Hace ocho años, editorial Almadía publicó una antología de autores nacidos en los setenta. Su compilador, Tryno Maldonado, él mismo autor que reunía los requisitos de calidad y generación para formar parte, sacrificó, por así decirlo, su inclusión, y envió correos a una serie de críticos solicitando le enviaran cinco nombres de autores setenteros que consideraran sobresalientes. La antología la conformarían aquellos que recibieran más menciones. Yo fui una de los consultados —entre Pitol, Margo Glantz y Juan Villoro, inmerecido honor. Recuerdo que de los cinco que propuse, dos quedaron fuera (una de ellas, Liliana V. Blum, que ahora es un boom con su exitosísima novela Pandora) pero quedé más o menos conforme con la alineación definitiva, excepto con un relato que me “estorbaba” porque me parecía demasiado malo… no sólo en comparación con los demás, sino por sí mismo.
Algunos de esos autores vuelven a hacerse presentes en la antología Palabras mayores (Malpaso Ediciones, Barcelona, 2015). La autora de aquel cuento que desentonaba en la afortunada antología de Tryno no figura en ésta, por fortuna, pues ya rebasa los cuarenta… y es que esta vez el criterio de selección no era haber nacido en una década determinada, sino tener menos de cuarenta años. Pero la cosa iba más allá pues no sólo circularía en México, sino en España y, muy especialmente, en Reino Unido, país al que estuvo dedicada la pasada Feria del Libro de Guadalajara. Los delegados de la delicada hazaña de seleccionar a estos autores fueron Juan Villoro (otra vez), Cristina Rivera Garza y Guadalupe Nettel, a quienes en lo personal no les pongo el mínimo “pero”, particularmente Cristina, siempre curiosa de las novedades y de las plumas emergentes. Y sin embargo, como suele suceder, la selección resultó no ser lo que hubiéramos esperado (al menos yo) y, lo más criticable: se menciona en la contratapa que se trata de veinte relatos (subrayado, que no quede la menor duda), ¿y con qué nos encontramos? Una mezcla de géneros que van desde fragmentos de novelas, pasando por textos que podrán ser cualquier cosa, menos relatos (vamos a ponerle: “varia invención”)… ¡y hasta un ensayo! Ahora bien, de aquellos que conocen la máxima de Cortázar/ Hemigway que cualquier aspirante a escritor debe aprenderse como las vocales o las tablas de multiplicar respecto a ¿qué es un relato? (principio/nudo/desenlace) rescataría sólo a los siguientes (en orden de aparición, es decir, alfabético, según el apellido de los autores): “Las nubes”, de Luis Felipe Lomelí; “Porque cayó la noche y los bárbaros”, de Valeria Luiselli, “Esfínteres”, de Eduardo Montagner Anguiano, “La liturgia del cuerpo”, de Eduardo Rabasa, “El cantante de muertos”, de Antonio Ramos Revillas, “Madame Jazmine o noticia de la decapitación”, de Eduardo Ruiz Sosa (para mí el mejor de la colección… y conste que nunca había escuchado hablar de este autor, ni amigos somos en Facebook) y “Huir en ferry”, de Nadia Villafuerte. Esto es: 7 de 20.
Sí: me estoy brincando a varios que considero mis amigos… a otros tantos que, además de ser mis amigos, admiro como narradores… incluso me he abstenido de mencionar —de momento— textos que me encantaron pero ni remotamente son relatos. Tampoco cité a otros que sí califican como relatos, pero carecen de muchas cosas, específicamente: ganas de escribir un relato digno de la encomienda recibida.
Voy a brindarles el beneficio de la duda tanto a los muy respetables jurados, como a los autores seleccionados… no tanta a los editores que debieron emplear un término más inclusivo. Piezas narrativas, por ejemplo o —lo más honesto— “relatos, crónicas, textos experimentales, fragmentos de novelas y ensayo creativo”, aunque en este último caso se trate sólo de uno: casualmente el que abre el volumen y, en lo personal, citaría entre los que más disfruté (y tampoco conozco al autor, ni es mi amigo en Facebook): “Canción de amor para un androide”, de Juan Pablo Anaya, que analiza desde una poética subjetividad la relación entre humanidad y tecnología (androides/ humanos), partiendo específicamente de la versión cinematográfica de Blade runner, no del relato de Phillip K. Dick en que está inspirada. Ahora bien, de los textos que no responden al género cuentístico, ni a ninguno en particular, podríamos, por un lado, defender la libertad de creación; aludir a los maravillosos híbridos literarios que empezaron a revolucionar la literatura europea hará poco más de diez años y han penetrado en Latinoamérica a través de un grupo muy selecto de autores/lectores, y es posible que se extienda mucho más: lo que algunos llaman literatura de ventanas, aludiendo al insano hábito de mantener varias pestañas activas en Internet, lo cual dispersa la atención.
Recuerdo que cuando realicé una crítica a la muy democrática antología de Tryno Maldonado (quien inexplicablemente no aparece en esta antología pese a ser un autor muy reconocido y menor de cuarenta), me decanté por un relato en particular que fue el de Antonio Ortuño, de los pocos que reaparecen en Palabras mayores. Pero esta vez, he de reconocerlo, me decepcionó un poco. Hay en su texto, “Historia”, frases verdaderamente memorables que incluso subrayé —fue de los pocos que subrayé profusamente— pero siento un poco fallida esa extraña mezcla de autoficción con alusiones a la historia de México, dividida en versículos, “3.2 A mi país le gusta pensar que vive al margen de la historia del planeta. Nuestros libros apenas hablan de otra cosa que no sea nuestra vieja y desastrosa historia”. Deslumbran por sus destellos poéticos y su impecable construcción lingüística, pero sin fructificar en relatos, “Conjunto vacío”, de Verónica Gerber Bicecci (fragmento de novela, aunque no lo acompañe una nota aclaratoria, como sí en el caso de Emiliano Monge) y “En vez de hermosos sueños”, de Ximena Sánchez Echenique. Se incluye un autor en lengua indígena, Pergentino José Ruiz (zapoteco), y está muy bien. El problema es: ¿por qué uno? No concibo que exista un solo narrador en lengua indígena menor de cuarenta años. Y tan ricas y variadas las etnias y dialectos que componen nuestro país. Si lo que se pretendía era decirle al mundo entero: Mira, los mexicanos leemos autores indígenas, es falso que los marginemos, se debió incluir por lo menos a tres de diversas lenguas. Uno solo no convence y la impresión que deja es opuesta a la esperada: una minoría ínfima, casi decorativa.
Los autores que no mencioné son aquellos de los que esperaba mucho, pero mucho más. Todos ellos me parecen espléndidos narradores, y por lo mismo, porque he leído trabajos previos que me han entusiasmado, al grado de reseñarlos, me da por pensar que no se tomaron lo suficiente en serio este proyecto y que su aporte fue una manera de cumplir la encomienda, salir del paso, estar allí, aunque fuera con un texto muy, pero muy menor a lo que nos tienen acostumbrados. Ausencias: muchas. Autores que muy probablemente hubieran aportado lo esperable para una antología de esta envergadura. Ya cité a Tryno Maldonado. También eché mucho de menos a Vicente Alfonso, a Gabriela Jauregui, a Gabriela Damián, a Edgar Omar Avilés, a Orfa Alarcón, a Franco Félix, a Luis Panini… y la que considero una ausencia imperdonable: la de Gisela Leal, una jovencísima escritora que ha escrito dos soberbias y voluminosas novelas, El club de los abandonados y El maravilloso y trágico arte de morir de amor.
