Sólo  tres de cada diez españoles tienen confianza en los bancos.

Korbinian Ibel, supervisor del BCE

Madrid.- No se hicieron bien las cosas. Se hicieron mal, muy mal. La política antiterrorista europea falla y los gobiernos no se ponen de acuerdo después de tantos años de combatir el yijadismo. Se echan la culpa unos a otros y los ciudadanos apechugan con muertes, heridos y llantos en las plazas públicas y en los domicilios de cada uno de ellos.

Hay quejas a montones, temor, angustia y cabreo. Pese a ello, hasta ahora sólo hay buenas intenciones y discurseo. No conocemos ninguna medida eficaz más que contestar con bombazos que causan muertes entre los inocentes que rodean al estado islámico.

Los servicios de inteligencia están tan ocultos que parecen espías de otro mundo; al derramamiento de sangre contestamos con metralleta. La paciencia se agota y los casi 500 millones de habitantes no creen en nada ni en nadie.

El espectáculo es bochornoso. Bruselas es la última capital afectada con 36 muertos y más de 200 heridos. Antes fueron Madrid, Londres y París. ¿Cuál sigue? Parece que habrá nuevos atentados y las amenazas de la daesh crecen y siembran el pánico entre los que no se lo merecen.

¿Dónde van nuestros impuestos, el dinero que reciben los cuerpos de investigación dedicados al antiterrorismo?. Hoy secuestran un avión y lo llevan a Chipre, a ver qué pasa, y nuestras autoridades tan campantes. Eso sí, prometen resolverlo todo sin saber cómo. Ni siquiera publican las medidas que se toman o que se tomarán.

El radicalismo orate de los fundamentalistas se une a los extremos de la política. Crecen los partidos xenófobos y hasta se consideran como salvadores de la civilización occidental.

Es un galimatías que no tiene pies ni cabeza y que nos lleva al desajuste, a la incertidumbre que desemboca en actitudes egoístas. Cada vez nos comunicamos menos y nuestras diferencias se agrandan. No confiamos en los gobiernos ni en las estructuras económicas. Estamos en el momento crítico más importante de nuestra historia contemporánea.

El ciclo social ha terminado y no sabemos cómo forjar el nuevo. El porvenir está en manos de personas que dificultan cualquier solución pacífica y que se inclinan por el ojo por ojo.

Así es imposible estabilizar el sistema que ya toma las de villadiego. El espectáculo que Europa da al mundo es bochornoso. Los líderes políticos se pelean entre sí y mantienen posiciones inflexibles aunque esto suponga un desequilibrio que puede convertirse en caos.

Hay que resolver los problemas en los lugares donde el ISI tiene su residencia. En alguna parte de Siria o de Libia. Con bombas destruimos y seguirán los crímenes de lesa humanidad.

Si vamos a esos lugares e investigamos el por qué de tanta canallada habremos dado un paso importante para conseguir el equilibrio de fuerzas que tanto defendimos desde que terminó la Segunda Guerra Mundial.

¿Será que nadie espera una tercera?

Si llegase, nadie podría reseñar sus consecuencias. Nos iríamos todos al carajo sin medias tintas y la tierra quedaría otra vez desierta.

Añadimos incertidumbre levantando barreras, muros entre nuestros países para impedir la llegada de más de cinco millones de refugiados que huyen de la guerra, que sólo piden trabajo y vivienda digna.

Hay Estados que recuerdan al fascismo y a los nazis. Son una copia de esos sistemas con los que terminamos y a los que entregamos más de 400 millones de vidas.

¿Eso es lo que queremos?

A las naciones pobres por nuestra culpa, hay que ayudarlas con dinero y educación mediante programas efectivos y eficientes que los saquen del empobrecimiento y que se entienda: la única forma de sobrevivir es aumentar  el nivel de vida de quienes nada tienen y mueren en el Mediterráneo o en los territorios próximos a Macedonia y Serbia.

A nuestras puertas, en Melilla y Ceuta, tocan todos los días los africanos que quieren establecerse en lugares seguros de la península. Nuestro gobierno y nuestros políticos de la oposición apenas tocan el asunto y no hay tampoco ningún pacto para resolverlo.

A quienes logran saltar las alambradas los regresamos en caliente, y lo negamos. Somos unos cínicos irresponsables, culpables de que la humanidad se convierta en un campo envenenado por teorías impracticables o resoluciones suicidas.

Defendemos nuestras grandes torres de euros mediante la explotación de los que no tienen más remedio que aceptar las condiciones infrahumanas que les ofrecemos. Igualdad y respeto han desaparecido de nuestro vocabulario.

En España damos un ejemplo de inseguridad y no tenemos más que un gobierno en funciones que nunca funcionó. Y que ahora no quiere rendir cuentas ante un Congreso legalmente establecido.

La incongruencia  y la insidia forman parte de nuestro ADN. El jefe del Ejecutivo rehúye hablar ante los diputados y, cuando lo acepta como ahora, advierte que no busca el aval porque su Parlamento no es el que está en vigor.

Da risa si no es tristeza y desasosiego.  Los medios de comunicación están al servicio de intereses económicos que mantienen los compromisos políticos de la mayoría de nuestro país.

La Comisión Europea se resquebraja y está, como nunca, en un momento oscuro, sin respuestas y a punto de fallecer.

En la Cámara de Diputados, los partidos tradicionales y los de nuevo cuño se distancian y no buscan la forma de aliviar la carga a quienes pagan por los platos rotos: los españoles que se levantan a las seis de la mañana.

Somos tan ignorantes como tontos y vamos a sufrir mucho y más, si es que antes no nos invaden los fantasmas de todas las épocas.