve absolutamente nada.

Hace años comenzó la descomposición en nuestra entidad, ha sido un cáncer que se extendió ante la complicidad y tibieza de los gobiernos que, inexplicablemente, no movieron un dedo y dejaron que la tierra se volviese fango hasta decir basta.

Michoacán es una plaza disputada por los poderes fácticos, los estragos son evidentes y el tejido social no se habrá de restaurar con promesas y discursos, el pacto social se ha violado y las historias dramáticas parecen no acabar.

Silvano Aureoles tiene una prueba compleja porque se trata de recuperar la gobernabilidad, la paz social es condición para sembrar desarrollo y establecer condiciones de crecimiento, de lo contrario llegará la noche.

La inmensa mayoría de los michoacanos desean la paz aunque algunos malosos lucran con el terror para traficar miedo y cobrar muertes.

Las gráficas de las carreteras bloqueadas y los vehículos automotores en llamas son la manifestación brutal del desdén a las leyes, el modus operandi típico en una tierra en la que la justicia parece extraviada y la incertidumbre galopa.