Una de las funciones de la llamada “literatura medieval” se convirtió con el tiempo en función política; por tanto, es erróneo estudiar esta literatura como fenómeno autónomo. En muchos textos, la función política se reduce a la obediencia a la autoridad, a la exaltación de los usos del poder en una sociedad donde la estratificación, desde el punto de vista de la obediencia, participa de las características de una familia patriarcal.
El cosmos u orden medieval se percibe tanto en su concepción del universo como en el juego del poder: los vasallos obedecen al señor feudal como los hijos a su padre en una realidad en que se apreciaba un mundo espiritual no sólo lleno de bien, sino también de mal y negación. John Stuart Mill escribió: “La llamada moral cristiana tiene todos los caracteres de una reacción; es, en gran parte, una protesta contra el paganismo. Su ideal es negativo más que positivo, pasivo más que activo, inocencia más que nobleza, abstinencia del mal más que enérgica persecución del bien; en sus preceptos, el ‘no harás’ predomina indebidamente sobre el ‘harás’. En su horror de la sensualidad hace un ídolo del ascetismo que gradualmente ha sido sustituido por el de la legalidad”. Ejemplificaré esta postura negativa vinculada al miedo (que sigue vigente en la Iglesia) con el capítulo XIX de los Castigos de don Sancho IV (siglo XIII).
Partiendo de la visión medieval, el mal seduce a la víctima para que ella se aleje de Dios que, en la cristiandad, representa el bien. En los castigos (o consejos) de Sancho, el mal aleja a una monja de la utopía del monasterio para acercarla al pecado de la carne. La mujer desafía a la autoridad que, oculta tras un crucifijo, se ve ofendida y atacada. El Cristo persigue a la monja rebelde y la abofetea como un padre lo haría con su hija. Además de advertirnos para que no tratemos de burlar a la autoridad, el texto nos acerca al vasallaje, a una autoridad más concreta: la Iglesia. Dios le concede poder al papa; éste al rey; el rey a los señores feudales. Esta estructura se repite en el monasterio. Así, el discurso literario nos advierte del enfado de Dios al vernos hacer algo que no quiere, pero también del enfado del papa, del rey, del príncipe, del señor feudal, de la madre superiora, del abad, de los padres de la monja o de otra autoridad… al ver que la joven huye. El hecho de que aparezca Cristo ofendido le otorga mayor validez y verosimilitud al texto, así como más realismo en aquella época. Por supuesto, debemos considerar la noción de “realidad” en el siglo XIII, la cual incluía un mundo espiritual que le confería símbolos particulares a las cosas, y que, por ejemplo, produjo la quema de cientos de histéricas porque la sociedad creía que el “espíritu satánico” era real. Acaso la monja del texto fue una histérica que, a punto de salir del claustro, experimentó un sentimiento de culpa que la hizo alucinar a Cristo corriendo tras ella para abofetearla. El relato, bellamente escrito, quiere conducir a los lectores al conformismo. La duda se hace imposible. La monja escarmienta e incluso su amado es seducido por la idea y se vuelve monje. La Iglesia aumenta su poder.
Desde sus inicios, la cultura occidental tradujo su modo de subsistencia en dominio. El imperio romano fue un ejemplo claro del afán de dominar. En la Edad Media continuó este afán mediante la religión. Actualmente, predomina otro tipo de poder: el económico.
